Hacia una ontología y epistemología de lo social centrada en la intervención social: Sujetos, prácticas, relaciones y espacios sociales

Towards an ontology and epistemology of the social centered on social intervention: Subjects, practices, relationships, and social spaces

Fecha recepción: febrero 2026 / Fecha aceptación: mayo 2026

DOI: https://doi.org/10.51188/rrts.num36.01

ISSN en línea 0719-7721 / Licencia CC BY 4.0.

RUMBOS TS, año XXI, Nº 36, 2026. pp. 11-34

Cristian Urbalejo Luna

Magíster en Trabajo Social. Profesor en la Escuela Nacional de Trabajo Social, UNAM, México.

Autor para correspondencia.
Circuito exterior S/N, Ciudad Universitaria, Alcaldía de Coyoacán, Cd. México.
Código postal: 04510.

Correo electrónicourbalejoluna@proton.me

ORCIDhttps://orcid.org/0009-0003-1590-4774

Resumen

El presente trabajo tiene como finalidad presentar una propuesta sobre la ontología y la epistemología de lo social que nos permita repensar lo que significa practicar el Trabajo Social. Al tiempo que critica algunas posiciones de algunos colegas, propone dialogar con los estudios de la ciencia y la tecnología para proponer mirar en lo social a sujetos y sujetas sociales, prácticas, relaciones y espacios sociales como forma de practicar la intervención en lo social.

Palabras clave

Ontología de lo social; epistemología de lo social; intervención social; epistemología del Trabajo Social

Abstract

The purpose of this paper is to present a proposal on the ontology and epistemology of the social that allows us to rethink what it means to practice social work. While criticizing some of the positions taken by colleagues, it proposes a dialogue with science and technology studies in order to suggest looking at social subjects, practices, relationships, and spaces as a way of practicing social intervention.

Keywords

Ontology of the social; epistemology of the social; social intervention; epistemology of Social Work

Introducción

En el segundo volumen de Prolegomena to Any Future Materialism, Johnston (2019) recupera una pregunta que se hace Hegel en su NaturPhilosophie: ¿Cómo debe constituirse el mundo para una entidad moral? Lo que Hegel cuestiona con esta pregunta, de acuerdo a Johnston, es cómo es la constitución de nuestro mundo de tal forma que da pie a subjetividades libres. Esta pregunta, aunque aparentemente alejada del tema de una ontología y una epistemología de lo social, se vuelve pertinente si le damos un giro: ¿Cómo es que está constituido lo social para entidades sociales? Pero si somos un poco más específicos no podemos contentarnos con la generalidad que la pregunta presenta. Debemos preguntarnos por la constitución de lo social en tanto una disciplina llamada Trabajo Social busca intervenir de una manera particular en los mundos creados a partir de esa ontología.

¿Qué necesidad hay de pensar ontológicamente lo social? Me parece que las discusiones que hemos hecho como gremio en torno a cuestiones sobre el objeto de estudio del Trabajo Social (Alayón, 1995; Kisnerman, 1982, 1998; Lima, 1983) avanzan dando tumbos porque no se ha explicitado de manera coherente dicha ontología del Trabajo Social, muchas veces traslapando ontologías útiles para otras disciplinas pero no propiamente para la intervención en lo social1. Sin esta reflexión, moverse a la epistemología es un movimiento arriesgado, pues en principio no sabemos exactamente qué objetos o sujetos de lo social queremos conocer y cuáles son las mejores herramientas para hacerlo. En ese sentido, mi acercamiento metodológico a este problema será poner en diálogo al Trabajo Social, aquel que hemos llamado contemporáneo, con algunas discusiones actuales en los estudios de la ciencia y la tecnología para ofrecer un panorama abierto sobre el tipo de nuevas preguntas que como gremio podemos hacernos en torno a este nudo problemático. Mi intención es desplegar algunas de las controversias y nudos problemáticos que históricamente han definido las discusiones sobre qué es el Trabajo Social y qué hace realmente, para reevaluar el tipo de preguntas que nos hacemos hoy día sobre nuestra disciplina.

Mi intención no es presentar esta propuesta como un marco fijo2 delimitado e inamovible que sirva para hacerse nuevas preguntas sobre qué es lo que hacemos como trabajadoras sociales. En ese sentido, quiero dejar abiertas las posibilidades de dialogar en torno al presente texto para plantear nuevas preguntas frente a los diferentes colapsos que estamos presenciando en el presente: colapsos geopolíticos, ambientales, de sentido, cognitivos, identitarios, de perspectivas de futuro, y un largo etc. La idea es recuperarnos también como sujetos y sujetas del Trabajo Social para situarnos en el contexto que nos ha tocado vivir.

¿Qué tipo de ontología es la ontología de lo social?

Cuando hablamos de ontología podemos quedar atrapadas en discursos filosóficos interesantes pero carentes de sentido para la intervención en lo social. Me gustaría evitar eso posicionándome primero con respecto al tipo de ontología de lo social que requerimos como practicantes del Trabajo Social, y así, evitar confusiones en torno a discusiones que para nuestro gremio se presentan como estériles. En ese sentido, este trabajo continúa con una tradición de pensamiento que puede rastrearse en los primeros debates en filosofía de la ciencia sobre aquello que entendemos como científico.

En su importante libro El cuerpo múltiple: ontología de la práctica médica, Annemarie Mol (2021) nos invita a pensar de otra manera la ontología cuando esta tiene todo que ver con las prácticas médicas. Así como Mol, nosotras podemos comenzar a delinear una perspectiva ontológica de lo social que tome en serio las prácticas de intervención social de las trabajadoras sociales y no tanto las especulaciones que podemos hacer sobre lo social. Es así que Mol define la importancia de la ontología en las primeras páginas de su libro:

Pero lo que se vuelve importante, si prestamos atención a la forma como se enactúan los objetos en las prácticas, es bastante diferente. Puesto que las enacciones son plurales, la pregunta crucial que se debe hacer acerca de ellas es cómo son coordinadas, porque en la práctica el cuerpo y sus enfermedades son más de uno, pero esto no significa que estén fragmentados en muchos. (pp. x–xi)

Mi tesis es que, en lo social, el Trabajo Social enactúa múltiples objetos a través de sus prácticas de intervención social. Y dado que esas enacciones, entendidas como formas de poner algo en acción, son plurales, hay una multiplicidad de objetos de intervención que producimos en el terreno ontológico de lo social, ya sean objetos de intervención como la violencia social, el descuido social del cuerpo, la exclusión social, el abandono social, etc. La noción de ontología de lo social debe trascender la idea de objetos de estudio y transitar más bien a priorizar el pensar diferentes objetos de intervención y cómo los enactuamos cuando intervenimos en lo social. Sin embargo, sería ingenuo pensar que el Trabajo Social, por sí solo, como disciplina, enactúa esos objetos. Más bien, hay una multiplicidad de prácticas que se coordinan para constituir esos objetos en lo social. Por eso es que al acercarnos a un espacio de intervención nos encontramos con las violencias, las exclusiones y los abandonos de manera previa a nuestra intervención en el espacio de intervención social. Lo particular es, ahora sí, cómo la coordinación de diferentes prácticas enactúa objetos particulares para la intervención, dando pie a la posibilidad de conocer esos objetos de maneras particulares, es decir, a una epistemología de lo social.

Para Mol, la pregunta central ya no es exclusivamente epistemológica, es decir, cómo representar fielmente objetos, sino cómo se manejan los objetos en la práctica. De ahí que en las discusiones que hemos tenido como gremio hemos tenido una seria dificultad en hablar de objetos de estudio, porque nuestra pregunta más bien sería: ¿qué tipo de objetos intervenimos en la práctica de intervención social? Ahí nos encontramos con una multiplicidad de prácticas de intervención que nuestras colegas alrededor del mundo practican. Algunos colegas afirman que hay muchos objetos de estudio (cfr. Bautista et al., 2025) o muchas definiciones de Trabajo Social (Alayón, 1987). Pienso que lo que han descubierto no es una multiplicidad de objetos de estudio, sino una multiplicidad de formas de intervenir en lo social, y cada una de esas maneras produce objetos en lo social que son diferentes.

A este respecto, una de las grandes disputas de la disciplina es sobre qué realmente estamos comprendiendo por lo social. Primero que nada, quisiera desmarcarme de la noción de lo social como se ha pensado desde la “Reconceptualización”, desde la perspectiva de las teorías críticas. Me parece que entender lo social principalmente como una cuestión social atravesada por la contradicción capital-trabajo deja de lado mucho de lo que es interesante en nuestras prácticas de intervención. Al mismo tiempo, parecería ser que si lo social se reduce a una cuestión social ya constituida de antemano, la noción de investigar lo social se vuelve irrelevante, pues ya hemos planteado de antemano de qué está compuesto lo social. Prefiero, siguiendo a Latour (2008), pensar a lo social como una red de asociaciones emergentes. A lo largo de este trabajo quedará más clara mi posición en torno a lo social; basta decir que acercarse a ensamblar lo social desde las asociaciones emergentes y heterogéneas que se configuran en diferentes espacios de intervención deja abierta la pregunta sobre de qué está hecho lo social en diferentes espacios, contrario a la perspectiva crítica de responder de antemano con la contradicción capital-trabajo. Latour lo explica de la siguiente manera:

Emerge la cuestión de lo social cuando los vínculos en los que uno está involucrado comienzan a desplegarse; lo social se detecta además a través de los sorprendentes movimientos de una asociación a la siguiente; esos movimientos pueden ser suspendidos o reiniciados; cuando son suspendidos prematuramente, lo social, tal como se lo concibe normalmente, aparece compuesto por participantes ya aceptados llamados “actores sociales”, que son miembros de una “sociedad”; cuando el movimiento hacia la recolección se reinicia, rastrea lo social en tanto asociaciones a través de muchas entidades no sociales que podrían convertirse en participantes más adelante; si se lo realiza sistemáticamente, este rastreo puede culminar en una definición compartida de un mundo común, lo que he llamado un colectivo; pero si no existen procedimientos para lograr que ese mundo sea común, puede ocurrir que no sea ensamblado y, por último, la mejor definición de la sociología es que se trata de la disciplina en la que los participantes explícitamente se ocupan de reensamblar lo colectivo. (p. 345)

Es así que como indica la cita anterior, lo social como fue comprendido desde la reconceptualización y por algunos colegas más contemporáneos (Carballeda, 2002; Iamamoto y Carvalho, 1984), se presenta como algo ya aceptado de antemano como una cuestión social predefinida, predeterminada para todas las practicantes del Trabajo Social. Esto deja en una especie de ceguera a nuestras colegas que no saben bien dónde intervenir, si lo social se equipara a una noción tan abstracta como lo sería la sociedad en su conjunto, parece que una práctica como lo es la práctica de intervención social carece de posibilidad material. Sin embargo, producir lo social implica más bien acercarse a lo social para comprender quiénes participan de ello, ¿qué asociaciones? ¿qué entidades? ¿qué mundo común comparten quienes están asociados colectivamente en lo social? ¿y cómo nuestras prácticas de intervención reensamblan lo social influyendo en ello a través de prácticas de intervención variadas? No es que tengamos que negar la influencia de las relaciones de producción en nuestras formas de asociarnos3 sino que no podemos reducir algún elemento, como la “cuestión social” como una totalidad aplastante que vuelva a las personas sujetas sociales en entidades determinadas por esa forma de asociación.

Tampoco suscribo la propuesta de mi colega Víctor Yáñez (2013) quien ve en el estatuto disciplinar del Trabajo Social un posicionarse desde el lenguaje, las imágenes y la textualidad como el ser-ahí de la disciplina para pensar el hacer y reconfigurarlo.4 El Trabajo Social no es centralmente discurso, sino algo que se practica cotidianamente. Me parece que pensar al Trabajo Social desde esta perspectiva crea una especie de desdoblamiento en el Trabajo Social: pues se nos presenta un Trabajo Social trascendental al que se le adjudican una multiplicidad de características ausentes de corporalidad, y entonces, se dificulta desplegar preguntas que nos inciten a dar cuenta de las prácticas sociomateriales cotidianas de las trabajadoras sociales. Podemos discutir en torno al Trabajo Social trascendente desplegado en estos ejercicios intelectuales, pero me parece más interesante preguntarnos en torno a las prácticas de intervención cotidianas de nuestras colegas.

Para poder delinear mi perspectiva sobre lo social, quisiera enfatizar la dimensión ontológica de lo social para poder dar cuenta de cómo una práctica disciplinar, llamada aquí práctica de intervención social, existe para influir en un campo llamado lo social. A este respecto, Mol (2021) afirma:

Este es el argumento de mi cuento filosófico: que la ontología no está dada en el orden de las cosas, sino que, en cambio, las ontologías se crean, se mantienen o se dejan marchitar en prácticas sociomateriales comunes y cotidianas, las prácticas médicas entre ellas. Investigar y cuestionar ontologías, por lo tanto, no es un pasatiempo filosófico anticuado que deba ser relegado a quienes escriben historia del siglo XIX. ... Todo esto, todo a la vez, todo entrelazado, todo en tensión. Si la realidad es múltiple, también es política. (p. 8)

Partir del supuesto de que hay una realidad social “objetiva”, en el sentido fuerte, que está a la espera de ser descubierta por las trabajadoras sociales, nos lleva a una epistemología que plantea que el Trabajo Social no tiene un objeto definido. Si damos un paso atrás y planteamos que, más bien, el Trabajo Social crea, mantiene y deja marchitar ontologías de lo social en prácticas sociomateriales comunes y cotidianas, entonces estas prácticas sociomateriales que nos son comunes y cotidianas como gremio son, justamente, nuestras prácticas de intervención en lo social. Esto no implica una armonía, una unidad de esa ontología de lo social, sino que hay tensiones dentro de la ontología de lo social que provocan que no siempre estemos de acuerdo con las prácticas de intervención de nuestras colegas, ni con los objetos que producen, ni con cómo se acercan a conocerlos. “Si la realidad es múltiple, también es política”, y la disputa política sobre qué es una buena intervención será algo siempre abierto y en tensión. La pregunta enmarcada en una ontología de lo social pasaría de: ¿son válidas las declaraciones que hacen las trabajadoras sociales sobre la realidad?, a: ¿cómo participan las trabajadoras sociales en lo social?

Corremos el riesgo, a partir de esta tesis, de caer en un relativismo vulgar que afirme que todo vale, que lo social puede ser cualquier cosa y que, como todo es social, al final nada termina por ser específicamente social. Esta es una idea en torno a la cual gira el libro Reensamblar lo social, de Bruno Latour (2008). Si bien no quisiera asumir todos los compromisos teóricos que requiere la teoría del actor-red, lo que sí creo importante resaltar es que la ontología de lo social centrada en la intervención social debe ser una ontología relacional de asociaciones. Eso implica que lo social no es una “cosa” que está ahí, una dimensión que sirve como aditamento a todo lo que es humano; más bien, como afirma Latour, lo social es “un movimiento muy peculiar de reasociación y reensamblado” (p. 21). En el caso del Trabajo Social, este movimiento que hacemos enactuando lo social es una reasociación y reensamblado que tiene como finalidad intervenir en esas asociaciones para lograr algo y no como un fin en sí mismo. Más adelante me enfocaré en eso, pero he aquí una distinción evidente entre quienes practican la sociología y quienes practicamos el Trabajo Social. Quienes practican la sociología reasocian y reensamblan lo social con fines distintos, pocas veces centrados en prácticas de intervención social, al menos como las practicamos como trabajadoras sociales. Es por eso que nuestra disciplina crea una ontología de lo social particular, porque esta ontología es mantenida por prácticas de intervención social.

Me parece que a partir de esta reflexión no es de sorprender que nuestra disciplina siempre haya hecho especial énfasis en los aspectos relacionales en lo social. Entonces podemos decir que constantemente estamos reensamblando lo social y produciendo ensamblajes sociales en sintonía con nuestras prácticas de intervención. No porque estos ensamblajes tengan una existencia ontológica independiente y objetiva, sino porque creamos ontologías de lo social con fines de intervención. Ruiz-Serna, en su colaboración en Humanos y más que humanos (Ruiz-Serna y Del Cairo, 2022), define a los ensamblajes de la siguiente manera:

El concepto de ensamblaje llama la atención sobre los aspectos dinámicos y las propiedades emergentes que caracterizan la convergencia o conectividad que pueden forjar entidades que poseen naturalezas disímiles. En términos llanos, los ensamblajes pueden entenderse como asociaciones que forjan entidades múltiples y heterogéneas que funcionan juntas —esto es, en relación con— durante un tiempo determinado. De allí que el ensamblaje sea una propiedad emergente esencialmente relacional en la que las partes se conectan entre sí para formar un todo cuyas propiedades constitutivas exceden las de sus componentes cuando se les considera de manera aislada o individual. (p. 18)

Los ensamblajes en lo social implican, entonces, advertir los aspectos dinámicos y las propiedades emergentes de las ontologías que producimos para intervenir, entendiendo que forjamos entidades —u objetos— que poseen naturalezas que son disímiles. Lo cual implica necesariamente que intervenir en lo social no solo implica a sujetos sociales humanos, sino los vínculos que tenemos con otras entidades, tales como objetos materiales, culturales, lingüísticos, pero también tecnologías, espacios, animales no humanos, seres vivos y no vivos y un largo etc. Si la ontología de lo social es una ontología de las asociaciones y los vínculos que son dinámicos y emergentes, el reto para el Trabajo Social, entendiendo que busca intervenir en lo social, es identificar cuáles de esas asociaciones crean situaciones sociales que son problemáticas. He aquí que de entre todas las asociaciones posibles, y ante la posibilidad de que estas sean infinitas, nuestro interés y preocupación es identificar aquellas asociaciones que constituyen una cuestión de preocupación, es decir, que son problemáticas en algún sentido para quienes participamos de ese ensamblaje —trabajadoras sociales incluidas.

Justamente este último rasgo en el que la ontología de lo social no es creada exclusivamente por las trabajadoras sociales sino que, dado que las trabajadoras sociales participan también en lo social, las prácticas sociomateriales que crean ontologías son compartidas, no exclusivas de nuestra disciplina. Esto quiere decir que las ontologías de lo social que crean las trabajadoras sociales se hacen en colectivo, pues la intervención social forma parte de una ecología de prácticas en lo social. El concepto de ecología de prácticas lo he tomado de la filósofa Isabelle Stengers (2010) quien piensa en la posibilidad de una cosmopolítica más allá de Kant: una cosmopolítica en donde nuestras prácticas humanas y no humanas coexistan sin que jerarquicemos ciertas prácticas por sobre otras. Sin embargo, como afirma Haraway, me parece que lo humano tiene una respons-habilidad particular en todo este embrollo.5

Es en esta medida que los espacios de intervención se convierten en una ecología fértil de prácticas en lo social que crean, sostienen y, a veces, dejan marchitar ciertas ontologías de lo social. La práctica de intervención social se convierte en una más, de entre una ecología de prácticas, que crean lo social; y es en ese terreno en el que se crean multiplicidad de asociaciones y ensamblajes que pueden ser problematizados e intervenidos de maneras múltiples.

Me parece que en esa medida es importante descentrar lo científico de nuestras prácticas de intervención social. He aquí el énfasis: descentrar, no eliminar. Descentrar lo científico de nuestras prácticas de intervención social implica reconocer que en esa ecología de prácticas hay muchas prácticas que participan en la creación y recreación de lo social. Que nuestras prácticas de intervención no tienen el monopolio de esa creación y mantenimiento de las ontologías en las que participamos como trabajadoras sociales. Lo normativamente científico suele priorizar a la práctica científica jerárquicamente por sobre otro tipo de prácticas, lo cual me parece que en términos de intervención social, esto es un error. Normar lo social desde el discurso y la práctica científica implica correr el riesgo del colapso de mundos sociales, y si bien estos mundos contienen situaciones sociales problemáticas, construir cambio no debería implicar colapsar los mundos de las personas sujetas sociales que participan de la intervención. En esa medida intervenir puede tener dos sentidos: colapsar mundos violentamente como portavoces de la ciencia social que dicta y norma lo que es mejor para los mundos a través de prácticas científicas que están jerárquicamente instaladas en lo social; o intervenir es coordinar una serie de prácticas de tal forma que posibilitemos la creación de nuevas asociaciones para hacer habitable lo social para la mayor cantidad de entidades que participan de ese mundo. En ambos escenarios intervenimos, pero no toda intervención tiene que colapsar mundos.

Es así que pensar en términos de una ontología de lo social supone un reto ético-político. Una ecología de prácticas implica que no hay un centro, una coordinación inamovible, del rumbo que esa ecología va tomando. Tampoco están claramente delimitadas todas las posibilidades en las que lo social puede cambiar, qué nuevas asociaciones van a desplegarse y qué objetos sin fronteras claras se nos harán visibles en el proceso mismo de la intervención. Nuestra ética-política es, entonces, apostar por devenir-con los mundos en los que estamos interviniendo. Ruiz-Serna y Del Cairo (2022) lo explican de la siguiente manera:

Pensar en términos de relaciones significa darles preeminencia a eventos y a procesos dinámicos en constante despliegue. Pensar en términos de sustancias implica una prevalencia de las entidades y actuar en un mundo cuya materia prima son objetos fijos con fronteras más bien discretas. No obstante, es una trampa tratar de determinar si son las entidades las que subordinan las relaciones o si, en cambio, estas subordinan a las primeras. Más bien habría que aproximarse a relaciones y sustancias en términos de reciprocidad constitutiva, es decir, asumir que ambas están ontológicamente co-constituidas. (p. 33)

El reto de pensar una ontología de lo social que contenga una ecología de prácticas en donde la intervención social y lo científico no sean el centro, sino múltiples prácticas que sostienen a lo social y vinculan a diferentes entidades heterogéneas, se encuentra también con el reto de que las fronteras entre objetos, asociaciones, vínculos y ensamblajes estén siempre abiertas. ¿Cómo hablar de objetos de estudio bajo estas condiciones? Y es justo por ello que enfocarnos en objetos de intervención, que en la práctica de intervención misma despliegan su dinamismo y sus fronteras discretas, es más útil para pensar lo que implica practicar la intervención en lo social.

¿Qué tipo de epistemología de lo social?

Si bien por la propia naturaleza de un texto académico debo presentar mis argumentos en cierto orden, quiero aclarar desde ahora que la ontología de lo social y la epistemología de lo social como yo las pienso, son co-constitutivas la una de la otra. Es decir, que cuando una trabajadora social está interviniendo una situación social problemática no inicia enactuando una ontología de lo social, y una vez terminado ese momento, pasa a una epistemología de lo social. Lo co-constitutivo implica que ambos procesos están sucediéndose en paralelo, de manera entrelazada.

Aclarado lo anterior, ¿cómo es una epistemología de lo social? Y aquí el argumento es que toda esa red de asociaciones y ensamblajes de lo social debe ser problematizada de alguna forma; de lo contrario, ¿qué sentido tendría intervenir donde no hay una preocupación por hacerlo? Gran parte de esta sección le debe mucho a la propuesta de la teoría del actor-red de Bruno Latour (2008), y aunque no asumo por completo todas las implicaciones de esa teoría, sépase que muchos elementos aquí contenidos abrevan de las reflexiones de este autor.

Para ello quisiera enfatizar en lo que no sería una epistemología de lo social adecuada: por un lado, una epistemología de lo social no adecuada para la intervención sería una que esté centrada en explicar diferentes tradiciones de pensamiento en las ciencias sociales desvinculadas de las prácticas de intervención y las ontologías de lo social que produce el trabajo social en el proceso de la intervención misma. Ejemplos hay en nuestro gremio de este tipo de enfoque, por ejemplo, los dos tomos de Epistemología y Trabajo Social (Castro et al., 2013, 2014) centrados en explicar por qué ciertas teorías sociales informan mejor una explicación sobre cómo piensan las trabajadoras sociales lo social o Trabajo Social: enfoques históricos y filosóficos (Chávez y Hernández, 2025) centrados en la influencia de lo canónico de las ciencias sociales en el Trabajo Social o la importancia de dotar de cientificidad al Trabajo Social6. Pienso que estos enfoques son insuficientes para pensar en una epistemología de lo social.

Y es que hay todo un diálogo del que nos hemos perdido las trabajadoras sociales que puede ser fértil para repensar y trascender la noción de objeto de estudio. Fleck (1986), en su libro La génesis y el desarrollo de un hecho científico: introducción a la teoría del estilo de pensamiento y del colectivo de pensamiento, nos presenta un panorama que puede ser contraintuitivo, y esto es, la cuestión de que los hechos científicos son producidos y no son hechos desnudos y neutrales, ni siquiera en lo que llamamos las ciencias naturales. Si seguimos esta tesis, nos es difícil aceptar la idea de que los supuestos objetos de estudio del Trabajo Social están ahí esperando ser descubiertos por las trabajadoras sociales. Es más, los trabajos sobre la epistemología del Trabajo Social antes citados suelen partir de la idea de que hay objetos de lo social esperando a ser estudiados por las trabajadoras sociales, cuando en realidad los objetos de lo social se hacen en las asociaciones que propicia la práctica de intervención social misma. La violencia social es un objeto que se va haciendo en tanto que hay una sujeta trabajadora social que va ensamblando toda una serie de asociaciones, vínculos entre objetos y sujetos sociales.

Dicho lo anterior, la pregunta sería más bien cómo conocemos y problematizamos esos ensamblajes de lo social que enactuamos constantemente en nuestras prácticas de intervención. A este respecto una de las herramientas epistémicas (Urbalejo Luna, 2024) que tenemos para dar ese salto es lo que Tello (2015) llama la situación-problema. La situación-problema es un tipo de ensamblaje social muy específico que nos permite situar toda una serie de asociaciones, pero con la particularidad de que se problematizan en función de la necesidad de intervenir en ella. Lo que es problemático no es un objeto en sí, sino un ensamblaje particular en el que están asociados tanto sujetos y sujetas sociales como elementos contextuales y problemáticas sociales.7

Y esto es principalmente porque, como afirman algunos autores y autoras que reflexionan en torno a la ontología política en antropología (Blaser, 2013; Kohn, 2015; Mol, 1999; Ruiz-Serna, 2017), la producción de mundos y realidades envuelve primordialmente prácticas y acciones, y no solamente representaciones o enunciaciones. Por eso es que un discurso centrado en teorías sociales falla en dar cuenta de cómo se practica la intervención de manera más completa. Los ensamblajes sociales y los mundos en los que intervenimos son puestos en acción; se mantienen no solo con prácticas lingüísticas, sino con prácticas de todo tipo. Como diría Wittgenstein (2017), el lenguaje está anclado necesariamente a formas de vida, las cuales son practicadas cotidianamente por las personas sujetas practicantes de dicho lenguaje. Y para anclarlo a nuestra disciplina, diríamos que no basta pensar en términos del lenguaje para dar cuenta de la variedad de prácticas en las que están involucradas las personas sujetas sociales que participan de nuestras intervenciones sociales, dado que el lenguaje habla más bien de una forma de vida enraizada en prácticas sociomateriales cotidianas.

Ruiz-Serna me da algunas claves para pensar esto con mayor profundidad:

Las dificultades de asir en una misma idea forma y contenido, esencias y manifestaciones, cuerpos y trayectorias, se ven reflejadas también en la búsqueda de fórmulas verbales para referirse a ámbitos de la experiencia humana que no están separados (i. e., sentir-pensar, mente-cuerpo o naturaleza-cultura). No obstante, el límite no es solo lingüístico, también es epistémico, cuando reconocemos las dificultades que experimentamos para reconocer las continuidades co-constitutivas entre esos dominios, y es ontológico, cuando la configuración de ciertas materialidades resulta inasible para la capacidad de quien las busca comprender... (p. 34).

Es decir, que nuestra ontología de lo social contiene elementos que son tan heterogéneos, que nuestra epistemología siempre tendrá el reto de reconocer las continuidades —y discontinuidades, agregaría yo— en los mundos en los que intervenimos. Problematizar lo social implica reconocer que no podemos problematizarlo todo al mismo tiempo.8 Hacerlo solo nos llevaría a atorarnos en procesos en donde hacemos de todo un poco, sin lograr un cambio social concreto que manifieste nuevas asociaciones y que desarticule situaciones sociales problemáticas.

Y más adelante Ruiz-Serna continúa:

Así, mundos o realidades son enactuadas, es decir, traídas a vida y propagadas, no porque la gente crea en algo y actúe de manera consecuente con esas creencias, sino porque al ejecutar ciertas acciones o propiciar ciertas relaciones se da forma a ciertas existencias y se hacen presentes diferentes posibilidades de ser en el mundo. (p. 34)

Por eso es tan importante comprender que dado que “se hacen presentes diferentes posibilidades de ser en el mundo”, hay algunas de estas posibilidades que hacen presentes situaciones sociales problemáticas. Comprender qué hay de problemático en esas formas de ser en el mundo, y específicamente en lo social, es la tarea de la epistemología de lo social que estaría en sintonía con la intervención social como práctica central del Trabajo Social. El foco en lo relacional y la ecología de prácticas implica entender que las situaciones sociales problemáticas en lo social son disputas entre prácticas que dan lugar a estas mismas situaciones. Para que nuestras prácticas de intervención social puedan abrir la situación hacia horizontes sociales de cambio, es importante explicar y comprender por qué esta situación es problemática en primer lugar para quienes participan de esa situación, incluyendo a las trabajadoras sociales.

Muchas colegas han visto en la epistemología centrada en teorías una forma de legitimar a nuestra disciplina frente a la mirada observante y siempre juzgadora de otras disciplinas de las ciencias sociales y las humanidades. ¿Pero qué es lo que nos legitima como disciplina? ¿Nuestras maneras de conocer el mundo? ¿La fidelidad de nuestras representaciones sobre aquello que llamamos lo social? Pienso con Savransky (2016) que lo importante es pensar desde la relevancia. ¿Cómo es que nuestra intervención en lo social se vuelve relevante? Me parece que la pregunta que une a la relevancia con la epistemología de lo social es encontrar esas cuestiones de preocupación comunes. ¿Qué nos preocupa de lo social a las personas que participamos de la situación social problemática? Y si esa preocupación no es común, ¿podemos hacer que otras y otros se preocupen? En esa medida la legitimidad de nuestras prácticas de intervención no deberíamos ponerla en lo que otras disciplinas puedan decir sobre nuestro ser en el mundo como trabajadoras sociales, sino que la legitimidad debe estar dada por la capacidad de que nuestras prácticas de intervención social sean relevantes en lo social.

Con base en lo anterior, conocer y problematizar lo social delimitándolo en situaciones sociales problemáticas debe implicar un conocer-con otros y otras, problematizar-con otros y otras. Si de lo que se acusa al Trabajo Social es su falta de rigor epistemológico en contraste con otras disciplinas como la sociología, la psicología, la economía, etc., me parece que lo que debemos hacer es revalorar si en nuestras prioridades está que nuestras prácticas de intervención sean relevantes en lo social o ser portavoces fieles de la ciencia social que todavía piensa la práctica científica en torno a representaciones fieles de una realidad dura y objetiva. En esa medida, hacer teoría se convierte en una práctica que conforma una red de prácticas que dan forma a lo que hoy llamamos la práctica de intervención social. Hacer teoría se convierte en una forma de pensar-con las situaciones sociales problemáticas, no solo con sujetos y sujetas sociales, sino también con las tradiciones de pensamiento de las que somos herederas, especialmente en América Latina.

A este respecto pienso cómo podemos seguir desarrollando esa sensibilidad que en ocasiones apagamos frente al apabullamiento que sentimos de la mirada de otras disciplinas para pensar las situaciones sociales problemáticas con una multiplicidad de seres involucrados en esas situaciones. A manera de ejemplo, recuerdo una anécdota que me contó mi colega Claudia Pastrana en el área de cuidados paliativos del hospital en donde ella labora. Un paciente con un cuadro diabético muy avanzado estaba próximo a fallecer. El cuerpo médico prohibía tajantemente, dada la situación, cualquier consumo de azúcar. Mi colega Claudia decidió, frente a la petición explícita del paciente, si era posible que su familia trajera atole para compartir. Claudia accedió sabiendo que, frente a la situación social problemática presente, era más importante producir un ensamblaje social en donde lo social cuidara del paciente en sus últimos días de vida. El azúcar, como un elemento heterogéneo de este ensamblaje —heterogéneo porque es un mineral, es un compuesto químico, pero también es placer, es enfermedad— produjo en torno a sí, junto con otros elementos, una dinámica relacional familiar gozosa para el paciente. De este tipo de sensibilidad estoy hablando. Claudia decidió que en ese momento no era el momento de ser una portavoz fiel de la ciencia que con su objetividad desproporcionada prescribe cero azúcar, y prefirió responsabilizarse y optar por lo social frente a lo que ella juzgó como más relevante.

Aquello que debería ser objeto de nuestro análisis de lo social es justamente dar cuenta de todos los elementos, los esfuerzos y las asociaciones que se requieren mantener para que una situación social problemática siga existiendo. Cuántos elementos de lo social tienen que mantenerse asociados, y de qué manera es que logran mantenerse asociados en un espacio tan dinámico y emergente como lo es lo social. Cuántos recursos materiales y no materiales tienen que desplegarse, por ejemplo, para mantener procesos de exclusión social prolongados en una sociedad a tal punto que ciertos sujetos sociales estén dispuestos a asesinar a otros sin sentir algún tipo de remordimiento. Eso es lo realmente sorprendente de lo social y lo que debe ser objeto de nuestro análisis.

Ante el dinamismo de lo social y su constante emergencia hay cosas que se mantienen estables dentro de una historicidad. Cómo rastrear en el tiempo lo que ha estabilizado ciertos ensamblajes de lo social, pero sobre todo, aquellos que son problemáticos en tanto hacen inhabitable lo social para ciertos sujetos y sujetas sociales. Me parece que ese debe ser el enfoque de una epistemología de lo social centrada en nuestras prácticas de intervención. De esa manera, entonces, queda claro que nuestras prácticas de intervención estarían enfocadas en comprender cómo disolver aquellos elementos que hacen problemáticas ciertas asociaciones de lo social, con todo el esfuerzo que requiere de las trabajadoras sociales: el despliegue de instrumentos, herramientas, técnicas, formas de organización de lo social, diagnósticos sociales, construcciones conceptuales de cambio, estrategias, modelos.

Pasar entonces de un objeto de estudio que suele ser fijo, delimitado, transparente entra en contradicción con lo social mismo y sus asociaciones relacionales dinámicas y emergentes. En cambio, la transición de objeto de estudio a objeto de intervención advierte que nuestros esfuerzos analíticos van sobre un objeto que habita lo social y que es dinámico, emergente, opaco. Nuestra capacidad como trabajadoras sociales de permitir que ese objeto despliegue su propia complejidad en un diagnóstico social integral depende del éxito de nuestras intervenciones y su relevancia. Ese despliegue dinámico de la situación social problemática puesta en un diagnóstico social se parece más a fijar ciertas coordenadas en lo social que nos permitan identificar trazos y procesos sociales que han mantenido en el plano histórico ciertas situaciones sociales problemáticas, con todos los recursos y esfuerzos que ello implica más que a definir y enmarcar un objeto de estudio sólido y estéril.

Sujetos, prácticas, relaciones y espacios sociales

Si bien los ensamblajes producidos en nuestras prácticas de intervención social son heterogéneos y emergentes, me parece que hay algunos elementos importantes que nos llevan a constituir prácticas de intervención social que son relevantes en el sentido que he hecho explícito en la sección anterior, aquello que Latour llama “rastros”. Gran parte de la presente sección se la debo a la propuesta de Tello y Ornelas (2015) para acercarse a lo que ellas llaman “estrategias de intervención”.

Primeramente está la pregunta sobre qué es lo que nos constituye como sujetos y sujetas sociales en lo social. Qué es lo que en la ontología de lo social se vuelve particularmente interesante para constituirnos como sujetos y sujetas sociales. Cómo es que devenimos sujetos y sujetas sociales con lo social. Esa es la primera aproximación que quisiera hacer. Y lo que hay que aclarar primeramente es que la ontología de lo social y las personas sujetas sociales que participan de esta también se co-constituyen a través de las prácticas sociomateriales cotidianas que entretejen lo social. De alguna forma estamos sujetados y sujetadas a lo social. ¿Pero de qué manera particularmente interesante? En esta sección quisiera proponer que una forma de intervenir en lo social es tomando en cuenta a las personas sujetas sociales, las prácticas sociomateriales en las que están inscritas, el tipo de relaciones o vínculos que configuran y la manera de habitar sus espacios sociales. La manera de preguntarnos por la intervención es dar cuenta de cómo estos elementos configuran situaciones sociales problemáticas particulares: violencias, exclusiones, individualismos, autoritarismos, dominación, etc.

Propongo estos elementos como básicos de la intervención en lo social, pero me parece que no eximen a las trabajadoras sociales de buscar otro tipo de asociaciones en lo social entre cosas que pueden ser particularmente interesantes. La noción de cómo los objetos, la técnica, la naturaleza y el mundo más que humano juegan en el ensamblaje de lo social me parece que hace más interesante la forma en la que se puede intervenir. Dicho lo anterior, me gustaría decir algunas cosas con respecto a estos elementos.

Me parece que la ontología de lo social, al ser dinámica, emergente y relacional crea lo que Donna Haraway (2019) llama seres tentaculares. Ella los define como:

Los seres tentaculares crean sujeciones y separaciones, cortes y nudos; crean una diferencia; tejen senderos y consecuencias, pero no determinismos; son abiertos y a la vez anudados, de algunas maneras y no otras. (p. 61)

Apoyado en Haraway, lo que podemos decir sobre lo que implica devenir sujeto y sujeta social para la intervención social, es, en primer lugar, estar materialmente asociado de manera relacional con otros seres. Estas asociaciones crean sujeciones. Es así que estar sujeto socialmente a algo que llamamos “familia” implica que esta asociación que tenemos con otros humanos y humanas crea una sujeción relacional que nos inserta en dinámicas concretas de formas de vida compartidas. De igual manera, podemos crear fuertes sujeciones con la “masculinidad” de las que nos es difícil des-sujetarnos de manera problemática. Pero como toda asociación relacional existen tensiones que así como nos sujetan nos separan. Hay en esta tensión sujeción-separación la condición de posibilidad de la emergencia de situaciones sociales problemáticas. Esta tensión crea procesos: a manera de ejemplo, la exclusión social es una tensión entre la separación deliberada de sujetos sociales de otros sujetos sociales, mientras que la inclusión social es una tentativa de asociar y vincular a sujetos y sujetas sociales para rearticular situaciones de tal manera que ya no se presenten como problemáticas.

Ser sujeto social en una ontología de lo social implica que creamos cortes y nudos. Nudos problemáticos de los que no tenemos mucha claridad de cómo desapegarnos. Nuestra incapacidad, por ejemplo, de relacionarnos con sujetos que consideramos otredad nos lleva a procesos relacionales de exclusión, abandono, marginalización, y un largo etc. Nuestras situaciones se vuelven problemáticas frente a nudos que hacen inhabitable lo social para algunas personas sujetas sociales. Pero como practicantes del Trabajo Social también hemos de reconocer la posibilidad de cortes, de separaciones, de rupturas con respecto a situaciones sociales problemáticas. Devenir sujetas sociales implica la posibilidad de hacer cortes en las situaciones actuales para crear nuevas asociaciones relacionales que permitan hacer habitable lo social para la mayor cantidad de seres.

En esa medida es que somos capaces de crear diferencia. Crear diferencia significa que tenemos la capacidad como sujetos y sujetas sociales de crear situaciones sociales diferentes a la presente. No estamos destinadas a las circunstancias en las que nos encontramos. Somos capaces de entretejer lo diferente en el presente para hacer futuro. En esa medida es que, a mi juicio, una práctica de intervención social busca coordinar otras prácticas para entretejer lo diferente. Si nuestra ontología de lo social es heterogénea y emergente, aprovechamos esa emergencia para crear lo inédito, lo diferente, lo posible, lo siempre más allá del presente, para lograr un cambio social que haga habitable lo social para quienes participan de la situación social problemática.

De esta manera es que devenir sujeto y sujeta en lo social es tejer senderos y consecuencias de manera colectiva. Tejer senderos implica que nuestras prácticas crean formas particulares, metodológicas, si se quiere, pero más allá de eso, para cambiar lo social y crear lo diferente, crear un cambio social que sea relevante para quienes participan de la situación social problemática. Pero tejer un sendero, tejer un futuro particular, significa que también estamos dispuestas a aceptar sus consecuencias. Devenir sujeto social implica hacerse responsable de las consecuencias que implica tejer senderos particulares en detrimento de otros. A manera de ejemplo, tejer un sendero colectivo tiene consecuencias: nos saca de la comodidad habitual de ser sujetos esperando que otros construyan sendero por nosotras, llámese Estado o política pública. Tejer autonomía puede ser incómodo, pero también implica consecuencias como asumir nuestra capacidad de crear futuros deseables en lo social. De esto se sigue que devenir sujetos en lo social es aceptar que no hay determinismo en nuestra ontología de lo social, sino todo lo contrario: una constante indeterminación que nos pone en tensión con nuestra capacidad de recrear lo social.

Devenir sujeto y sujeta social es, entonces, un proyecto siempre abierto. Siempre podríamos ser diferentes, asociarnos y relacionarnos de manera diferente, tejer otros senderos, crear otras diferencias. Las prácticas de intervención social facilitan ese proyecto, tratan de darle claridad y delimitación sin ser limitantes, coordinan prácticas, relaciones, espacios y sujetos para articular situaciones sociales que ya no sean problemáticas, o que sean problemáticas de otras formas, para hacer habitable lo social.

Ser persona sujeta en lo social es estar co-constituida con otras personas a través de prácticas. Nuestras prácticas sociomateriales crean ontología y, con ello, también crean formas de vida en lo social. Nuestras prácticas importan en lo social porque mantienen ciertas formas relacionales y no otras. Nos involucran con la materialidad de nuestros mundos de maneras muy diversas. Así como hablar de prácticas de intervención es importante, a mi parecer, también lo es implicarnos en la actividad de nombrar otro tipo de prácticas que forman parte de nuestro tejer senderos colectivos. Hablar de exclusión social no puede ser un ejercicio epistémicamente relevante para la intervención social si no damos cuenta de cuáles son esas prácticas concretas de exclusión social en las que están involucradas las personas sujetas sociales que participan de la situación social problemática. ¿Qué prácticas les dan materialidad a la exclusión, la dominación, la violencia, el abandono, la indiferencia, el individualismo, etc.? Una epistemología de lo social debe permitirnos identificar con cierto nivel de claridad qué prácticas de individualismo constituyen las situaciones sociales problemáticas en las que pretendemos intervenir, y así con otro tipo de prácticas.

Intervenir en lo social nos lleva a involucrarnos en otro tipo de prácticas que no sean problemáticas. Para usar el vocabulario de Haraway podríamos decir que nuestras prácticas de intervención social son la posibilidad de sembrar y compostar prácticas que apunten a un futuro diferente al actual. ¿Cómo sembrar prácticas de inclusión, de horizontalidad, de aceptación, de involucramiento, de colectividad en lo social? Es necesario compostar aquellas prácticas que constituyen situaciones sociales problemáticas. Encontrar la posibilidad de discontinuidad en la continuidad de lo social no es ya un mero ejercicio epistémico-reflexivo para quienes somos practicantes del Trabajo Social: la discontinuidad en la continuidad está en nuestra capacidad de sembrar y compostar prácticas.

Y son estas mismas prácticas las que nos asocian en relaciones en lo social. Nuestras prácticas crean hábitos relacionales que se enraízan en lo social de manera problemática. Aprender formas relacionales diferentes es una de las condiciones de posibilidad para tejer senderos colectivos. Quisiera regresar al ejemplo tan sugerente de mi colega Claudia con respecto al paciente con diabetes avanzada. Una ontología de lo social aceptaría entonces lo central que un objeto como el azúcar es en los hábitos relacionales entre sujetos sociales, lo cual deriva en prácticas de descuido del propio cuerpo. Este descuido del cuerpo está asociado con otro tipo de procesos que impiden el cuidado del cuerpo. ¿Cómo se ha descuidado lo relacional? Por un lado, reconocemos la relación de las familias con el azúcar como una especie de elemento mediador en la convivencia familiar. Es necesario formar nuevas asociaciones. Cómo relacionarnos de manera diferente con el azúcar sin perder lo que más nos importa de lo social: la cohesión social de la familia. Las prácticas cohesivas en la familia no deben estar peleadas con prácticas de cuidado del cuerpo. El reto de las prácticas de intervención para quienes laboran en el sector salud es crear nuevas asociaciones, sembrar prácticas diferentes y compostar prácticas problemáticas de tal manera que las prácticas del cuidado del cuerpo puedan ser sostenidas por lo social.

Lo central de una práctica de intervención en lo social no es limitarse a atender el tema del cuidado del cuerpo para ciertos padecimientos del cuerpo. Nuestra ontología y epistemología de lo social deben preocuparse por lo relacional. De qué manera lo social se relaciona con los padecimientos, las prácticas y nuestra manera de devenir sujetos dentro de una situación social problemática particular. Eso significa que intervenir en lo social es cambiar una situación social problemática reconociendo cómo ser sujeto en lo social está co-constituido por nuestras prácticas y formas de relación con el mundo.

Las relaciones en lo social no están dadas, por eso es importante seguir su rastro dentro de la situación social problemática. Si bien podemos hablar de violencia de género como una recurrencia en las relaciones entre sujetos y sujetas sociales, lo que queremos rastrear es, particularmente, cómo se practica esa violencia en una situación social particular. Si queremos efectivamente influir en lo social tenemos que dar cuenta de ello de la mejor manera posible para involucrar a las personas sujetas sociales en otras prácticas, otras relaciones y otros espacios. Hacer espacio significa que la materialidad de lo social cobra una importancia diferente: ya no es solo la infraestructura como materialidad inerte, sino cómo diferentes materialidades efectivamente nos hacen involucrarnos en ciertas prácticas en detrimento de otras. Quienes estudian más lo urbano podrán dar cuenta de cómo las infraestructuras influyen en lo social de maneras que ahora reconocemos más visiblemente.

Cambio social o la práctica de intervención para el futuro

A diferencia de otras disciplinas que se limitan a describir lo social, me parece que nuestra disciplina se ha caracterizado por hacerse cierto tipo de preguntas, tales como: ¿cómo influir en lo social? y ¿cómo habitar lo social? A mi juicio, estas preguntas están al centro de la emergencia de una disciplina de las ciencias sociales en el siglo pasado. Lo realmente interesante es la manera en la que la práctica de intervención social se vuelve una especie de especulación y apuesta por el futuro de lo social. Recordemos que cuando hablamos de lo social no estamos hablando del futuro de la “sociedad” o de la “cuestión social”, pues de antemano sabemos que los mundos en los que intervenimos son siempre locales, situados, emergentes y que, con sus particularidades, no nos permiten llamar a una acción colectiva de una “sociedad” entendida como la totalidad de lo social. Totalidad que además es cuestionable si tomamos en cuenta que la sociedad es fragmentada, plural, contradictoria, llena de tensiones y de direccionalidades múltiples.

En un importante trabajo reflexivo, Nathan y Stengers (2018) se cuestionan sobre la asimetría que existe entre la medicina psiquiátrica y lo que hacen los sanadores tradicionales de África. En sus conclusiones se preguntan si es posible ampliar nuestra definición de medicina de tal forma que las prácticas terapéuticas de otros mundos tengan lugar. Es así que se despliega la posibilidad de entender a la medicina como un arte de la influencia sobre lo somático; de esta manera, tanto sanadores africanos como psiquiatras occidentales entran dentro de esta categoría recientemente ampliada. Siguiendo este ejemplo, me parece que podemos comenzar a pensar al Trabajo Social como una disciplina que busca influir en lo social para hacerlo habitable para la mayor cantidad de seres. Nótese que aquí no me estoy limitando a hablar de sujetos y sujetas sociales, porque creo que quienes habitan lo social vienen siempre acompañados y acompañadas de otros seres no necesariamente humanos, tales como ancestros y ancestras, o en algunos mundos ríos, piedras y bosques.

La propuesta cosmopolítica de Stengers me parece que apunta a comenzar a pensar en la posibilidad de una política cósmica, que pueda integrar mundos, y que estos mundos no estén jerarquizados de manera tan tajante como se nos ha obligado a hacer gracias a diferentes proyectos modernizadores y coloniales. Esto no es tan diferente de lo que las comunidades zapatistas propusieron públicamente desde el año 1991, lo que la nación mapuche ha demandado de los Estados-nación. En este punto corremos el peligro de regresar a un Trabajo Social centrado en la “cuestión social”: entonces nuestras prácticas de intervención social deben estar centradas en la emancipación de las personas sujetas sociales de esa totalidad llamada capital. Esto no es lo que quiero decir.

Mi argumento es más modesto: Trabajo Social es una disciplina que busca influir en lo social para construir un futuro habitable para la mayor cantidad de seres. Nuestra disciplina no es la única disciplina, ni las personas que se forman en la academia las únicas capaces de influir en lo social. Somos herederas de una tradición que viene desde Mary Richmond —quizá un poco más atrás— y que hace uso de una serie de herramientas de las ciencias sociales para lograr esa influencia. Nuestra disciplina ha sido vilipendiada por considerarse que no hemos sido buenas herederas: porque no sabemos usar bien la teoría, porque nuestras metodologías son pobres, porque no hemos logrado emancipar a la humanidad y un largo etc. Creo que esta debilidad es, en realidad, una fortaleza. Nos ha permitido estar al margen de los cánones y obligaciones impuestas por esa ciencia social. Nuestra forma particular de influir en lo social nos ha permitido aceptar una ecología de prácticas de influencia sobre lo social. Es así como el líder o la lideresa de un movimiento indígena han sido socializados por sus propios colectivos humanos, no humanos y más que humanos para influir en lo social y hacer más habitable lo social para su comunidad. Todo esto es fácilmente rastreable en los periódicos y las redes digitales. La pregunta es: ¿cómo influimos en lo social de maneras particulares? ¿Qué prácticas son necesarias para hacerlo? O, dicho de otro modo: ¿qué prácticas son capaces de influir en lo social de manera que estamos haciendo un futuro más habitable para nuestros colectivos humanos y no humanos?

La pregunta por el objeto de estudio pierde sentido, toda vez que los objetos de estudio se convierten en fotografías fijas de interacciones que están siempre en movimiento. Si fuésemos portavoces fieles de las ciencias sociales esto sería, tal vez, un fracaso de nuestra disciplina. A mi parecer, nuestro compromiso como disciplina está en lo social, y por tanto, en el futuro de los mundos vivos dentro de lo social. No se trata de elegir un objeto de estudio para delinearlo con la mayor precisión posible y siempre en referencia a una larga tradición de las ciencias sociales. Se trata de pensar qué prácticas de intervención influyen en lo social para hacerlo habitable. El futuro se está haciendo. Lo social se está haciendo, con o sin nuestra influencia. Creo, sin embargo, que hay algo valioso en la manera en la que históricamente se han configurado múltiples prácticas de intervención social que han logrado influir de manera positiva en los mundos vivos de lo social. Y de manera inversa: nuestras colegas han aprendido prácticas de influencia en lo social que no tienen una tradición dentro de la academia, sino de los colectivos que habitan lo social y que buscan hacerlo más habitable, no solo para sus colectivos, sino para algo tan ambiguo como lo que llamamos humanidad.

No es necesario apostar por la transformación social de lo social como totalidad, pensando ingenuamente que lo social es un todo plano, uniforme, totalmente transparente para el lenguaje y sus representaciones. La apuesta, y la dificultad de practicar el Trabajo Social, radica más bien en lo difuso, opaco, múltiple, contradictorio, fragmentado, que es eso que llamamos lo social y que configura una ontología y epistemología particular cuando se enactúa a través de prácticas de intervención social. Lo social no pertenece a una ontología y una epistemología iguales a las de quien habita lo social desde otras prácticas. Esto puede aplicarse a las trabajadoras sociales que habitan lo social cuando no están performando el ser trabajadoras sociales: cuando vuelven con sus familias, van a la iglesia, a pagar impuestos, a un restaurante. Lo social se vuelve una cosa diferente, se habita de manera diferente porque nuestras prácticas ya son otras.

Lo que está en disputa es el futuro. Nuestra disciplina ha carecido, afortunadamente, de querer detentar el monopolio de la influencia de lo social —como tal vez sí lo hicieron en el pasado muchas autodenominadas vanguardias— y es justo esta posibilidad la que ha permitido que nuestra disciplina influya en lo social con otras personas sujetas sociales. A manera de hipótesis, pienso que esto es lo que nos ha posibilitado dialogar con tanta facilidad con propuestas como la educación popular, la psicología de la liberación, la investigación-acción participativa, las propuestas antiopresivas, decoloniales, etc. Es justamente nuestra manera particular de practicar la intervención social lo que nos ha posibilitado abrirnos a ontologías y epistemologías múltiples de lo social. El futuro es múltiple, y es lo que nos ha permitido pensar en una composición de lo social común. Es tiempo de volver a mirarnos desde lo que somos, y no desde aquello en lo que aspiraríamos a convertirnos en portavoces ideales de los cánones de las ciencias sociales.

A manera de epílogo

En cierto sentido, muchas de las cosas presentadas aquí no son argumentos que no hayamos discutido en algún momento como gremio, algunas de ellas parecerían ser formas de decir cosas que otros y otras colegas ya han dicho pero con un lenguaje filosófico alejado del Trabajo Social.9 De principio acepto esta crítica. Sin embargo, mi intención es construir una nueva forma de asociar viejas discusiones de tal forma que podamos plantear nuevas preguntas. Este trabajo no tiene la intención de ser un destino, sino, tal vez, una parada en un camino cuyo destino es aún desconocido. Como el lector o la lectora habrá advertido, mi intención era poner a dialogar lo que algunas personas en Trabajo Social Contemporáneo entendemos por intervención en lo social con algunas discusiones actuales en estudios de la ciencia y la tecnología. Lo que derivó de ese diálogo es lo que ahora aquí se ha presentado. Es un encuentro entre dos tradiciones de pensamiento.

La intención del autor de este texto no es hacer que se encuentren dos tradiciones como un mero ejercicio intelectual. Es la posibilidad de involucrarnos en prácticas de intervención social que puedan dar mejor cuenta de sí mismas. Es la posibilidad de no perdernos en la indefinición sobre nuestro ser en el mundo académico y profesional. La posibilidad de afirmar que intervenir en lo social implica una ontología y una epistemología de lo social: que creamos ontologías que enactuamos constantemente, que esas ontologías están co-constituidas por nuestra forma de conocer los mundos que derivan de esa co-constitución: conocer asociaciones para ensamblar lo social de manera diferente, identificando, sembrando y compostando prácticas, relaciones y espacios sociales para devenir otro tipo de sujetos sociales capaces de hacer habitable lo social para la mayor cantidad de seres.

Mi posicionalidad no imagina un futuro para el Trabajo Social en donde busquemos fortalecer estructuras o sistemas, sino más bien tejer mundos como posibilidad de futuros habitables. Los mundos, a diferencia de las estructuras o sistemas, son opacos, inacabados, difusos, dinámicos, emergentes, impredecibles, múltiples y eso puede suponer un reto para algunas trabajadoras sociales. Entonces habrá quienes hablen más bien de modificar estructuras sociales a través del Estado y la política pública, o arremeter contra sistemas sociales que se retroalimentan y se auto-organizan. Todo esto me parece muy bien y comprendo claramente que pertenece a diferentes tradiciones dentro de nuestra disciplina. Lo que queda en duda para mí es si realmente eso es intervenir en lo social o si es algo más, si eso es practicar el Trabajo Social o es poner en práctica nuestro ser sujeto o sujeta política, más allá y no exclusivamente del Trabajo Social. Lo dejo como una pregunta abierta que pone siempre en tensión, ya desde una larga tradición política, lo que implica cambiar radicalmente lo social. Mi apuesta aquí ha sido que practicar la intervención social requiere una mirada más situacional, relacional, emergente para tejer futuros sociales posibles.

Quienes leen textos buscando conclusiones y propuestas finales y definitivas, este texto resultará insatisfactorio, pero a quienes vienen buscando sembrar y compostar preocupaciones comunes en torno a nuestra disciplina este trabajo será una posibilidad para seguir dialogando. Como dice Annemarie Mol en su propio libro (2021): “los finales abiertos no implican inmovilización” (p. 201). Es justamente esa apertura la que hace de este diálogo algo productivo, ya sea para quienes tienen algo que objetar a este texto, para quienes están parcialmente en sintonía o para quienes coinciden casi plenamente. En ese sentido, este ejercicio de escritura no tiene desperdicio.

Tampoco es mi intención que lo anteriormente escrito sea comprendido en su completitud, asumiendo que un texto puede ser comprendido en su totalidad. La no univocidad del lenguaje provoca muchas bifurcaciones en los entendimientos que tenemos; los conceptos no están fijos y danzan en la mente de quienes leen. Mi intención es que, al menos, este texto haya removido en las trabajadoras y trabajadores sociales un flujo de pensamiento que nos lleve a pensar de otras maneras lo que hacemos y las posibilidades de nuestras propias prácticas de intervención. Como afirma Gillian Beer (1990):

Ningún género puede impedir que el lector invoque otros conocimientos, otras preguntas, distintos de los que indica manifiestamente el texto. Esos otros conocimientos, esas otras preguntas, yacen latentes en los términos y las formas de la obra, a la espera del lector adecuado e inadecuado. Por lo tanto, siempre existe la posibilidad de una vacilación del significado, una armonía de significados, que rompa las limitaciones genéricas, ya sea el género de la poesía, el teatro, la novela o el artículo científico. (p. 91)

Nada de lo que haga el autor de estas líneas puede evitar que quienes leen este texto desplieguen otros conocimientos, otros sentidos y otras configuraciones de su ser trabajadoras sociales. Concedo que algunas de mis críticas a ciertos autores y autoras aquí pueden ser poco caritativas. De ser así, espero que podamos continuar dialogando para aclararnos y construirnos más desde las coincidencias que desde las diferencias. Pero lo que más deseo es que no abandonemos lo central que es acompañar siempre nuestras ideas con nuestras prácticas de intervención en un constante devenir-con una ecología de prácticas manifiesta en nuestros espacios de intervención. Si el Trabajo Social es la disciplina capaz de influir en lo social, solo espero que no olvidemos nuestro compromiso por hacer habitable lo social para la mayor cantidad de seres.

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Notas

1 Es comprensible que las discusiones sobre una epistemología del Trabajo Social estuvieran enmarcadas en las discusiones filosóficas centradas en una ciencia positiva, es decir, la necesidad de encontrar un objeto de estudio fijo, de pensar al Trabajo Social con una evolución pre-técnica hasta su etapa científica, la epistemología como un problema centrado exclusivamente en la referencia y la centralidad del lenguaje científico como claro y sin opacidad.

2 La noción de un objeto de estudio fijo e inamovible no me parece actualmente una discusión productiva. Me parece que es importante pensar en que más que trabajar con marcos muy bien delimitados, existe la posibilidad de comenzar a pensar en términos de coordenadas que apuntan a objetos que no son tan sólidos como queremos creer.

3 Un libro que me parece más sugestivo para seguir pensando sobre la influencia de la ley del valor -más allá de la noción un poco más vaga del capital- sobre el tipo de asociaciones en lo social es el de Søren Mau (2024) sobre la coacción muda del capital, es decir, cómo es que el capital nos coacciona en nuestras prácticas cotidianas por la dependencia que tenemos a la dinámica de la ley del valor para nuestra supervivencia. Lo que busca Mau es disolver la noción clásica de poder en ciencias sociales y de algunos marxistas con respecto a la influencia del capital para repensarla desde otro ángulo.

4 Es importante reconocer que hay diferentes tradiciones de pensamiento dentro del Trabajo Social. Aunque mi propuesta se contrapone a las propuestas de los y las colegas que estoy criticando eso no implica que no sean viables para otro tipo de Trabajo Social. Las implicaciones que tienen estas propuestas en la práctica del Trabajo Social cotidianamente son cuestiones que serían mejor explicadas por las mismas autoras y los mismos autores.

5 Una de las críticas que se han hecho a la teoría actor-red y a los nuevos materialismos (Coole y Frost, 2010) es sobre las relaciones de poder y la distribución de la agencia en lo social o en la materia vitalista. Mi posición es que independientemente de si la materia está imbuida de agencia y vitalismo, esto no nos exime de la necesidad de replantear constantemente nuestro lugar en el mundo y el nivel de responsabilidad que tenemos en contraste con otro tipo de seres.

6 Creo que seguir el proyecto de convertir al Trabajo Social en una ciencia es un proyecto al que no debemos dar mucha atención. Me parece que lo que urge es entender qué implicaría descentrar lo científico de la ecología de prácticas de influencia de lo social -lo cual se explica más adelante- en lugar de buscar legitimarnos como una ciencia y perder la capacidad de salirnos de los cánones clásicos de la ciencia social, proyecto que me parece más interesante.

7 La noción de “necesidades y problemas sociales” me parece insuficiente para comprender qué es lo que hace el Trabajo Social. Podríamos decir que hay una necesidad social de conectar infraestructuras de redes de agua potable en un pueblo pequeño. La problemática social es que esa red no está bien conectada o que tiene fallos importantes. Desde la noción de necesidad y problema social no queda muy claro qué lugar ocupa el Trabajo Social en esta situación. Las necesidades y problemas sociales son una cuestión de interés para todos los actores dentro de lo social. La noción de situación social problema me parece que nos ancla mejor a pensar que hay algo en lo social que es problemático y que crea una situación inserta dentro del ensamblaje social de lo cual todos las personas sujetas sociales que participan de esa situación somos responsables en diferentes grados, tal vez, pero nos involucra a todas. En ese sentido, Trabajo Social con sus prácticas de intervención coordina lo social para involucrarnos en desarticular esas situaciones.

8 Justamente el problema de no pensar en una ontología de lo social nos pone en la dificultosa situación de afirmar que como todo es social, todo es potencialmente intervenible por el Trabajo Social, lo que es lo mismo que decir, no sabemos exactamente qué hacer en lo social. Es lo mismo que caricaturizar a las ciencias sociales como respondiendo a cualquier situación social aludiendo a que “depende del contexto”. Lo social termina por ser un término vacío que no nos da coordenadas para saber qué es practicar el Trabajo Social.

9 Algunas coincidencias podrían incluir el texto de Matus (1999) por pensar polifónicamente al Trabajo Social, es decir, recuperar la multiplicidad. Las reflexiones posthumanistas de Hozven Valenzuela y colegas en cuanto a incluir lo no-humano en una ontología y epistemología de lo social (Hozven Valenzuela et al., 2025).