Formas de organización funeraria en torno a la muerte.
Una aproximación a la Parroquia de los
Santos Mártires Coreanos de la Ciudad de Buenos Aires

Forms of funeral organization around death.
An approach to the “Parroquia de los Santos Mártires Coreanos” of the City of Buenos Aires

Fecha recepción: octubre 2020 / fecha aceptación: enero 2021

Celeste Castiglione1

DOI: https://doi.org/10.51188/rrts.num24.438

 

Resumen

El presente trabajo busca indagar acerca de las formas de organización funeraria que adquiere la migración coreana en la Argentina y específicamente en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde se concentra la mayor parte de las iglesias, como uno de los aspectos más visibles de su presencia cultural. Nos interesan particularmente las comisiones y actividades que se forman en virtud de los rangos etarios (niños/as, jóvenes, adultos, ancianos) así como las que se organizan en función de determinadas tareas y celebraciones.

Palabras clave: Iglesias; migración coreana; rituales funerarios; CABA

 

Abstract

The present essay is looking to inquire the funerary organization forms that the Korean migration in Argentina and specifically in the Ciudad Autónoma de Buenos Aires, where most of the churches are located, as one of the most visible aspects on their cultural presence. We’re particularly interested in the commissions and activities formed on the age ranges (childs, young adults, adults, elder) and the organized in function of determinate chores and celebrations.

Keywords: Churches; Korean migration; funerary rituals; Ciudad Autónoma de Buenos Aires

 

Introducción

La tradición de los estudios coreanos en la Argentina posee una historia que se inaugura a partir de los trabajos pioneros de Carolina Mera desde la etnología urbana (1994). El impacto en la construcción de una representación social acerca de los inicios del grupo migratorio fue analizado por Corina Courtis (2000) desde la antropología, campo que comparte con Mirta Bialogorski (2002; 2017) que se focalizó en el discurso y más recientemente en las prácticas identitarias y el significado de la interacción con otras comunidades en el barrio de Flores. En otras partes del país, los trabajos de Liliana Palacios de Cosiansi, Sergio Naessens en la Universidad Nacional de Tucumán, el grupo de estudios de Jorge Santarrosa de la Universidad Nacional de Córdoba, así como los de la Universidad del Salvador y la Universidad Nacional de La Plata, Comahue y de Rosario sumaron sus aportes no solo desde la perspectiva de sus propias ciudades y contextos, sino en nutrir el análisis acerca múltiples acercamientos de la península desde el otro lado del mundo. Todos estos aportes habilitaron la construcción de un campo interdisciplinario que promovió la creación de la Asociación Argentina de Estudios Coreanos en 2004, cátedras, centros en diferentes casas de estudio, celebración de congresos nacionales e internacionales, así como proyectos de investigación subvencionados por universidades locales y extranjeras.

Esto abrió posibilidades de diversificar las áreas de interés factibles de ser divididas en corrientes que dialogan entre sí: los estudios sobre Corea del Sur y otros que trabajan el desarrollo de esa migración en Argentina. Este trabajo se concentrará en la segunda línea, medio siglo después de que arribara el primer migrante coreano y las distintas etapas que este flujo ha tenido, haciendo especial hincapié en el desarrollo de la tramitación de la muerte entre las principales protagonistas de esta tarea: las iglesias evangélicas y la iglesia católica, haciendo énfasis en este última.

De manera que, si bien es un avance de la investigación, esta busca profundizar, dentro del campo de los estudios migratorios, las temáticas vinculadas a los afectos (Arfuch, 2018), las emociones (Bjerg, 2010, 2017; Moscoso, 2015), la complejidad específica de los migrantes en la vida cotidiana durante momentos puntuales de su ciclo vital (Da Orden, 2010; Canelo, 2006) y la ritualidad funeraria (Van Gennep, 1960 [1909] y Torres, 2006).

Dentro de las entrevistas que habitualmente realizamos, la muerte surge como el “elefante blanco” en el medio de la sala, que nadie menciona pero que los sujetos bordean en los relatos y biografías, en donde las dimensiones del pasado y las expectativas con respecto al futuro los atraviesan. Esto se registra especialmente en grupos de reciente llegada, que poseen un idioma y un esquema cultural diferente2 y que entran en tensión con una multiplicidad de discursos locales desconocidos (hospitalarios, normativos, policiales, etc.), a fin de realizar los trámites necesarios en el momento del fallecimiento de un connacional.

Por esa razón, el objetivo será profundizar en el campo religioso y como opera en relación con lo que Aldo Ameijeiras (2014, p.10), señala en cuanto a que “los símbolos y rituales no son solo objetos de apropiaciones religiosas sino también apropiaciones civiles relacionadas con procesos de consolidación de identidades nacionales”. Es decir, de qué forma lo religioso se articula, con la identidad nacional reforzándose (o no) mutuamente y en este caso puntual es combinado con la iglesia católica apostólica romana.

Para ello se presentará la perspectiva metodológica, un breve contexto sobre las corrientes religiosas en Corea, un repaso acerca de la migración hacia la Argentina y el escenario en donde parte de ella se desarrolla para profundizar en las narrativas de la muerte y como es vivida para la comunidad de fieles de la Parroquia de los Santos Mártires Coreanos (en adelante PSMC), en todas sus etapas.

 

Perspectiva metodológica

El presente artículo es un avance de un proyecto de investigación de largo aliento que indaga acerca de aspectos de la vida cotidiana de la comunidad coreana en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (en adelante CABA). Si bien hemos abordado otras temáticas, desde 2014 nos hemos focalizado en aspectos vinculados a la ritualidad funeraria, el duelo y las celebraciones que se realizan a posteriori. A fin de ahondar en estos momentos clave del ciclo vital realizamos entrevistas en profundidad3 con líderes comunitarios y miembros de las distintas iglesias, que son quienes llevan a cabo gran parte del proceso. Estas congregaciones han logrado albergar dentro de sus servicios el acompañamiento de sus miembros en momentos claves de su ciclo vital, de manera particular a través del bautismo, comunión, confirmación y matrimonio, así como también en los ritos de pasaje, que profundizaremos en otro punto, frente al fallecimiento de uno de sus miembros, como legitimadoras de la salvación y así como de las prácticas rituales que ofician a posteriori.

En este caso, los estudios que han trabajado una asociación en particular constituyen un aporte (Baily, 1982), y en virtud de artículos anteriores más generales (Castiglione, 2017a y Castiglione, 2017b) se pudo acceder a la PSMC, a fin de profundizar desde este espacio el complejo entramado que articula lo religioso, lo identitario –siempre resignificado y cambiante– con las emociones frente a la muerte como hecho absoluto, para un grupo étnico transnacional con un capital social en transformación.

Consideramos a la historia oral como nuestra principal fuente narrativa, que además se encuentra contextualizada en la PSMC. Esto nos proporcionó compartir momentos con sus miembros proveyéndonos de información adicional y observación participante. Las entrevistas constituyeron nuestro principal insumo, que como señala Portelli (2016, p.3) “nace del encuentro entre personas, de la entrevista como el intercambio de miradas. Pero en un nivel más amplio y profundo nace del deseo de la diferencia, de la búsqueda de una diversidad que desafía la identidad y la trasforma”. Asimismo, el concepto de mirada no necesariamente es literal, sino también es el reconocimiento de que ese entrevistado tiene algo importante que decir, sobre su vida y su subjetividad. La mirada sobre el otro, no sólo contiene un sentido metodológico basado en que ningún tema escapa al interés de las ciencias sociales sino también de reconocimiento, frente a otros enfoques que privilegian algunas temáticas por sobre otras. En esa institución religiosa hemos profundizado en un aspecto que nos parece crucial dentro de la trayectoria migratoria, vinculado al protocolo que se desarrolla a partir del fallecimiento de uno de sus miembros, la ritualidad funeraria y los tiempos del duelo.

Este tema lo hemos abordado no solo porque forma parte de un proyecto mayor sobre migración, muerte y Estado, sino también porque no hemos encontrado antecedentes sobre esta temática en Argentina, de manera específica. Asimismo, desde nuestro enfoque, estudiar las migraciones desde el final de la vida, lleva a reflexionar sobre aspectos de su subjetividad, de cómo se articula con la vida comunitaria y de las relaciones que establecen no solo con su sociedad de origen sino con la de destino. Consideramos que la muerte plantea un desafío a nivel comunitario que convoca un robustecimiento y actualización de los lazos identitarios y al mismo tiempo es parte de una práctica cultural que comunica, estructurada y estructurante. En esa línea, el objetivo es recuperar los relatos de los concurrentes en función de la muerte, la forma en la que opera la iglesia, las ceremonias que se establecen y la liturgia, teniendo en cuenta las ideas vinculadas a las costumbres que se tenían en el país de origen y cómo son continuadas, negociadas, hibridadas o transformadas en este nuevo espacio.

En ese sentido las preguntas que guiaron la investigación se relacionaban con el rol de la iglesia en la trayectoria personal de los entrevistados y en la congregación; cómo se desarrollan los ritos funerarios de acuerdo a la diversidad de iglesias existentes identificadas con la migración coreana; cómo habían vivido las acciones y ritualidades (Reimers, 1999) y cuál es el acompañamiento que se hace a nivel comunitario.

 

Breve contextualización

El complejo entramado que constituye la identidad religiosa, que se despliega de manera transnacional en el Barrio de Flores y que congrega a parte de la comunidad coreana residente en el país y sus descendientes tiene su origen a partir de su arribo en la década de 1960.

El libro pionero de Mera (1998) sobre la migración coreana en la Argentina logra articular las dimensiones que abarcan miles de años en la historia coreana y la forma en la que se plasman en la historia reciente, especialmente cuando describe la influencia del chamanismo para comprender la relación entre hombres y mujeres y los roles que ambos desempeñan hasta el presente. En esta tradición, el rol de la mujer es de acompañante y guía de las almas al más allá, ayuda al muerto que atraviesa ese momento y evita que su espíritu vague errante en el mundo de los vivos. Las mujeres chamanes, llamadas mudangs, gozaban de poder y prestigio (Nader, 2007), se ocupaban de las profecías, las ceremonias y la cura de los enfermos. A este conjunto de representaciones populares, se suma el taoísmo (tao=camino) que le incorpora una perspectiva cósmica donde el ying y el yang operan como fuerzas en lucha y se constituyen como grandes energías espirituales, que junto a los cinco elementos (madera, metal, agua, tierra y fuego), representan una cosmovisión. Parte de esos elementos se observan en la bandera coreana.

Por otro lado, el confucianismo llega a la península desde China en el período de los Tres Reinos (37 a.C-668 d. C), en un momento en que el budismo, que había ingresado en el siglo IV d. C, se había replegado en los grupos de la nobleza, una vez perdido el impulso inicial y como menciona Giuffré (2007, p.56) “era evidente la necesidad de cambio tanto en el sistema de gobierno como en la administración de justicia”. El confucianismo pasó a ser la religión del Estado, ordenando de manera patrilineal la organización familiar a través de lazos consanguíneos y robusteciendo la figura de rey como ejemplo moral, brindando las bases para una sumisión armónica con el orden, respeto por las jerarquías, considerando a la comunidad como prioritaria frente al individuo (Bavoleo, 2010) y fomentando el respeto por las ritualidades que ordenan el mundo del sujeto y su contexto. Como sintetiza Mera (1998, p.56):

El budismo insiste sobre la moral individual, el confucianismo sobre las reglas de la vida en sociedad y el taoísmo sobre la concepción general del mundo, produciéndose una interacción que fortalece cada uno de los sistemas de pensamiento a los que se ajustan el Extremo Oriente, China, Corea y Japón reforzándose unos a otros.

En el período Koryo (918-1392) los reyes de esa etapa le sumaron al confucianismo la dimensión educativa, privada y pública, que estableció una suerte de casta meritocrática que permitía acceder a los puestos gubernamentales. Se aspiraba a conseguir un orden que buscaba el Gran Aprendizaje que conducía a la armonía sobre la base de las virtudes vinculadas a la observancia de los ritos, como esquema de conducta y pensamiento, donde se anhelaba el encuentro de la plenitud a partir de la interacción entre el hombre y su contexto, así como la posibilidad de aprender a discernir acerca de lo correcto e incorrecto en distintos aspectos de su vida. Estos principios rigieron la educación de los niños y jóvenes hasta mediados del siglo XX y se aplicaron a los negocios y la economía, tanto de Corea como de Japón, que los profundiza en los años de la ocupación en la península (1910-1945).

El cristianismo ingresa desde China a Corea a partir del 1600 con una importante oposición y persecución desde las autoridades políticas y religiosas. Sin embargo, logró asentarse. Los protestantes ingresaron en 1884, con un primer misionero médico y pastor, y a partir de 1910 comienzan a proliferar colegios bajo ese esquema pedagógico y religioso, además de participar en las luchas independentistas.

A pesar de las nuevas corrientes, las distintas influencias y conflictos, el chamanismo pervive y se fusiona con elementos de todos ellos, conformando una fórmula particular y como señala Weskamp (2009, p.515) esta “religión folklórica existe en una sociedad compleja en relación a y en tensión con la religión organizada”.

Con la rendición de Japón después de la Segunda Guerra Mundial la península entra en disputa presa de la Guerra Fría: al norte por las fuerzas pro soviéticas lideradas por Kim Il Sung y al sur bajo la influencia norteamericana. La tensión entre norte y sur lleva a la Guerra de Corea que se extendió de 1950 a 1953. El armisticio de Panmunjom estableció, a partir del paralelo 38°, el límite entre ambas hasta el presente. Sin embargo, la estabilidad política seguía en vilo. El Partido Democrático de la República de Corea, electo en 1960 sufrió al año siguiente un golpe de Estado que llevó al general Park Chung Hee al poder hasta 1979, bajo un régimen dictatorial con un gran costo para las clases populares. Su gobierno estableció una planificación económica que sería la primera etapa de un modelo de sustitución de importaciones, con gran protagonismo del Estado que desarrolla siete planes quinquenales con énfasis en sectores e industrias específicos.

Como señala Mera (1998), en 30 años Corea del Sur pasa de ser una sociedad rural y agrícola a ser moderna e industrial denominándose este proceso como el “milagro coreano”, sin mencionar el alto costo que tuvo para una parte de la población que se vio profundamente afectada. Desempleo, pobreza, sobre abundancia de mano de obra en las ciudades y desarticulación de los esquemas rurales, llevaron a una disminución de las condiciones de vida de gran parte de la población. Desde el plano político, en 1993 se elige el primer presidente de manera democrática y hacia el fin de esa década se habla por primera vez de un acercamiento entre ambas Coreas. En este complejo entramado de influencias y contextos comienza la migración hacia la Argentina.

 

La migración a la Argentina

El primer registro de un migrante de nacionalidad coreana data de 1956 y será a partir de 1962, con la firma del acuerdo diplomático entre Corea del Sur y Argentina, que arribe el primer flujo en 1965. La emigración será fomentada por el gobierno coreano a partir de subvenciones con distintos países de América Latina, como Brasil, Paraguay, Chile y Argentina. La idea original era establecerse en áreas rurales, previa adquisición de tierras por la Corporación Coreana de Desarrollo de Ultramar. Llegaron casi 2880 migrantes para estos emprendimientos, que no fueron exitosos (Trincheri, 2009). En 1985 se firma en Buenos Aires el Acta de Procedimiento que habilita a residir en CABA y Gran Buenos Aires previo depósito de 30.000 dólares en el Banco de la Nación Argentina en Nueva York; y entre 1984 y 1989 se otorgarán 11.000 permisos más. Las corrientes previas ya se habían establecido en Flores y en la provincia de Buenos Aires y los nuevos flujos, con capital para invertir, se asientan en barrios céntricos, asistiendo a las iglesias que comienzan a conformarse en ese barrio.

Mera (1998) sintetiza las causas de la opción emigratoria basadas en una mejora de las condiciones de vida, encontrándose entre ellas la educación de sus hijos, dificultada en la península por la competencia desmedida, la necesidad de ampliar y manejar el uso del tiempo, así como el temor a una nueva guerra o invasión por parte de Corea del Norte. Pero como expresa esta autora, este desplazamiento hacia occidente, que alejaba aún más a las familias de las concepciones y principios orientales tradicionales, ya había nacido en la contradicción previamente ocasionada por su alianza con EEUU y su apertura a partir de los Juegos Olímpicos de 1988. Sin embargo, la elección de Latinoamérica era también basada en su adscripción cristiana y a la libertad que tenían para su desarrollo.

A partir de la Crisis de 2001, se produce una reconfiguración de la comunidad coreana: una parte de ella re emigra hacia otros países, y otra opta por permanecer en Argentina profundizando su nicho laboral anclado en la industria textil en virtud de la alta concentración obtenida, conformando un enclave étnico (Garcés, 2012) que se basa en la pertenencia de un empresariado a un determinado grupo étnico o migrante, y por otro, a la dependencia o utilización de recursos étnicos que facilitan esa actividad económica. Esta definición limita la amplia coloratura que estos comercios adquieren entre una economía de propiedad étnica y otra étnicamente controlada.

En el caso de los coreanos en el barrio de Flores, esta dimensión se relaciona con la identidad diaspórica: dispersa en distintas ciudades, relacionada a través de cadenas migratorias y conservando relaciones de intercambio en distintos niveles con la sociedad de origen, con la que poseen una importante red de comunicación. Otra de las características de estas migraciones es que la relación con la sociedad de destino no es plena, conservando su idioma y gran parte de sus costumbres, instrumentándolos en diversos ámbitos y con determinadas personas. Esta característica transnacional-diaspórica, los habilita a pensar “el espacio migratorio en términos de redes y de relaciones y libera a los migrantes de las ataduras de la tradicional relación entre el Estado Nación” (Mera, 2016). Esto les permite una flexibilidad frente a las crisis y los movimientos del mercado pudiendo comercializar con otros enclaves, pero también el plano político y social.

En definitiva, la comunidad coreana y sus descendientes de la CABA, en gran parte ha podido tener una movilidad social ascendente en las últimas dos décadas, que también fue nutrida por la explosión de la industria cultural del sur de la península. De manera que aquí se traza un movimiento que relaciona lo económico, lo político y lo social, articulado por el hallyu u “ola coreana”, que habilita un marco sin precedentes de referencia con una producción cultural comercializada que engloba tecnología, cine, k-dramas o series, k-pop, gastronomía, maquillaje y moda, entre otros artículos. En definitiva, toda una estética y un tipo de consumo que llevó a que Corea del Sur se transformara en exportadora de una forma de ver el mundo, donde su desarrollo tecnológico es su soporte y los migrantes y descendientes, sus representantes.

 

El escenario religioso coreano en la Ciudad de Buenos Aires

Dentro del medio siglo de la migración coreana en Argentina, las representaciones sociales acerca del otro tuvieron, especialmente en la década de 1990, tres principales prácticas de alterización que Courtis (2000) caracteriza como 1) estereotipación, a través de características ultrageneralizantes de rasgos negativos, 2) la hiperexotización como una focalización y sobre dimensión de la diferencia y lo exótico considerado como nocivo y 3) la territorialización, basada en la construcción discursiva del “barrio coreano” en donde todo era considerado sospechoso y observado con desconfianza desde gran parte del discurso local.

Como hemos mencionado, a partir de la crisis de 2001, en donde parte de la comunidad elige permanecer en la Argentina, el desplazamiento hacia la Av. Avellaneda del comercio étnico y la ola coreana, cambiaron radicalmente la forma de ser observados, para pasar a ser representantes de la revolución cultural y en que los rasgos fenotípicos son, en el presente, un motivo de admiración para parte de la sociedad argentina. Bialogorski (2017) describe este cambio que se produce también en el interior de la comunidad coreana, habilitando una heterogeneidad de aspectos culturales para ofrecer eventos abiertos a la comunidad.4 Actualmente estamos investigando el impacto del COVID-19 en la comunidad y las formas en las que la ha atravesado de manera particular, atendiendo que al ser de carácter mundial las posibilidades de pensar su futuro en otros horizontes replantea las estrategias en lo social, lo político y lo económico, especialmente en los coreanos, fundamentalmente insertos en el comercio transnacional.

Dentro de los primeros años de su llegada, la amplia coloratura religiosa fue un refugio, un consuelo y una gran cohesionadora de grupos en espacios y condiciones adversas. Esta se conforma como un sistema cultural con cosmovisiones del mundo que refleja las ideas del grupo, se nutren de símbolos y ritualidades que nutren un ethos, que, en este caso, además, posee una especificidad étnica que se corporiza en las iglesias. Esta identidad es construida en base a eventos del pasado, transmisión de la memoria, a lo que se suma la firme convicción de que las prácticas y las buenas acciones que se realizan hoy tienen consecuencias en el futuro. Por ejemplo, parte de los entrevistados considera que fue el “trabajo”, el “sufrimiento” y el “sacrificio de los abuelos y padres” los que crearon las condiciones de este presente venturoso y de reconocimiento mundial para ellos y su sociedad de origen.

Como todo sistema simbólico, este tiene una función de conservación del orden social y control, enmascarado que contribuye a la legitimación de discursos, institucionales o no, que reproducen poder (Bourdieu, 1971), y en este caso, contribuyen a la reforzar las representaciones sociales positivas que se tienen en el presente de esta migración y su descendencia.

Asimismo, dentro de las múltiples funciones de la dimensión espiritual coincidimos con Horlyck (2014) en que los ritos ancestrales, las creencias confucianas, han dejado un legado de honrar a los muertos y que el eco de estas múltiples capas, así como la necesidad del enfoque práctico que requiere la muerte forman parte de la sociedad tanto en la Corea premoderna y como en la moderna.5

En el contexto previamente relatado, parte de la comunidad coreana construye desde la década de 1980 establecimientos religiosos que se emplazan sobre la Av. Carabobo y en sus inmediaciones. En un rápido recorrido encontramos: el templo budista Koryosa, la Iglesia Metodista de Flores (cuenta con Facebook, grupos musicales, misa y oraciones virtuales), la Iglesia Presbiteriana Coreana Hankookin, la Iglesia Evangélica Central Coreana, la Primera Iglesia Evangélica Coreana Presbiteriana, la Iglesia Coreana del Evangelio Pleno de Argentina, la Iglesia Evangélica Metodista Argentina, la Iglesia Evangélica Asamblea de Dios Encuentro de Vida, la Iglesia So Mang (posee un blog, información para matrimonios, noticias, temperatura y fotos de Corea), Iglesia Bautista de Flores (fundada en 1939, recursos multimedia, culto on line, recursos para niños, estudios bíblicos, actividades culturales en la sede, como películas y debate), la Iglesia Adventista del 7mo día coreana (fundada en su sede matriz en 1863 en Maryland, EEUU. Su página web posee una estética unificada, redes, información, ministerios para jóvenes, niños, mujeres, encuentro para padres, karaoke de himnos y una aplicación para el celular), la Iglesia Evangélica Presbiteriana, la Iglesia Presbiteriana Coreana Sion (15), Casa de Oración (14), la Iglesia Evangélica Presbiteriana Sin Sung Coreana (252), la Iglesia Presbiteriana Coreana Yang Moon, (92), la Iglesia Presbiteriana Coreana CHE Il6, (página web en coreano, Figura N° 1, 300), Iglesia Presbiteriana Chung Ang, (450) y la Parroquia de los Santos Mártires Coreanos, Figura N° 2 (927).

Los números entre paréntesis que se han consignado en el párrafo anterior se relacionan con la cantidad de espacios sobre un total de 4000 parcelas disponibles, que estas iglesias han comprado para enterrar a sus miembros en el Cementerio La Oración del Partido de Cañuelas en la provincia de Buenos Aires, al sur de la CABA. El emprendimiento de adquirir un espacio de enterramiento surgió de las dirigencias de las iglesias que se congregaron a principios de 1990 y que en 2008 inauguran este sector dentro de este cementerio privado.

 

Figura 1

Iglesia Presbiteriana Coreana Che Il

Iglesia Presbiteriana Coreana Che Il

  1. Fuente: Google Maps (Última vista: 20 de marzo de 2020)

 

Figura 2

PSMC, Festejos por Aniversario 29 de septiembre de 2015

Festejos por Aniversario 29 de septiembre de 2015

  1. Fuente: Facebook de la PSMC (Última vista, 15 de diciembre de 2019)

 

Junto a las iglesias hay espacios comprados por particulares o familias. Esta adquisición evidencia la relación entre las iglesias evangélicas y la iglesia católica (PSMC) que emprenden tareas en común en virtud del beneficio comunitario. La cantidad adquirida por cada una se ilustra en un plano donde la alta concentración de la católica posee un impacto, ya que cubre gran parte del mismo. Sin embargo, esta jerarquía numérica que evidencia no se traslada a la estética de las lápidas que de manera uniforme se encuentran a ambos lados de la vía central. Las mismas son sobrios rectángulos negros, con un bajorrelieve con el nombre de la iglesia (en coreano y español) que corona la fila que se distribuye hacia los costados (Ver Fig. N° 3). Al comienzo del área se encuentra el plano referido, unos carteles con la historia y un monolito que versa “Cementerio Coreano” con un poema en su base7 en han-gul (Ver Fig. N° 4) y el fin de la vía central marcado por un arco rojo (Ver Fig. N° 5).

 

Figura3

Cementerio La Oración- Sector Coreano- Lápida de Che Il

Cementerio La Oración- Sector Coreano- Lápida de Che Il

  1. Fuente: La autora, 21/7/2016

 

Figura 4

Cementerio La Oración-Sector Coreano Monolito

Cementerio La Oración-Sector Coreano Monolito

Fuente: La autora, 21/7/2016

 

Figura 5

Cementerio La Oración- Sector Coreano -Arco

Cementerio La Oración- Sector Coreano -Arco

  1. Fuente: La autora, 21/7/2016

 

La PSMC se encuentra a dos cuadras de la Av. Carabobo, eje central del barrio y donde se localizan la mayoría de los comercios de productos étnicos y gran parte de los restaurantes coreanos que dan a la calle. Su edificio central es de gran magnitud y recientemente anexaron un terreno lindante, a fin de construir salones y aulas. En el corazón del edificio se encuentra la iglesia, similar a cualquier otra católica, pero no posee una salida directa (Fig. 2). En el frente se lee en español su nombre “Santos Mártires Coreanos” que hace alusión al asesinato de 8000 creyentes en el siglo XIX, 103 de ellos canonizados en 1984. También se observa una virgen coreana pequeña, en una vitrina, que marcan un límite étnico.

El rasgo diferenciador que posee la PSMC, con respecto a otras comunidades religiosas, radica en la dependencia institucional con la iglesia apostólica romana y en este caso, en concordancia directa con la Parroquia Santuario de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa situado a dos cuadras. 8 Esta relación, material y simbólica, es considerada como un valor agregado para los miembros, al que aluden como una atribución de la pureza de la adscripción doctrinaria. El constante contrapunto se encuentra dado con las iglesias evangélicas a las que, en las entrevistas, surgen como otra forma de llevar a cabo la religión, dispersa y atravesada por los matices y la personalidad que pueda tener su dirigencia, dado que carece de la uniformidad genealógica que la iglesia católica puede presentar, como se observa en el siguiente relato:

L: No tengo idea porque es tan importante la religión para los coreanos. Pero si vos te fijas todos pertenecen a una iglesia. Es rarísimo, no es solo acá por mantener la cultura coreana o para estar juntos, incluso “que me siento parte de este club”. Pero también en Corea está lleno de Iglesias. Las personas son muy intrínsecas a la cultura que tiene la iglesia en sí. Esta es una Iglesia Apostólica Romana. Las iglesias evangélicas tienen como su propia metodología, su propia interpretación también. A ellos no les “baja” el Vaticano y nuestro eje es el Vaticano. Vos sabés que en la Iglesia católica está el cura, del cura al obispo, del obispo al arzobispo, cardenal y el Papa. Del Vaticano nos bajan a nosotros, que somos una península, por decirlo de alguna manera. Es que estamos dentro de una organización y lo nuestro es bastante simple (…) Nosotros le respondemos a la iglesia de la Medalla Milagrosa, que es parte de Flores. (Leo, coreano, empresario, 27 años, diciembre de 2017, PSMC)9

De acuerdo a las palabras de Leo, el espíritu de la PSMC es trabajar de manera constante con el apoyo y consejo de la Iglesia de la cual dependen, atentos a lo que dicte el Papa, al mismo tiempo que se autodenomina como península.

La organización de la PSMC cuenta con un cura que se ocupa de los bautismos, casamientos, misas y funerales, otro de menor jerarquía que ayuda, que suple en caso de enfermedad o licencia del mayor y dos monjas que brindan catequesis: todos enviados de Corea. Por un lado, la presencia del personal nativo posee un aspecto muy positivo para la comunidad, porque tiende un puente transnacional orgánico con la sociedad de origen, además de que les permite contar con la perpetuación del idioma.

Los entrevistados mencionan que la relación de una parte de los fieles coreanos resulta estrecha con los curas, a los que acuden para consejo y consuelo constante, y ante cualquier problema que se le presenta pedir su opinión a fin de poder obrar y accionar dentro del marco doctrinario. Sin embargo, la rotación –que oscila entre dos o cuatro años--, dificulta la profundización de las relaciones, aunque siempre hay excepciones que tienen que ver con la personalidad del sacerdote y la coyuntura que esté transitando la congregación.10

Este es un punto importante a analizar, porque las características del cura “marcan” las políticas internas de la Iglesia y de las iglesias católicas en general, por su carácter vertical. Asimismo, desde esta institución ya se ha advertido que por diversas razones los fieles estaban dejando de concurrir a la misa y se mencionaba con alarma la “falta de vocación sacerdotal” en los jóvenes, lo que no permitía renovar los distintos estamentos. Frente a esa crisis, la PSMC, que remite a una comunidad cada vez más pequeña, se planteó la posibilidad de dar misa en español, a fin de interesar con La Palabra a los niños descendientes que, ya escolarizados e hijos de segunda generación, no tenían al coreano como su lengua madre. Como planteaba el catequista, las escrituras carecían de sentido para ellos, concurriendo al rito obligados y solo deseando la culminación de la misa. Por esa razón, este tema comenzaba a ser motivo de discusiones al interior de cada uno de los grupos, en donde se destacaban tres posibilidades: a) seguir en coreano, con el beneficio de conservar ese espacio para quienes lo necesitaran así, por costumbre, por edad, etc; b) brindar misa en español (lo cual era dificultoso para un cura coreano que no lo supiera bien) y c) alternar partes en coreano y español. De manera que la alternativa es conservar las raíces o permitir una hibridación que, con el paso del tiempo, los aleje del idioma. Esta discusión embrionaria se estaba planteando al momento de las entrevistas y resultaba muy profunda, incluso para los jóvenes que encuentran en su grupo de los sábados la posibilidad de hablar coreano. Una entrevistada nos mencionaba en la iglesia podía alternar conceptos en español o coreano y la entendían lo cual le proporcionaba un bienestar que no encontraba en otros espacios de su vida laboral o estudiantil: “Por ejemplo, ta ta en coreano es como “frustrado”, “incómodo”, no poder hacer algo, impotente, una mezcla y eso está bueno de acá, porque lo mezclás [y te entienden]” (Francesca, descendiente, estudiante UBA, 22 años, febrero de 2018, PSMC). De manera que la Iglesia se encuentra en una encrucijada donde constituirse como un espacio de conservación del idioma se constituye como una virtud, aun cuando las posibilidades sean la pérdida de un número mayor de los descendientes que se designan como los reproductores identitarios. La situación se dirime, en gran parte, de acuerdo a la tendencia, más conservadora o más heterodoxa, que posea el cura que sea asignado por esos cuatro años y la fuerza de la Comisión Directiva, que pugnará por una u otra tendencia.

La concurrencia a una iglesia forma parte de la vida cotidiana de parte de las familias coreanas. La asistencia los días domingo a la misa tiene una segunda etapa vinculada al espacio de socialización que se desarrolla a posteriori con respecto a compartir el almuerzo y establecer reuniones con distintos grados de formalidad para niños, jóvenes, mujeres, ancianos, etc. Es en la organización de festividades, aniversarios o alguna situación problemática donde se ponen a prueba las presencias y lazos comunitarios y de esta con la dirigencia eclesiástica.

La iglesia es un escenario performático en donde las familias se muestran, se presentan y establecen un juego de poder, jerarquías y honores. De acuerdo a uno de los entrevistados las iglesias aportan “un apoyo moral, espiritual y hasta material” (Jorge, coreano, docente, 45 años, abril de 2016, oficina) aunque para otros su presencia adquiere un rol vinculado a la socialización “para mí es como un club” (Fabián, descendiente, profesor de catequesis, estudiante UBA, 22 años, abril de 2018, PSMC).

Además, de manera regular se organizan retiros espirituales y campamentos para los diferentes grupos que consolidan la pertenencia de manera individual y colectiva con la institución: “La iglesia ya es parte de mí, no puedo no venir” (Fabián, descendiente, profesor de catequesis, estudiante UBA, 22 años, abril de 2018, PSMC). Para ello la organización interna vinculada a los ciclos vitales resulta cohesionadora, especialmente con el grupo de jóvenes, que resulta fundamental para el sostenimiento a futuro, a través de actividades tales como la participación en el coro, las clases que se dan los sábados a la tarde de 14.30 a 18.30 con misa, merienda, valores de la Biblia y otros que se arman para eventos en particular.

El grupo de los adultos y matrimonios (de 30 a 50 años) se reúne también los sábados y otro día de la semana convenido, y el grupo de ancianos, que tiene también su día, amén de que muchos de ellos se encuentran en el establecimiento todos los días como punto de reunión.

 

La muerte en comunidad

Abordar la muerte y todos sus significados implica un desafío conceptual y teórico porque interpela a los sujetos con su historia y sus contextos, pero es también un objeto privilegiado para estudiar las formas y representaciones con las que cada grupo la tramita y capitaliza, por lo que pasa a formar parte de su cadena de sentido, sus silencios o su historia. En este caso se focalizará el recorte del corpus puntualizándolo en la logística, prácticas y ritualidad que emprende la PSMC, entendiéndolo como:

todas las conductas corporales más o menos estereotipadas, a veces codificadas e institucionalizadas, que se basan en un conjunto complejo de símbolos y creencias. Los ritos funerarios, comportamientos variados que reflejan los afectos más profundos y supuestamente guían al difunto en su destino post mortem, tienen como objetivo fundamental superar la angustia de la muerte de los sobrevivientes (Thomas, 1991, p.115).

Es decir, los rituales ayudan al grupo a reincorporarse a la vida social, y en el caso de las iglesias, a cumplir con el rol protagónico a fin de dirigir la ceremonia, así como acompañar y consolar a los fieles.

Torres (2006) profundiza en las características del rito funerario vinculado a cinco características básicas: 1) el carácter repetitivo apunta a un conjunto de reglas establecidas, a un esquema de comportamientos ordenados, a partir de la costumbre y regulados; 2) la complejidad porque todo símbolo o mito posee un carácter ambiguo, al que se le pueden proveer distintos sentidos, con la suficiente vaguedad que conforman una compleja estructura interna que los lleven a ser parte de una situación que se encuentran fuera de lo ordinario; 3) la sociabilidad que implican los ritos explicitan la necesidad de la reunión como esencial para los individuos que llegan a la convocatoria, creando una sinergia que suma elementos, eslabones de sentido para la historia y la memoria del grupo. La religiosidad es el punto 4) que hace referencia a las creencias, al reconocimiento de un plano extra empírico, religioso por sí mismo que manifiesta un poder de lo numinoso, lo místico y lo sagrado, que tiene una eficacia, y, por último, el 5) la intersubjetividad comunicativa o significatividad, importa saber qué se dice a través de los símbolos en la interacción social. Tres postulados básicos sustentan estos estudios:

El individuo no solo se halla con un mundo socialmente determinado, prefijado de antemano, sino que, además, se halla inmerso en un mundo de significaciones compartidas; este abarca no solamente el universo sociocultural en el cual vive el individuo, sino que, además, incluye la realidad de la vida cotidiana y, las significaciones no se agotan, sin embargo, en el mundo finito de la vida cotidiana, sino que hay otras que trascienden el mundo perceptible. Son los símbolos. (Torres, 2006, p.7)

Como seres socioculturalmente rituales, los pasos que se despliegan al momento del fallecimiento de un miembro de la colectividad atraviesan las cinco características previamente descriptas. Pasaremos a analizarlas: cuando fallece un miembro de la comunidad coreana de la CABA, la familia se ocupa de llamar a la Cámara de Comercio, que inmediatamente lo publica en una página web. De acuerdo a una entrevistada, se cree que al menos tres veces por día los miembros de la comunidad entran a la página. Allí se publican toda serie de noticias y normativas locales, así como también ofertas e información de todos los rubros en los que se desempeñan. También hemos observado análisis de noticias, actualización de la Crisis del COVID-19, sitios que redirigen a canales de noticias argentinos y servicios (escribanía, agencia de viajes, medicina y odontología, entre otros). En la pestaña de Comunidad se encuentran los obituarios, producidos por las distintas iglesias, los nombres de los miembros de la familia, quien oficia en el servicio, y donde es enterrado.

Vigilia por el difunto. La comunidad cuenta con dos casas funerarias de confianza: la primera llamada “La italo argentina” (IA), es el lugar elegido por las iglesias evangélicas y la segunda, “Casa Escalada” (CE), es de preferencia de los coreanos que pertenecen a la iglesia católica, siendo esta última, la que posee instalaciones más amplias y un rango de servicios diversificado (normal, superior y VIP). Ambas poseen salas acondicionadas especialmente para los coreanos, destinándoles un piso entero, ya que la concurrencia es muy importante, con un mínimo de 30 personas, aumentando luego a lo largo de la noche, a partir del cierre de los comercios. El velatorio se inicia durante el día y dura toda la noche, siendo los hombres los que permanecen durante todo el proceso. Para la Iglesia católica, la logística se encuentra muy reglamentada como prácticas sociales, que actualizan creencias y valores y son al mismo tiempo procesos de comunicación.

Volviendo al velorio, existe también una cuestión litúrgica que marca uno de los entrevistados de la PSMC, ya que considera que, a través del rezo realizado en forma conjunta y repetitiva, se ayuda al alma del difunto a elevarse y llegar al cielo:

E: ¿Cómo se desarrolla el velorio?

L: Uno sabe más o menos cuándo alguien se está muriendo, a menos que sea repentina y actuamos de un día para el otro. Hay una página web, “IACEA”, ahí hay una sección para los difuntos, todos los velorios se postean. Todos van y llevan una ofrenda en un sobrecito. Acá viene la parte más interesante. Nosotros creemos que el rezo puede ayudar a que la persona vaya al cielo. Nosotros tenemos el purgatorio, nosotros creemos que mediante nuestros rezos puede impulsarlos. Esa es una gran diferencia con los evangélicos (…) nosotros cada 20 minutos rezamos, entra una tanda y se va, entra otra y se va: es por llegada. El proceso es bastante simple. Entra saluda al cadáver como una muestra de respeto, prende un incienso y tira agua bendita. Saluda a los familiares, deja el sobre con la plata. Acá es donde entra la parte más interesante, o chocante, hay una sala, después del otro lado uno puede comer o tomar alcohol, come, se ríe, juegan a las cartas. Yo al principio no entendía eso y la explicación es bastante simple. Para que exista una división, un ambiente de rezo, de respeto, un ambiente donde uno conmemora tiene que haber un lugar donde se divierte. La muerte es una transición y uno acompaña. Está bien, uno se puede poner triste porque esa persona físicamente no está, pero nosotros creemos que hay vida después de la muerte, por eso es también como una fiesta y tiene que existir una línea que divide la habitación donde se conmemora y la que se toma y se lleva mejor la situación. (Leo, coreano, empresario, 27 años, enero de 2018, PSMC)

Dentro del relato de Leo es importante la reiteración del nosotros que marca la diferencia con los otros, en este caso las Iglesias Evangélicas.

L: Nosotros creemos que el rezo de los católicos puede ayudar a que esa persona pudiera irse. En esto nosotros tenemos una diferencia con los evangélicos. Ellos no creen en el purgatorio, el estado intermedio entre el cielo y el infierno; nosotros creemos que las almas que están en el purgatorio mediante nuestros rezos y mediante todo lo que nosotros podamos hacer y ayudar desde acá, puede contribuir a darle una mano, a impulsarlos y eso es una gran diferencia con los evangélicos. Los evangélicos no creen en el purgatorio y es ahí donde se divide un poco. (Leo, coreano, empresario, 27 años, enero de 2018, PSMC)

 

El entrevistado describe la división espacial con roles que se pueden rastrear en la influencia folklórica: un área para los rezos y el acompañamiento y otra para la desarticulación de la solemnidad del rito, para recordar que la vida continúa, aunque este es también el ámbito de lo masculino. Las mujeres ayudan con las sopas, el sushi y demás alimentos, mientras que los hombres son servidos, comen y toman soju (vino coreano).

En esta contraposición, como un ying y un yang, se equilibra el universo en los velorios. Atendiendo y aceptando la situación que los atraviesa y reconociendo también al llamado de Dios a no cuestionar el plan celestial, aceptando el momento de reconocimiento de lo inevitable.

El cura de la PSMC relataba: “cuando hay un difunto nos avisan y aquí preparamos la misa de “unción de los enfermos” que es uno de los sacramentos, como el bautismo o la comunión” (Padre O, coreano, 60 años, enero de 2018, PSMC). Hay un libro con rezos y canciones para acompañar el momento. La estricta ritualidad y especialmente en los de “pasaje”, tienen como objetivo unir a los participantes entre ellos como colectivo, (es notable como se menciona el “nosotros” en todo el relato), pero más allá de ellos mismos, como parientes hermanados en otras latitudes, cerrando brechas y dándole una continuidad a la línea entre el pasado, el presente y el futuro (Reimers, 1999). Los ritos de pasaje que acompañan los cambios de un estado de la vida a otra, son instancias en donde se permiten prácticas sociales altamente afectivas que solidifican vínculos (o los terminan de romper por ausencias o aspectos no cumplidos), pero que apuntan a comprender los ciclos vitales y a acompañar en el proceso. Pero es mucho más que eso, como señala Seligson (2009) es la subordinación a la familia, el linaje, el clan y esa lealtad es concebida como proyección que se hace hacia el Estado, por eso podemos sumarle un componente político a la acción.

Además de ayudar con las oraciones, los miembros también contribuyen con dinero que es recepcionado por los amigos cercanos a la familia y anotan en un cuaderno la suma de la contribución, que es mayor representando el grado de cercanía. Si bien la familia es el núcleo duro de las relaciones a quienes se le debe lealtad, en estas circunstancias, los lazos más débiles se activan movilizando a los miembros de los grupos de variado volumen. En el caso de los velorios, las diferencias parecen robustecer estos vínculos e invita a reunirse a pesar de la dispersión y las ocupaciones. La activación de las relaciones se desarrolla de una forma especial en este contexto. Como estudia Granovetter (1973, p.17) “Los vínculos débiles frecuentemente considerados como productores de alienación son vistos aquí como indispensables para las oportunidades individuales y para su integración”. Se diluyen los conflictos, se aprovecha la socialización, se difunde información en las horas en donde se llevan a cabo las distintas etapas durante el proceso del velorio. De esta manera, la presencia de los miembros de la comunidad es muy numerosa luego de las actividades diarias, dejando de lado las diferencias y los conflictos, aunque, por supuesto, no en todos los casos.

Una de las entrevistadas relató que parte de su familia no concurría a ninguna iglesia, pero cuando aconteció la muerte de su abuela la cantidad de concurrentes que se allegaron asombró a su familia sumándole una emoción que llevó a que a partir de ese momento participaran de manera mucho más activa en todas las actividades de la Iglesia:

F: Papá después habló mucho y me quedó la imagen de ¡cuántos amigos tiene, cuánta gente lo apoya! En ese sentido mi papá dijo que había que portarse bien en la vida para celebrar que habían venido muchos. Se conmovió acerca de cuánta gente había venido, me quedo mucho eso y pensé “algo deben estar haciendo bien si tanta gente viene”. Me gusta mucho eso porque acá se acompaña toda la noche. Mi otra abuela vive en Estados Unidos y allá se cierra toda la noche y mi abuela le decía mi mamá “¿cómo dejan al muerto ahí, solo?”. Y acá no: te ayudan, comen, cuentan anécdotas, se bebe alcohol, pero también para recordar y hablar sobre la situación. A mí me gusta eso de acompañar. (Francesca, descendiente, estudiante UBA, 22 años, diciembre de 2018, PSMC)

En este caso, la PSMC con su apoyo y presencia llevó a que toda la familia se sintiera convocada a participar nuevamente, fortaleciendo el lazo identitario, a la que se sentía convocada de una forma más profunda y comprometida por lo que la iglesia les había dado:

F: Yo siempre fui a misa en el colegio y mi mamá también, pero no veníamos hasta acá porque quedaba lejos. Pero cuando fallece mi abuela necesitamos de la presencia de la intermediación de la iglesia coreana. Venir a misa y participar de la misa en coreano. Mi papá también se dio cuenta de la importancia: no solamente ir a misa, sino que es nuestra iglesia, que es la única coreana y que cuando fallece alguien es nuestra primera aliada donde podemos correr. (Francesca, descendiente, estudiante UBA, 22 años, diciembre de 2018, PSMC)

En el caso de los procesos funerarios coreanos, el cuerpo se ubica como el centro de los acontecimientos y por donde pasan las ceremonias iniciales. Entre el velatorio y el entierro se agrupan las tres instancias que Van Gennep (1960 [1909]), considera necesarios para un pasaje efectivo de los miembros del grupo que quedan: el de separación (conductas simbólicas que separan al individuo del grupo al que pertenece), el de transición (momento en el que el cuerpo todavía no dejó completamente el plano terrenal y aún no pasó al otro) y el de agregación (cuando el fallecido se incorpora al otro estadio, abandonando el grupo de pertenencia). Estas tres fases se encuentran en el proceso que se inicia en el velorio y que concluyen en el entierro al día siguiente.

Es importante también la connotación espiritual y pedagógica que posee participar, dentro del marco religioso: “Justo yo no soy de los que le tienen miedo a la muerte (…) acá para la religión morir no pasa nada, vas a recibir una vida mejor en el cielo, así que preocupáte por cómo vivís… (Fabián, descendiente, profesor de catequesis, estudiante UBA, 22 años, abril de 2018, PSMC). Este mismo entrevistado, nos contaba que el velatorio “no es un ambiente muy triste, a veces se quedan tomando… viendo velorios occidentales este es mucho más tranquilo, no es estar al lado del cuerpo llorando” (Fabián, descendiente, profesor de catequesis, estudiante UBA, 22 años, abril de 2018, PSMC)

Otra entrevistada coincidía:

B: No le temo a la muerte por la cuestión religiosa ya que concebimos la muerte de otra manera… Más allá de la herencia cultural, la concepción de la muerte que adoptamos es una perspectiva que se vincula mucho más a la religión, porque toda mi familia es católica y mi mamá era evangélica. Lo que suele pasar es que cuando tu esposo tiene una religión y vos otra se hace como un convenio que es un poco más machista y prevalece la religión del hombre. Entonces mi mamá que era evangélica se pasó a la católica y desde chicos estamos muy influenciados por la religión y vemos a la muerte como un paso hacia otra vida, no como algo trágico, como algo que se acabó sino como que empieza otra vida. Tenemos como una mirada un poco más esperanzadora, que Dios nos va a perdonar. (Brisa, descendiente, estudiante, 24 años, diciembre de 2018, PSMC)

Rito de sepelio. Entre las iglesias evangélicas y la PSMC, hay también otra diferencia vinculada a la ritualidad relacionada con la “mañana siguiente”. Mientras las primeras hacen el anteúltimo rezo en la casa velatoria y de allí parten hacia el cementerio elegido, que puede ser el mencionado u otro privado, a veces en micros contratados para tal efecto, la PSMC lleva al fallecido a la iglesia a realizar el último servicio:

L: Al día siguiente traen el cuerpo y acá se hace otra ceremonia, y acá es la última misa, y se lleva todo al Memorial u otro cementerio. Ese es el proceso, de un día para el otro. El velorio empieza a las 6 de la tarde, de 8 a 11 es cuando más gente hay, de 11 a 1 es cuando se libera un poco, de 1 a 8 se queda los familiares más cercanos y de 8 a 10 es la preparación para traerlos a la misa de las 10 acá. Una cosa muy importante es la función del nieto mayor, que lleva la foto del fallecido: en la cultura coreana el hijo mayor hombre es más importante, el primogénito es muy importante, y un escalón abajo está el nieto, que lleva la foto; y los amigos del nieto son los que llevan el ataúd. Te preguntarás qué pasa si no tiene nieto, siempre hay una figura que cumple ese rol. Se busca la manera. Esa es la parte más protocolar. (Leo, coreano, empresario, 27 años, enero de 2018, PSMC)

Una vez producida la inhumación y la última oración frente a la tumba, la familia invita a los concurrentes a un almuerzo, en un restaurant reservado para luego retirarse a cumplir el duelo.

Cuando preguntamos a los entrevistados las preferencias de ser enterrados en la Argentina los miembros de la PSMC nos manifestaron que estando los hijos aquí no necesitaban nada más: “yo creo que a mi familia no les molestaría ser enterrados acá” (Leo, coreano, empresario, 27 años, enero de 2018, PSMC), porque además en el momento que arribaron, en la década del 80, de a poco vino el resto de la familia y muchos de ellos vivían con abuelos, padres, tíos y primos, conformando un núcleo que de a poco se alejaba de la sociedad de origen. Este es un punto importante en donde no siempre hay coincidencias, pero que ha tenido que ser negociado, en virtud de las dificultades que posee el transporte de un cuerpo al otro lado del mundo. Las diferencias que se articulan de generación en generación, además del espacio propio en el Cementerio La Oración u otro del ámbito privado, provoca que este no sea un tema angustiante, que emerja en las entrevistas, sino que, por el contrario, la misma comunidad fue solucionando.

Los domingos, nos contaba una empleada del Cementerio La Oración, el espacio es habitado por las familias o por grupos que llegan en combi desde las distintas iglesias. Pero también concurren en otras fechas al cumplirse el año de fallecimiento y algunos el 1° de enero, pasando previamente por la Basílica de Luján, considerado santuario de la Argentina y lugar de procesión anual, situado a 70 kilómetros de la CABA.

Como hemos mencionado y aquí retomamos: este es un punto en donde coinciden todos los entrevistados: el ritmo vertiginoso de Corea, llevó a que no se puedan respetar los tiempos que requiere un ritual funerario: “Son todos bastante egoístas y egocéntricos, la muerte es un trámite. Si vos te ponés en pausa, el de atrás te pasa”. (Fabián, descendiente, profesor de catequesis, estudiante UBA, 22 años, abril de 2018, PSMC). Está en la memoria narrativa de la congregación los ritos folklóricos cuando el hijo mayor pasaba tres años de luto en una choza en la montaña, por esa razón consideran que la posibilidad de cumplir con los tres días y enterrar a sus muertos, es un aspecto superador con respecto a lo que ocurre en Corea en el presente, donde últimamente se opta por la cremación y la rápida tramitación del rito.

La migración, la forma en la que se fue organizando la comunidad, la elección del nicho económico que les brindó capital social y económico, les otorgó la oportunidad de cumplir con ritos y etapas de esa Corea recordada y trata de cumplir con un esquema axiológico compartido en sus grupos de proximidad.

El duelo11 y las ceremonias posteriores: Con respecto al período de duelo, este lapso varía de acuerdo a la familia y la iglesia a la que pertenece, en donde se negocian tiempos y acciones, que se van alterando de acuerdo a la situación.

En Corea hay ceremonias destinadas a los muertos que atraviesan fronteras y hoy son parte de festividades que atraen a turistas, consumos culturales y marcan modas: la seollal por el año nuevo lunar y que se festeja en febrero y la chuseok, la fiesta de la cosecha en septiembre/octubre, en donde en cementerio es una continuidad del espacio doméstico a los efectos de compartir con los antepasados el momento.12

También hay celebraciones propias de cada familia (kijesa=기제사) relacionadas con el aniversario del fallecimiento de un ancestro en particular (Corvalán, 2017). Esta última la denominan jesa (제사) y consiste en una cena que se efectúa en la casa del primogénito varón. Consiste en colocar en el centro de una mesa baja una tablilla de madera, con una oración en hanji, papel coreano, orientada hacia el norte que simboliza la presencia espiritual del antepasado y la comida dispuesta sobre la mesa en forma determinada para el espíritu que “baja”. Los alimentos se disponen de manera descendente (como en una ladera de la montaña) y con una distribución muy cuidada (Lee, 2010). De afuera para adentro, se colocan las frutas, luego los alimentos deshidratados y el kimchi, en tercer lugar, las sopas y vegetales, luego los fideos. En el frente, apilados en primer lugar se ubican las carnes, de res o cerdo (simbolizando la tierra), el pescado (el agua) en el segundo y pato o pollo (el aire). Los cuencos y ofrendas masculinos orientados al oeste, los femeninos al este y dos velas a ambos extremos con un incienso en el medio. A partir de allí se sigue una secuencia con saludos rituales, llamando a los espíritus para que desciendan, ofrendas por rango etario, el licor, la comida principal, el té y luego despide a los antepasados hasta el próximo año, se quema la oración y se dividen las ofrendas llevando el resto al cementerio, para compartir (KCCC, 2011).

Este aspecto es interesante, porque las iglesias evangélicas le dan la estructura ritual que no entra en tensión con las formas tradicionales de la península. Las celebraciones que tienen orígenes chamánicos y las budistas plantean una periodicidad muy específica: concurrir al cementerio a los tres días del fallecimiento y a los 49 días. Cuando lo preguntamos en la PSMC, las respuestas fueron diversas. Como nos relataba una entrevistada:

V: Se lo toma muy en serio: como que se abre la puerta, se deja pasar, hacemos un saludo que se llama chol, te arrodillas, con las dos manos una arriba de la otra, te lo pones en la cabeza en la frente y te arrodillas y bajas (Valeria, descendiente, estudiante, 18 años, diciembre de 2018, PSMC)

O bien:

L: Esa tradición es budista, pero los coreanos tienen la raíz en el budismo y lo usas. Tres días, 49 días, pero no es de la Iglesia Católica.

E: Perdón…pero en algunas ocasiones me la han mencionado.

L: No, no, acá también se hace. (Leo, coreano, empresario, 27 años, enero de 2018, PSMC)

Como bien explica, esta ceremonia de origen chamánico entró en tensión con la Iglesia católica, pero fue negociada y rediseñada:

L: El jesa, te explico, lo importante de esto es que es una conmemoración… ¿viste esas anécdotas que se cuentan de los abuelos? Era la modalidad, una cena donde se mantenían las historias para contarle al nieto, el linaje, las historias, todo. Lo importante es eso, la parte protocolar pasa ahí, el compartir las historias, es una parte importante. La otra es la del espíritu, todo se pone al revés, porque supuestamente el espíritu come con nosotros. Es una costumbre 100% coreana y el Papa del momento dijo ¿” espíritu”, “baja”? “No, está prohibido”. Hoy por hoy, no está aceptado, pero no está “hecha la cruz”13 a la costumbre. ¿Qué es lo que dice la Iglesia, hoy por hoy? hagamos una cena, hagamos una misa, pero el “espíritu” no”. (Leo, coreano, empresario, 27 años, enero de 2018, PSMC)

Hay costumbres y tradiciones tan antiguas (Seligson, 2009; Horlyck y Pettid, 2014), que perviven en el plano de lo privado o en iglesias evangélicas (que son mucho más permeables a rituales y ceremonias ancestrales), pudiendo convivir y rememorar aspectos que nutren su coreaneidad en función de la piedad filiar, la subordinación a la familia, el linaje, pudiendo trazar una narrativa más permeable al mundo de los espíritus, y a ser parte de una cadena de sentido que los une con los ancestros y sus descendientes. En este caso, la flexibilidad moderada de la Iglesia católica, con la concesión semántica, que doctrinariamente podría impedir que sus fieles las reproduzcan, negoció un espacio que contribuye a que sus miembros las puedan efectuar en el marco material y simbólico de la parroquia. De esta manera se puede cumplir y tramitar las tensiones que emergen y las familias continuar celebrando los rituales propios de su memoria histórica.

 

Algunas reflexiones finales

Al comienzo de este trabajo, que es de carácter parcial, se planteó que la religión, que contiene rituales y objetos, se articula con las construcciones identitarias de parte de los migrantes coreanos que ven allí una forma de perpetuar y sostener una relación con la sociedad de origen, siendo un elemento más del transnacionalismo y lo que tiene para ofrecer Corea del Sur. Se revela una identificación profunda con los rasgos de la patria en donde la religión suma un puente más: por la reproducción del idioma, por la forma de vivir y habitar el espacio esto revela que, en cualquiera de sus iglesias, se marca una actualización de la coreanidad, en la amplia coloratura de opciones que ofrecen, pero en donde la presencia de lo religioso se encuentra activo como marco axiológico de base.

No solo por su carácter de espacio de reunión sino de identificación simbólica y material que las iglesias representan para este grupo en particular entrevistado en CABA, un esquema de principios y valores estructurada y estructurante, tanto en su influencia en los ciclos vitales como de las acciones cotidianas.

De acuerdo a lo observado y las entrevistas efectuadas, la monumentalidad de la PSMC, así como la autoridad e influencia de alguno de sus miembros, muchas veces medido en volumen monetario y capital, esta iglesia es considerada como el lugar donde concurren “los ricos” de la comunidad y pertenecer a ella, da un prestigio particular. La elección de la adscripción al Vaticano los encolumna en un eje occidental y católico que se aleja de ciertas representaciones sociales vinculadas a lo ancestral, lo milenario que ofrece el universo conceptual oriental, para editar su religiosidad desde el 1600, cuando penetra el cristianismo en la Península. Esta elección, que es también política, implica una mirada diferente a la de las iglesias evangélicas que permiten una combinación más flexible en su paisaje nocional y doctrinario. De manera que, recuperando los conceptos de Ameijeras con el que iniciamos este recorrido, deberemos preguntarnos en el futuro si esta “apropiación religiosa” es también una forma de acercamiento político más a la identidad nacional de esta Corea superdesarrollada, capitalista y globalizada o de este grupo en particular.

En esa línea, no es desdeñable la elección del nombre basado en la muerte de mártires cristianos perseguidos por no querer realizar rituales a los ancestros por considerarlos paganos. Hacia al interior y en el discurso que establecen los entrevistados para hablar de las otras iglesias, la construcción identitaria del “nosotros”, “nuestra Iglesia” es recurrente, en contraposición con otras comunidades religiosas y en la PSMC su discurso se encuentra reforzado por su pertenencia a la Iglesia Apostólica Romana. Este último fue algo importante dentro de los discursos de sus miembros, en donde la dependencia a la cosmovisión “oficial” y la estética del Vaticano y del Papa, argentino, cierran la discusión en cuanto a la legitimidad y la autoridad que esta posee con respecto a otras congregaciones. Esto se refuerza simbólica y materialmente con la cantidad de espacios conseguidos en el Cementerio La Oración, y la sala velatoria que ocupan casi con exclusividad. La tensión con otras iglesias también se encuentra en diálogo con el pasado folklórico, pero negocian y se relacionan en proyectos en común como el cementerio y la misa con cena que logran subsumir dentro de la órbita de la iglesia. En ese sentido, el cementerio logra la unión de las iglesias en un solo lugar, mientras que las instituciones religiosas se encuentran disgregadas.

Asimismo, la doctrina ofrece un consuelo concreto que es la salvación y la vida después de la muerte que proporciona una salida al miedo y la sorpresa que siempre conlleva lo irreversible. En ese sentido, los entrevistados han manifestado que la muerte no debería ser un paso que provoque temor, sino aceptación y ese es el clima que se transita en los velatorios, con excepciones vinculadas a la forma de la muerte. Sobre este último punto vamos a indagar en futuros trabajos, especialmente cuando podamos profundizar el diálogo y la confianza.

Dentro de lo que significa la iglesia para sus miembros, caracterizada como “club”, “apoyo moral/material/espiritual”, “parte de su vida”, son espacios clave para el encuentro segmentado en rangos etarios para poder otorgar el consejo y el consuelo (y el control) que cada momento del ciclo vital requiere. Incluso en el momento de la muerte, colaborando en detalles que ya se encuentran dentro de una logística en donde trabajan en conjunto la gestión eclesiástica y las familias cercanas.

En el momento de la vigilia del difunto, la misa exequial y el rito del sepelio la actuación comunitaria es clave, quedando para el futuro y en la conciencia de las familias el grado de compromiso que asumirán para retribuir lo recibido. La certeza de la ritualidad, consignada a través de horarios y plazos establecidos reduce la incertidumbre y contribuye a que a lo largo de la jornada la comunidad se informe y asista. El carácter repetitivo de las oraciones y canciones que se despliegan a lo largo del velorio, con una regulación marcada, la sociabilidad que se explicita de manera puntual en estas convocatorias “clave” de la vida personal, familiar y comunitaria ponen en juego la profundidad de los lazos comunitarios evidenciando un rol pedagógico para las generaciones presentes y futuras. En ese sentido la complejidad de estos ritos, en donde todo posee un margen de ambigüedad, es interpretado por los ancianos que le proporcionan una “traducción”. Podemos compartir un ejemplo que nos han relatado de manera informal en el plano de lo anecdótico cuando en una ocasión los sahumerios tradicionales no habían llegado a tiempo de Corea de manera que frente a un funeral hubo que negociar esta marca identitaria (como señalamos anteriormente la importancia de la articulación entre los rituales y los objetos) y suplirla con otros, recayendo la decisión en el grupo de ancianos de la iglesia que legitimaron las elecciones y reemplazos efectuados. Pero, en definitiva, es el capital económico, cultural y social que ha reunido la comunidad coreana, en su mayoría, lo que le ha brindado a la muerte un espacio relevante para la celebración, el acompañamiento y la ayuda mutua, en donde los límites con la sociedad de destino están marcados y selectivamente desdibujados hacia el interior, para con las otras iglesias, --al menos en lo narrado--, pudiendo colaborar de manera especial para el contexto del fallecimiento de un connacional o sus descendientes, reproduciendo los símbolos y rituales que le dan sentido étnico y proyección a futuro.

 

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  1. 1 Licenciada en Ciencia Política (UBA), Socióloga (UBA), Dra. en Ciencias Sociales (UBA), investigadora adjunta de CONICET, con sede de trabajo en el Instituto de Investigaciones en Contextos de Desigualdades (IESCODE) de la Universidad Nacional de José C. Paz (UNPAZ). Dirección postal: Vuelta de Obligado 3462 (CP:1429) CABA. Email: castiglioneceleste@yahoo.com.ar
  1. 2 Coincidimos con Wright (2004, p.151) que “las identidades culturales no son inherentes, definidas o estáticas: son dinámicas, fluidas y construidas situacionalmente, en lugares y tiempos particulares” (…) Entendemos el concepto de cultura como un proceso activo de construcción de significado y de disputa sobre la definición, incluyendo la de sí misma.
  1. 3 Con la PSMC iniciamos el contacto con Leo, líder del grupo de los jóvenes el 16/12/2017, quien nos recibió en la iglesia y mantuvimos dos entrevistas en profundidad. En febrero de 2018 ofició de traductor en una entrevista con el cura principal, que nos permitió acceder al grupo de los jóvenes (en su mayoría descendientes de segunda y tercera generación), con quienes continuamos las entrevistas. El perfil de los diez jóvenes entrevistados fue en su mayoría varones (60%), en un rango de 18 a 30 años, realizadas los sábados por la tarde, cuando concurrían a su curso de formación religiosa. Todos los entrevistados tenían el secundario completo, cursaban carreras universitarias y poseían ciertos conocimientos del proceso de investigación, de manera que accedieron a realizarla sin inconvenientes ni reparos; sin embargo, la fuerte adscripción católica y el marco en que se desarrollaban los encuentros llevó a que el contexto, material y simbólico, influyera; en que las respuestas se saturaran, especialmente en las respuestas que abordaban aspectos que pudieran llevar a una tensión con los aspectos religiosos. La habilitación estaba dada por el profesor de catequesis, y si bien esta situación al principio nos pareció compleja, pues no existía una alternativa superadora, se equilibraba no obstante cuando le consultaba a los entrevistados quién quería ingresar y luego nos dejaba solos al momento de la misma. La posibilidad de entrevistar a otros grupos etarios, que nos aportaran otras miradas (o no), se vio frustrada por la ASPO (Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio), pero planeamos realizarla en el próximo año.
  1. 4 Esto se observa en nuevos espacios de comunicación, actividades culturales como el Museo Kim Yun Shin, el Centro Cultural Coreano, así como la participación en Buenos Aires Celebra Corea, Día del Inmigrante o el Día de las Colectividades con el gobierno municipal de CABA. A esto se suma un sinfín de encuentros formales e informales que realizan los fans de los distintos grupos y exponentes.
  1. 5 Sobre este último punto, en la última década, el avance tecnológico y la vertiginosa competencia laboral, han puesto en duda esta idea, así como también el respeto a los mayores y a las jerarquías, especialmente en el ámbito familiar. Esto provoca un impacto en los migrantes y descendientes que retornan a Corea a visitar a sus familias y se encuentran con que los recuerdos no coinciden con el presente. Este choque entre la Corea narrada y la observada desde hace más de una década, se ha transformado en un tema de discusión al interior de las iglesias que negocian los términos de esa influencia. Un entrevistado de una iglesia evangélica (Roberto, 40 años, docente, octubre de 2018, en su casa), nos refería que este vivir “pali pali” (rápido rápido) y el temor a perder un puesto de trabajo llevaba a los jóvenes a no concurrir a los ritos mortuorios de sus familias, por ejemplo. Asimismo, una entrevistada de otra iglesia evangélica (Eva, 25 años, estudiante, enero de 2019, en un bar) nos señalaba que, frente a la flexibilización de prácticas sociales de los jóvenes (tanto en la sociedad de origen como en la de destino), su institución había decidido ser un espacio de encuentro para los que quisieran tener una vida más arraigada a los valores tradicionales. Otra entrevistada, nos narraba con asombro, que en cuando estaba de visita en Corea, concurrió con su padre al velorio de un amigo, y el proceso estaba realizado por una empresa (catering, servicio, organización), lo cual los desconcertó profundamente, ya que como veremos, la presencia familiar en este proceso, no se discutía (Lucía, empresaria, 40 años, agosto de 2018, en su oficina). Asimismo, todos cuentan que cuando viajan a la península, visitan los cementerios donde están sus familiares.
  1. 6 De acuerdo a Facebook posee una sucursal en las inmediaciones del camino a La Plata, que no hemos podido visitar ni conseguir otra información como consecuencia de la ASPO.
  1. 7“Adoptando estas tierras tan diferentes a su país que añora/ los descendientes del pueblo coreano que trabajaron el sueño del pionero durante toda su vida/duermen en paz acá, tierra de descanso eterno/ lugar de nuestras vidas que se fue edificando únicamente con la esperanza/ convertidos en estrellas de la Pampa, serán nuestros firmes protectores”. Traducción realizada por Ricardo Son (profesor de coreano y entrevistado) a quien le agradecemos.
  1. 8 La Parroquia Santuario de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, ubicada a una cuadra de la PSMC, es un edificio monumental bajo la Congregación de la Misión o misioneros vicentinos. Fundada en 1941 forma parte de la región eclesiástica que abarca a la Argentina, Paraguay y Uruguay. https://www.medallamilagrosa.org.ar/misioneros-vicentinos
  1. 9 Este joven fue el que abrió las puertas de la institución a las entrevistas. Oficia de líder de los grupos de jóvenes, con quienes se comunica alternativamente en español y coreano en un marco de informalidad, sin olvidar su rol y durante la semana es un empresario que viaja a Corea del Sur varias veces al año. Con Leo se han mantenido varias entrevistas, formales e informales, en donde siempre se ha mostrado como el “traductor” de la PSMC para con la entrevistadora.
  1. 10 Nos relataban que cada cuatro años, la personalidad del cura, su perspectiva religiosa y formación, acerca o aleja las posibilidades de apertura o clausura de la comunidad, el lugar que se le va a dar a la juventud, la posibilidad de flexibilizar cuestiones litúrgicas a fin de consolidar y aumentar la cantidad de fieles, etc. El tema del idioma mencionado de manera superficial es un aspecto de estudio para futuras investigaciones.
  1. 11 “Duelo es un término que, en nuestra cultura, suele referirse al conjunto de procesos psicológicos y psicosociales que siguen a la pérdida de una persona con la que el sujeto en duelo, el deudo estaba psicosocialmente vinculado” (Tizón, 2004, p.36).
  1. 12 También van al Cementerio el día de la Cosecha y el Año Nuevo, ambas determinadas por el calendario lunar. Cada uno de los miembros concurren a la tumba y ofrecen sus respetos.
  1. 13 Es un modismo para expresar que no está prohibida.