“La columna vertebral de nuestra familia”: Matrisocialidad y violencia económica y patrimonial en la migración venezolana en Buenos Aires

“The backbone of our family”: Matrisociality and Economic and Patrimonial Violence in Venezuelan Migration in Buenos Aires


Recepción: 18 de agosto de 2025 / Aceptación: 30 de abril de 2026

Maryoly Ibarra1

Carla Pacheco2

DOI: https://doi.org/10.54255/lim.vol15.num30.4
Liminales. Escritos sobre psicología y sociedad.
Vol XV. N° 30. Agosto 2026. pp. 97-127.
Licencia CC BY 4.0.

Resumen

El artículo analiza la relación entre la estructura matrisocial, que sitúa a la madre en el centro de la vida familiar y social, y las dinámicas de violencia económica y patrimonial que pueden enfrentar las mujeres migrantes venezolanas en Buenos Aires. A partir de una etnografía colaborativa realizada en espacios de salud mental y atención psicosocial dirigidos a personas migrantes y refugiadas venezolanas en Argentina, y de quince entrevistas en profundidad a mujeres migrantes venezolanas residentes en el Área Metropolitana de Buenos Aires entre 2015 y 2024, se explora cómo la organización familiar matrisocial incide en la reconfiguración de vínculos afectivos y económicos en el contexto migratorio. En este marco, se observa que el desplazamiento no implica una ruptura total con los marcos psicológicos y socioculturales de origen, sino que estos persisten, se tensionan y dialogan con discursos locales sobre el feminismo y las violencias por motivos de género. Dichas interacciones permiten, en algunos casos, reconocer e identificar prácticas de violencia económica y patrimonial que afectan la autonomía financiera de las mujeres migrantes.

Palabras clave: migración venezolana; género; matrisocialidad; violencia económica; familia

Abstract

This article analyzes the relationship between the matrisocial structure, which places the mother at the center of family and social life, and the dynamics of economic and patrimonial violence that Venezuelan migrant women may face in Buenos Aires. Drawing on collaborative ethnographic work conducted in mental health and psychosocial support (MHPSS) settings serving Venezuelan migrants and refugees in Argentina, and on fifteen in-depth interviews with Venezuelan migrant women residing in the Buenos Aires Metropolitan Area between 2015 and 2024, the study explores how matrisocial family organization influences the reconfiguration of affective ties and economic relations in the migratory context. Consequently, it is observed that displacement does not imply a total break with the psychological and sociocultural frameworks of origin, but rather that these persist, become strained, and engage in dialogue with local discourses on feminism and gender-based violence. These interactions, in some cases, enable the recognition and identification of economic and patrimonial violence, including the control or exploitation of financial resources and property, which undermines migrant women’s financial autonomy.

Keywords: Venezuelan migration; gender; matrisociality; economic violence; family

Introducción3

Una pregunta clásica en los estudios sobre la familia venezolana es “¿dónde encontrar con un mínimo de precisión a la familia real?” (Moreno, 2002, p. 93). Esta interrogante ha sido abordada mediante distintos modelos que destacan el predominio de la figura materna en la estructura familiar y psicológica, desde enfoques matrilineales, matricéntricos o matrisociales, en los que la mujer (abuela, madre o hija) ocupa un lugar central en el sostenimiento económico del hogar (Hurtado, 1999b). Esto se corresponde con los datos del Censo Nacional de Población y Vivienda en Venezuela, que muestran un aumento de hogares con jefatura femenina del 24% al 39% entre 1991 y 2011 (INE, 2011, como se cita en AVESA, 2017), lo que indica que las mujeres han asumido la responsabilidad del sostenimiento y la reproducción familiar.

El rol protagónico de las mujeres en la familia se ha extendido al ámbito societal. Según Hurtado (1999b), la sociedad fue “tomada” por la familia y procesos históricos, como el auge petrolero, favorecieron su inserción en espacios de decisión y poder. Incluso Venezuela llegó a ser el país sudamericano con mayor porcentaje de empresas lideradas por mujeres en altos cargos (Avolio y Di Laura, 2017). Aunque muchas accedieron a puestos gerenciales por una mayor apertura organizacional, persisten “frenos” relacionados con la desigualdad de acceso frente a los varones y con imaginarios sobre su supuesto “mejor desempeño” (Fernández, 2012), en un contexto donde se mantiene una “racionalidad patriarcal” en las relaciones de poder dentro de las organizaciones (Valdivieso, 2004).

Sobre esta base, los procesos que implican el involucramiento de esta población requieren examinar la validez empírica de los modelos familiares propuestos, particularmente en contextos de movilidad. Actualmente, Venezuela enfrenta un debilitamiento institucional y económico (Freitez y Marotta, 2021) que ha provocado uno de los mayores desplazamientos forzados actuales: el de personas refugiadas y migrantes venezolanas (McAuliffe y Triandafyllidou, 2021). En Argentina, este grupo constituye la tercera comunidad migrante, con 161,495 personas venezolanas (Instituto Nacional de Estadística y Censos, 2024), el 80% concentrado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la Provincia de Buenos Aires (Nicolao et al., 2022). Además, presenta un fuerte componente familiar, dado que el 55% de esta población encuestada está en pareja con otra persona migrante y el 54% de las mujeres sin convivencia en pareja tenía hijas e hijos, frente al 19% de los varones (Penchaszadeh et al., 2021). Esto evidencia que las mujeres migrantes venezolanas asumen mayores responsabilidades económicas, emocionales y educativas, incluso en formas de organización familiar monoparentales.

En este marco, la familia venezolana4 puede reconfigurarse y la mujer puede adquirir un rol central en los procesos de reproducción social, como el envío de remesas, el intercambio de roles familiares y la creación de nuevas redes de parentesco (Ibarra, 2021). Estos cambios en la distribución del poder económico visibilizan formas específicas de violencia, en particular la económica y patrimonial, que enfrentan las mujeres y que tienden a intensificarse en la experiencia migratoria, especialmente en una ciudad como Buenos Aires, donde esta violencia es la segunda más reportada, después de la psicológica (Equipo Latinoamericano de Justicia y Género [ELA] et al., 2023).

Por ello, este artículo analiza la relación entre la matrisocialidad en la familia venezolana y las dinámicas de violencia económica y patrimonial, integrando una perspectiva transnacional del proceso migratorio venezolano. Asimismo, se propone una mirada interdisciplinaria, desde una lectura etnopsicológica e interseccional que amplía el enfoque más allá del género y la familia. Aunque la familia venezolana ha sido estudiada a partir de las clases populares, aquí se profundiza en los sectores medios y en los procesos de desclasamiento que experimentan las migrantes venezolanas tanto en el país de origen como en contextos de recepción, como Argentina (Pedone y Mallimaci, 2019).

A tal efecto, examinamos si la estructura matrisocial, como forma de organización familiar, exacerba o visibiliza prácticas de violencia económica y patrimonial. Partimos del supuesto de que, aunque la matrisocialidad sitúa a la mujer como centro de gestión política y económica familiar y social, existen dinámicas de sumisión en las que los varones pueden ejercer mayor poder debido a la posibilidad de generar ingresos en el marco migratorio, lo que agrava las desigualdades de ingresos que afectan a las mujeres migrantes venezolanas.

Aunque la violencia económica y patrimonial suele asociarse a las relaciones de pareja, nuestro análisis se centra en evidenciar estas prácticas dentro del núcleo familiar, especialmente en vínculos conyugales, en relaciones sexoafectivas no formalizadas y en vínculos entre madres e hijas e hijos. Desde una perspectiva transnacional, muchos de estos vínculos se sostienen sin compartir necesariamente el mismo espacio geográfico. A su vez, esta reflexión no busca calificar los relatos de mujeres y varones migrantes venezolanos, sino identificar cómo sus testimonios reflejan indicadores de matrisocialidad y cómo sus acciones, emociones y prácticas deben entenderse como hechos sociales surgidos de entramados psicológicos, socioculturales y económicos que operan tanto entre connacionales como en diálogo con los discursos presentes en la sociedad argentina.

En este sentido, el artículo comienza con una revisión de antecedentes que contextualiza el estudio e identifica vacancias en el abordaje de las dimensiones centrales del análisis, como la organización familiar, la migración y las dinámicas de violencia económica y patrimonial. A continuación, se presenta la estrategia metodológica, basada en una etnografía colaborativa con enfoque interdisciplinario entre la psicología y la antropología social. También se incluye un relevamiento conceptual sobre la matrisocialidad y la violencia económica y patrimonial, así como su problematización empírica en la experiencia migratoria venezolana en Buenos Aires.

Aproximaciones iniciales para el estudio de la matrisocialidad y la violencia económica y patrimonial

Desde una perspectiva etnocultural, los estudios de Hurtado (1999a, 1999b, 2003) analizan la matrisocialidad como una matriz de significados donde la figura materna5 da sentido a las relaciones sociales y ejerce la jefatura política del hogar. En este modelo, la economía recae en la madre y la figura paterna ocupa un rol periférico, limitado a lo procreador o proveedor, con afectos expresados mayormente a través de lo monetario (Hurtado, 2003). Desde un enfoque psicológico, Moreno (2007) y De Lima y Sánchez (2008) coinciden en que el matricentrismo ubica a la madre como eje afectivo y económico. Aunque ambos abordajes indican que, a menor nivel socioeducativo, mayor es la presencia de la figura materna, también destacan que, en las clases medias y altas, la ausencia paterna es más atenuada y su apoyo financiero es más estable. Sin embargo, esto no minimiza el papel central de la madre en la gestión afectiva y económica del núcleo familiar.

Desde una mirada política y psicológica, Camejo y Vásquez (2024) reafirman la centralidad de la figura materna y el “rechazo” a la imagen paterna en la sociedad venezolana, junto con la exclusión femenina de espacios políticos y de liderazgo, y la persistencia de estereotipos que vinculan a la mujer exclusivamente con el hogar. Esto concuerda con Moreno (2007), quien sostiene que el poder materno es evidente en lo familiar, pero no implica un gobierno femenino sobre la sociedad, donde opera “un matriarcado totalizador en el ámbito doméstico dentro de un patriarcado formalmente fuerte y realmente débil” (Moreno, 2007, p. 7). La interacción entre matricentrismo y machismo puede generar distintas formas de violencia, derivadas de disputas de poder. Por ello, retomamos enfoques que definen la violencia contra las mujeres como acciones u omisiones que vulneran su posibilidad de una vida digna en múltiples dimensiones, como la física, psicológica, simbólica, política, económica y patrimonial.6

Los primeros estudios sobre violencia económica contra las mujeres surgieron desde la psicología. Un ejemplo es el trabajo de Hotaling y Sugarman (1986), que, con un enfoque centrado en las clases sociales, analiza la relación entre poder económico y violencia hacia las mujeres en relaciones de pareja. En la década de 1980, también emergieron análisis que relacionaban la violencia económica con los vínculos afectivos, al responsabilizar a las mujeres por involucrarse en relaciones violentas. Desde una mirada psicoanalítica, Coria (1986) introdujo la “autonomía económica” como condición para la independencia femenina, aunque advirtió que esta no basta sin una transformación de la cultura patriarcal que condiciona las estructuras de poder. Por su parte, Freijo (2020) problematiza los discursos de superventas que culpan a las mujeres por entablar vínculos con “malos hombres” o por “elegir mal”, al señalar la ausencia de una perspectiva estructural que considere las relaciones de poder que sostienen la violencia.

Desde la psicología jurídica, el enfoque de la dependencia también ha abordado la violencia económica. En esta línea, Expósito et al. (2007) señalan que esta violencia es más reconocida por mujeres con mayor independencia financiera, mientras que aquellas con dependencia económica presentan menor capacidad para identificar o reaccionar ante la violencia patrimonial y pueden estar más expuestas a la violencia física. A pesar de estos aportes, persisten limitaciones de datos, especialmente desde una perspectiva etnopsicológica. Por ello, es clave visibilizar y profundizar el estudio de la violencia económica y patrimonial, particularmente en contextos migratorios donde las mujeres pueden enfrentar mayor vulnerabilidad.

Matrisocialidad y familia venezolana: Aportes conceptuales para el análisis migratorio

En el estudio sobre la familia venezolana han surgido términos como matricentrismo, matriarcalismo, matrisocialidad, matrifocalidad y matrilinealidad, para explicar el rol central de la mujer en la estructura familiar y en las relaciones sociales. Aunque abordan distintos niveles de análisis cultural y organizacional (Campo-Redondo et al., 2007; Hurtado, 1999b; Vethencourt, 1974), desde nuestro posicionamiento epistemológico utilizamos la categoría de matrisocialidad, dado que integra el enfoque psicológico del matricentrismo, donde la madre ocupa un rol afectivo central (Moreno, 2007), con una mirada sociocultural, retomando la formulación de Hurtado (1999b, 2003), que incluye linajes, prescripciones y aspectos culturales que configuran el ethos de una cultura.

El concepto de matrisocialidad incorpora una perspectiva etnopsicológica de la estructura familiar que articula psique y cultura en torno a una “cultura de la madre”, donde esta cumple funciones gerenciales. Así, la figura materna da sentido a las relaciones sociales (complejo matrisocial) y ejerce la jefatura del hogar, disponiendo acciones y decisiones (Hurtado, 2003). Entre los indicadores del sistema matrisocial están los lazos entre mujeres consanguíneas, que sostienen el postulado familiar y deciden incorporar varones como “padres de familia”, bajo la exigencia de cumplir el rol de proveedores. En este modelo, la dimensión sororal adquiere relevancia, especialmente por el papel de la abuela como figura materna y cabeza de una “especie de familia de tipo clánico” (Hurtado, 2003).

Como se analizará a continuación, en este artículo exploramos cómo se conciben y gestionan las dinámicas económicas en esta configuración familiar, en la que la figura paterna puede ocupar un lugar tangencial. En esta línea, Hurtado (2003) propone comprender la dinámica financiera familiar en Venezuela a través del concepto de “economías fundamentales”, diferenciadas en una economía masculina y otra femenina. La economía masculina busca satisfacer necesidades básicas, mientras que la femenina se encarga de la distribución y la gerencia. Si la mujer percibe ingresos propios, se genera una “economía femenina” centrada en las necesidades del grupo familiar; en su ausencia, queda “a merced total de la generosidad de su marido” (p. 70), lo que refleja una subordinación económica. Otro indicador de matrisocialidad se observa en el vínculo entre madre e hijo varón, que puede sustituir simbólicamente el lazo con la pareja. Según Moreno (2007), la madre encuentra en su hijo seguridad, afecto, economía, reconocimiento y dignidad. La maternidad se extiende a múltiples dominios, incluso después de la muerte, manteniendo su poder desde la tumba (Hurtado, 2003).

Tomando estos postulados conceptuales como punto de partida, en este estudio analizamos la relación entre la estructura matrisocial y las reconfiguraciones familiares provocadas por la migración. Esta puede derivar de un compromiso familiar que, aunque implica el desplazamiento, la fragmentación y la creación de lazos con connacionales, puede estar condicionada por el modelo matrisocial (Ibarra, 2021). Históricamente, la migración fue concebida como un fenómeno masculino, vinculado a mejoras económicas y laborales, mientras que las mujeres migraban por reunificación familiar (Cerrutti, 2018). No obstante, desde la década de 1960 se ha constatado un proceso de feminización de las migraciones, resultado de la demanda de empleo, las redes migratorias y las nuevas modalidades de reunificación familiar (Martínez Pizarro, 2007; OIT, 2009). Esto exige visibilizar a las mujeres como trabajadoras y proveedoras, y no solo como “dependientes” familiares (Paiewonsky, 2007).

Violencia económica en el desplazamiento: Vulnerabilidades en contextos migratorios

La perspectiva interseccional atraviesa nuestra propuesta analítica, al permitirnos examinar no solo el género, sino también cómo se configuran e intersecan diversas identidades y experiencias en la reproducción de formas de subordinación y violencia (Crenshaw, 2006). Este enfoque visibiliza las estructuras de poder y las lógicas del statu quo, considerando múltiples dimensiones de opresión, dominación racial, sexual, heterosexual y clasista (Pineda, 2021), que generan malestares e impactos diferenciados según las identidades, trayectorias y contextos culturales.

Bajo este enfoque, proponemos una definición de la violencia económica y patrimonial que considere su dimensión material y simbólica, entendiendo que ambas ejercen una forma de poder que socava la autonomía económica de las mujeres. Este tipo de violencia implica, por un lado, la privación y el control sobre las posibilidades de generar ingresos y acceder a recursos económicos; por otro, la administración, el control y la retención de bienes materiales derivados de la acumulación económica (Córdova, 2017). Este abordaje reconoce la diversidad que atraviesa el género y la migración, junto con otras categorizaciones marcadas por procesos históricos de estigmatización de minorías (Gorlero et al., 2021), e invita a pensar la perspectiva migrante desde una mirada situada que articule interseccionalidad e interculturalidad.

A su vez, esta perspectiva permite reconocer que no todas las mujeres migrantes viven de igual manera las relaciones de género, la discriminación racial ni la intersección de múltiples sistemas de opresión (Martínez Espínola y Delmonte Allasia, 2022). Por ello, es clave abandonar la idea de “comunidad” como unidad homogénea y problematizar la noción de “comunidad migrante” como un bloque con experiencias únicas. En cambio, dentro de estos grupos coexisten múltiples culturas, trayectorias y posicionamientos que generan impactos diferenciados. Este enfoque interpela las prácticas clínicas y psicosociales, invitando a repensar cómo intervenir desde una mirada compleja, situada y respetuosa de las múltiples dimensiones identitarias.

En el marco de la migración, una de las razones que puede influir en la decisión de migrar es la violencia económica en el país de origen, como el desentendimiento económico por parte de parejas, convivientes o exparejas (Moriana, 2018b), y el encasillamiento de las mujeres en roles de cuidado que les impiden generar ingresos. Esto se agrava con el deterioro económico, el desempleo o la insuficiencia de ingresos (Salas y Aguirre, 2015). Así, la necesidad económica, la búsqueda de apoyo frente a la violencia y la dependencia emocional y económica son aspectos centrales en el proceso migratorio de muchas mujeres (Asakura y Torres, 2016; Moriana, 2018a).

En este escenario, la violencia económica se acentúa en mujeres migrantes debido a su mayor vulnerabilidad, lo que se refleja en la familia, especialmente en la maternidad y la organización del hogar, y en el ámbito laboral, donde enfrentan inestabilidad, explotación invisible y subordinación económica (Linardelli, 2021; Magliano, 2017). Esto incrementa su exposición a nuevas formas de violencia económica (Bartolomé et al., 2023) y se profundiza por sistemas migratorios que condicionan la obtención de visados a la dependencia económica del cónyuge o pareja, aumentando riesgos de chantaje, maltrato y violencia patrimonial, como la negativa a pagar pensión alimenticia. Además, la recomendación institucional de conciliación con el agresor al denunciar puede perpetuar la dependencia y el ciclo de violencia (Venet et al., 2004).

Metodología7

La investigación se basa en un estudio cualitativo interdisciplinario que integra debates de la psicología y la antropología social para analizar la migración, la familia y las violencias. En este sentido, el artículo surge del trabajo etnográfico realizado en las investigaciones de posgrado de una de las autoras, desarrollado en espacios de atención psicosocial para personas migrantes venezolanas en Argentina, donde se vinculó con la otra autora, psicóloga responsable y cocreadora de los talleres. Aunque inicialmente nuestra participación difería durante el trabajo de campo, una centrada en estrategias emocionales para la reconfiguración familiar y la otra en una perspectiva interseccional de las violencias por motivos de género, surgieron interrogantes compartidas. Estas emergieron al observar la frecuente aparición de categorías como “machismo”, “empoderamiento”, “feminismo” y “matriarcado” en las discusiones de mujeres migrantes venezolanas en Buenos Aires.

En este marco, el artículo se planteó como una etnografía colaborativa, al promover la coconstrucción del conocimiento y una relación horizontal entre nuestras perspectivas. Así, buscamos superar las fronteras tradicionales entre personas investigadoras e interlocutoras (Fernández Álvarez et al., 2022), mediante un enfoque comunitario basado en preocupaciones compartidas durante el proceso etnográfico (Katzer y Álvarez, 2022). Aunque compartimos identidades como mujeres, migrantes y venezolanas, desde una mirada situada reconocemos que las interpretaciones están atravesadas por nuestras trayectorias, sensibilidades, interseccionalidades y capitales. Sin embargo, esta colaboración enriqueció la comprensión de las dinámicas de violencia económica y patrimonial en la migración, al superar visiones unilaterales y apostar por una construcción conjunta del saber (Katzer, 2019).

Una vez aclarado nuestro desdoblamiento identitario y el carácter interdisciplinario del estudio, es necesario delimitar el campo de investigación. Se realizaron 15 entrevistas en profundidad8, cuya unidad de análisis estuvo conformada por mujeres migrantes venezolanas9 de entre 20 y 66 años, residentes en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), que llegaron al país entre 2015 y 2024 y mantienen o mantuvieron vínculos familiares y/o sexoafectivos con varones venezolanos. Los criterios de inclusión consideraron el género, la nacionalidad, el período de llegada y el tipo de vínculo relacional. Por su parte, los criterios de exclusión comprendieron a mujeres que no residieran en el AMBA, que estuvieran fuera del rango etario establecido, que hubieran arribado al país antes de 2015 o que no registraran vínculos familiares ni sexoafectivos con varones venezolanos, dado que el estudio se centra particularmente en parejas heterosexuales.

En cuanto a los espacios físicos y virtuales donde se llevó a cabo la investigación, por su carácter etnográfico, realizamos labores de observación participante y registros de notas de campo durante un período prolongado y en distintos espacios de atención psicosocial ofrecidos por instituciones locales y organizaciones de personas migrantes en Argentina, que incluían cursos y talleres sobre temáticas vinculadas a las mujeres. Estos espacios se desarrollaron mediante talleres de capacitación con enfoque participativo, orientados a brindar herramientas para la construcción de conocimiento desde una perspectiva de género y derechos humanos, así como a fomentar redes de apoyo y el intercambio de estrategias de afrontamiento elaboradas por cada participante.

El trabajo de campo se desarrolló entre 2019 y 2025. Asistimos a 35 talleres, con la participación de aproximadamente 525 mujeres migrantes venezolanas, de entre 18 y 60 años. Buena parte de estos talleres estuvo orientada a abordar temáticas de violencia por motivos de género. En este marco, las participantes respondieron preguntas disparadoras destinadas a promover la reflexión sobre su noción de violencia, los tipos de violencia que reconocían y las experiencias que habían atravesado tanto en Venezuela como en Argentina. Asimismo, se trabajó sobre contenidos culturales y representaciones construidas en el país de origen, especialmente en torno a la construcción de la figura de la “mujer venezolana”.

Por último, los aspectos éticos de la investigación consideraron el carácter vulnerable de la población migrante con la que se trabajó. En este sentido, se apeló a un procedimiento flexible de consentimiento informado verbal, inspirado en el estilo del jeitinho brasileiro (Heilborn, 2004), mediante el cual se explicitó, al inicio de los talleres, tanto virtuales como presenciales, el propósito del estudio, el marco institucional, el carácter voluntario de la participación, el anonimato y el resguardo de los datos. Se optó por este procedimiento oral dado que la condición migratoria de las interlocutoras condicionaba la posibilidad de solicitarles la firma de un documento, debido al temor que esto podía generar en caso de que tuvieran una situación migratoria irregular.

“Nunca sentí que no podía hacer algo”: Discursos sobre la fortaleza, la autonomía y el liderazgo

En este apartado analizamos cómo los marcadores de la estructura matrisocial en el contexto migratorio en Buenos Aires inciden en los discursos sobre la fortaleza, la independencia y la autonomía construidos por nuestras interlocutoras, y, a su vez, cómo ciertas terminologías vinculadas a la violencia por motivos de género pueden generar resistencias en esta población. Dado que se trata de un abordaje colaborativo que integra diversas fuentes de información, nuestro propósito es articular estos insumos de manera coherente, con el fin de ofrecer una lectura compleja y situada de las problemáticas abordadas.

En este marco, los espacios de trabajo de campo, organizados principalmente por psicólogas venezolanas y dirigidos a mujeres de la misma nacionalidad, facilitaron el intercambio de experiencias sin la presencia masculina. Los talleres abordaron temas como violencia por motivos de género,10 interculturalidad, vejez, mandatos de belleza, producción y emprendimiento, así como espacios de encuentro para compartir vivencias y socializar con sus connacionales. Aunque las actividades estaban centradas en tópicos específicos, la demanda principal de las mujeres migrantes venezolanas fue la necesidad de contar con espacios de escucha, acompañamiento y reconocimiento entre pares. Este anhelo se intensificaba ante las dificultades propias de la migración, a pesar de que muchos de sus testimonios estaban marcados por un discurso de fortaleza, por considerarse la “columna vertebral” de sus familias:

Ser inmigrante mujer es más difícil porque tenemos que llenarnos de fortaleza. Mis hijos me decían ‘mamá, pero ¿qué te pasa? No llores’, yo les decía ‘No, yo no estoy llorando’ porque si ellos me veían llorando, entonces ellos se iban a poner peor ¿tú entiendes? Entonces, mi hijo grande era el apoyo y es... sigue siendo el apoyo porque como me dice mi mamá: ‘Hija, estás ahí para apoyar a tu hijo’. (Esther)

Buscar herramientas para enfrentar la situación que me toca vivir hoy en día, ser inmigrante es ser... yo le pondría ‘ser inmigrante mujer’, porque somos la columna vertebral de nuestras familias, ¿verdad? (Omaira)

La figura materna aparece como la “columna vertebral” de la familia para nuestras interlocutoras, asociada a la fortaleza material y simbólica para sostener sus vínculos. Esta representación coincide con Moreno (2002), quien señala que en Venezuela las mujeres son definidas principalmente por la maternidad, siendo esta esencial para su identidad como “viviente humano”. Esta doble carga, sumada a las exigencias de la migración, ha generado repercusiones psicosociales y una creciente demanda de espacios de escucha.

La necesidad de acompañamiento no es un dato menor, especialmente si se considera que, en las primeras convocatorias de 2020, en el marco de la pandemia por COVID-19, la participación de mujeres migrantes venezolanas fue muy baja, a pesar de las urgentes necesidades de asistencia. El bajo interés inicial puede explicarse por un rechazo a la terminología y a las temáticas centradas en la violencia por motivos de género. A su vez, estos discursos no resultaban pertinentes ni relevantes para ellas, toda vez que, en sus representaciones, posicionaban a las mujeres en un lugar de debilidad y fragilidad, distante de su autopercepción de fortaleza y capacidad para enfrentar adversidades, incluso en ausencia de un varón.

Sin embargo, una vez que las organizadoras reformularon los títulos de los talleres hacia ejes como el “manejo de las emociones”, los “vínculos afectivos” y la “autoestima”, la participación aumentó significativamente. A pesar del cambio en la terminología, algunas sesiones incluían información sobre violencia por motivos de género para orientar a las participantes en caso de requerir asistencia. Además, se presentaba un protocolo de respuesta para la identificación y derivación de las mujeres a los servicios correspondientes. En este marco, se abordaron contenidos sobre feminismo, patriarcado, estructuras de poder y violencias sistémicas ejercidas hacia las mujeres por parejas o exparejas. También se utilizaron recursos audiovisuales, como películas vinculadas a estas temáticas.

Pese a esto, persistía el rechazo de muchas mujeres a estos contenidos, lo cual se evidenciaba inicialmente en la disminución de la participación, así como en gestos de incomodidad y acciones como el alejamiento de la pantalla, el apagado de sus cámaras y la ausencia de interacción verbal durante las sesiones. Estas reacciones no se registraban en talleres dirigidos, en paralelo, a mujeres migrantes de otros países, donde se observaba una mayor disposición a identificar, problematizar y solicitar acompañamiento frente a vivencias de violencia por motivos de género en sus contextos de origen.

Las resistencias y tensiones frente a estos espacios de abordaje de la violencia también se constataron en otras actividades de acompañamiento. En una de las sesiones, una facilitadora consultó a las mujeres venezolanas si habían vivido situaciones de violencia en Venezuela, ante lo cual se repitió, de manera unánime, la respuesta “no”. Para apoyar esta respuesta, una mujer relató su separación tras doce años por una infidelidad y agregó que el padre de su hijo “no fue un padre, yo de verdad le llamo un donante, porque no participa ni siquiera en el reconocimiento”.

Ante este escenario, se realizó un viraje en el abordaje que incorporó los tipos y modalidades de violencia de género, así como la noción de matrisocialidad como eje central del espacio, junto con estadísticas sobre violencia por motivos de género en Venezuela y Argentina. Este cambio de paradigma buscó evidenciar, mediante metáforas, cómo la violencia puede manifestarse en distintos niveles de percepción, en algunos casos de forma más visible y, en otros, de manera naturalizada. Este posicionamiento se sustentó en el modelo triangular que establece una conexión entre la violencia directa, cultural y estructural, conceptos abordados en trabajos previos y ampliamente discutidos en el marco del “triángulo de la violencia” propuesto por el sociólogo Johan Galtung (Bosch Fiol y Ferrer, 2013).

La incorporación de nociones como el “matricentrismo”, la “matrisocialidad” y la representación social de la mujer venezolana resultó especialmente significativa, al permitir a las participantes identificarse con una imagen más coherente con sus propias experiencias. A partir de ello, comenzaron a mostrar un mayor interés y compartieron testimonios como: “La mujer venezolana no se deja joder por ningún hombre”, “somos 4x4, todoterreno”, “la mujer venezolana es independiente y no necesita a ningún hombre”, “en mi familia las mujeres somos las que mandamos, éramos las fuertes” o “lo más normal era ver a las mujeres solas haciéndose cargo de sus casas”.

Los relatos confirman la preeminencia que adquiere la mujer/madre en los discursos sobre la organización familiar, dando cuenta de la estructura matrisocial que incide en la sociedad venezolana. Por otro lado, se vislumbra el rol del varón/padre en la dinámica familiar y en las problemáticas de la pareja como institución: “el compañero, para la mujer no va mucho más allá de ser un medio-instrumento necesario para hacerla madre, instrumento del que se puede prescindir cuando ha cumplido su función” (Moreno, 2007, pp. 15–16).

Además de estas cualidades de fortaleza, en los testimonios también emergió una construcción de la autonomía, tanto económica como social, que ha permitido a muchas mujeres en Venezuela alcanzar mayores niveles de emancipación respecto de sus parejas. Como indica Hurtado (1999b), “la mujer puede tomar con más facilidad la iniciativa de cambiar de marido. Esta compulsión subyace en el problema de la preparación profesional de la mujer y el boom exitoso que tiene en Venezuela” (p. 42).

Nosotras las mujeres venezolanas somos demasiado independientes de que, primero, más allá del recurso económico, siempre hemos tenido una postura de que tenemos, como que todo controlado, entonces eso, nos hizo de que tuviéramos un impacto en esta cultura y entonces nos llevamos un poquito a la intensidad, de que hay que tener todo controlado económicamente. (Belkis)

Mi abuelo siempre me dijo que yo tenía que ser profesional e independiente económicamente y, más bien, siempre me hizo hincapié en que eso era lo más importante para que ningún hombre me pudiera hacer daño. (Maribel)

En mi hogar cuando era niña que fue muy matriarcal porque todos los papás se murieron muy jóvenes y mi independencia, mi autonomía después de mi hogar siempre he tendido a ser como la líder, la que resuelve, la que solucione. (Ramona)

Este aspecto cobró relevancia en aquellos talleres sobre emprendimiento, donde las mujeres migrantes venezolanas se expresaban desde la valorización y el entusiasmo por su capacidad de liderazgo. Justamente, este aspecto guarda estrecha relación con el lugar que han ocupado las mujeres en cargos gerenciales, por su presencia en el mercado laboral en Venezuela y por las posibilidades de formación académica, pese a que muchas han enfrentado situaciones de discriminación y estereotipación. La valoración de los roles de gestión resulta significativa, dado que, en distintos ámbitos, especialmente aquellos apoyados por organismos nacionales e internacionales, se han creado iniciativas que destacan el liderazgo femenino en la migración venezolana y su marcada presencia en roles directivos dentro de agrupaciones de la sociedad civil.

Nunca sentí que no podía hacer algo de lo que quisiera por ser mujer, mi mamá fue siempre una mujer muy emprendedora, siempre buscaba crecer en sus trabajos y llegó a tener cargos importantes, ella me enseñó que yo podía llegar hasta donde yo quisiera si me lo proponía. (Ligia)

En este sentido, las mujeres presentes en estos espacios se identifican con ciertas características conductuales, marcadas por una construcción identitaria configurada por su entorno. Por un lado, esta construcción incide en sus prácticas sociales y se asocia a marcadores de género como “ser mujer” o “ser mujer venezolana”. Por otro, estas mujeres reconocen que tales características están influenciadas por la transmisión cultural de figuras familiares de mayor jerarquía, que permean su esfera privada y su psique. Así, lo sociocultural influye en su identidad a través de sus conductas, pensamientos, emociones y acciones. Desde la psicología, enfoques psicodinámicos, como la teoría del desarrollo psicosocial; enfoques comunitarios, como la teoría ecológica de los sistemas; enfoques cognitivos, como la teoría cognitiva social; y el conductismo han indagado en la relación entre personalidad e identidad, así como en el vínculo entre lo sociocultural y los procesos psicológicos que forman parte de un entramado de respuestas entre el sujeto y su contexto.

En síntesis, este apartado evidenció diversos indicadores de matrisocialidad y cómo esta repercute en distintos niveles de la experiencia de nuestras interlocutoras. En primer lugar, en la forma en que las mujeres migrantes venezolanas participantes de estos espacios comprenden su rol dentro de sus familias en el contexto migratorio. En segundo lugar, en cómo conciben las cuestiones vinculadas a la violencia por motivos de género como algo ajeno, al considerarlas incongruentes con su autopercepción de fortaleza, autonomía y liderazgo. Finalmente, en cómo ese lugar central de la mujer en la familia se proyecta en el rol que ocupan en la sociedad venezolana y, por extensión, en el proceso migratorio.

“Venezuela es una sociedad matriarcal”: Tensiones y encuentros con la sociedad argentina

La migración implica un diálogo entre distintas matrices psicológicas y socioculturales que influyen en los discursos, percepciones y acciones tanto de las personas migrantes como de la sociedad receptora. Este encuentro genera acercamientos y tensiones, especialmente en lo relativo al género. En este apartado analizamos los relatos en torno a la figura de la mujer venezolana en relación con la sociedad argentina y la concepción de la violencia desde la estructura matrisocial, con el objetivo de evidenciar las fricciones surgidas en dicha interacción. Nuestro trabajo de campo coincidió con un contexto en el que el movimiento feminista ocupaba un lugar central en la vida política y social de Argentina, lo que generó diversas reacciones entre mujeres migrantes venezolanas, como la afirmación de que “en Venezuela no existía el machismo” y ciertos rechazos hacia expresiones del feminismo local.

En una de las actividades sobre la feminización de la migración, los desafíos de migrar siendo mujeres y las representaciones machistas en la región, una ponente preguntó si empoderarse frente a los varones era más fácil fuera de Venezuela, a lo que el grupo respondió unánimemente que “no”. Esto dio lugar a un debate en el que se destacó que “en Venezuela la mujer tenía todos los espacios ganados, en el aspecto profesional, político y social, entonces para nosotras acá no es ninguna sorpresa”. También se mencionó como llamativo que algunas mujeres argentinas pidieran permiso a sus esposos, algo no habitual en sus experiencias familiares en el país de origen.

Algunas mujeres destacaban su sorpresa e incomodidad con el movimiento feminista argentino, ese de “los pañuelitos verdes” que, según una de las asistentes, “confundía la lucha por el aborto con los derechos de las mujeres”. Otra participante mencionaba que “nosotras no somos tan feministas como aquí porque superamos esa etapa”. En continuidad con el relato etnográfico, una de las participantes intervino y expresó su visión:

Venezuela es una sociedad matriarcal donde la madre es la que crea los valores y los principios. Nosotros hemos evolucionado mucho en esta parte del contexto social de nuestra familia y lo que dice la compañera es verdad, los principios y valores al niño los da la madre en su hogar y ya cuando uno sale a la sociedad está con derechos y cualidades. (Arelis)

Yo creo que es un dato histórico que Venezuela tiene una sociedad matriarcal. Y quien se encarga de la familia es la mujer y aunque el hombre haya puesto lo económico, pero quien administra esos reales es la mujer. Desde nuestras abuelas, nuestras madres nos mantienen conectadas y a pesar de que ella [su madre] se separó de mi papá hace muchos años, mi mamá fue la que dirigió en lo económico en todos los aspectos del hogar [...] era la mujer que dirigía. (Leidy)

La intervención concluyó con la pregunta “¿qué es lo que hace el hombre? pagar”. Una asistente afirmó que la mujer venezolana aporta al movimiento de emancipación femenina, describiéndola como “guerrera y emprendedora”. Algunas participantes expresaron que en Venezuela no se identificaban como feministas ni machistas y que el encuentro con el feminismo argentino resultó “chocante”, al generar cuestionamientos sobre su significado y necesidad por provenir de una cultura donde no existía esa “clasificación”. Las construcciones diferenciadoras sobre el rol predominante de la mujer en Venezuela, tanto en el ámbito social como familiar, influyen en cómo comprenden el feminismo. Estas diferencias también se reflejaban en comentarios sobre los varones. Por un lado, se percibía una mayor violencia por motivos de género en Argentina, asociada a una percepción de mayor agresividad masculina.11 Por otro, algunas participantes rechazaban ideas atribuidas al feminismo, como el supuesto rechazo hacia los varones.

Es horrible, ponen a los hombres como si todos fueran iguales. Las mujeres se complotan para señalarlos sin tener ningún tipo de pruebas, ellos también sufren violencias, algunas mujeres también están locas y los enloquecen, están muy mal y lo que generan es horrible. (Migdalia)

Este punto merece una aclaración, dado que en los testimonios de nuestras interlocutoras se utiliza el término “matriarcado” para describir la dinámica familiar venezolana, es decir, en un sentido émico. No obstante, la familia matricéntrica o matrisocial no equivale a un sistema matriarcal.12 Aunque la madre tenga un rol central, ello no constituye un gobierno femenino sobre la sociedad. Esta distinción resulta relevante porque, en una sociedad con indicadores de matrisocialidad, se observan tensiones aparentemente contradictorias. Por un lado, en el ámbito familiar, muchas mujeres deben asumir en soledad la reproducción familiar; por otro, en el ámbito social, las mujeres venezolanas han sostenido luchas para ocupar espacios laborales. Sin embargo, también observamos un rechazo hacia los discursos feministas basados en la igualdad de condiciones entre mujeres y varones, así como en la crítica a condiciones estructurales que profundizan las desigualdades de género.

De este modo, el sistema patriarcal instrumentaliza la matrisocialidad para reproducirse. Esta relación ya ha sido abordada por Moreno (2007), quien sostiene que la matricentralidad recurre al machismo como “cultura del control” para sostenerse como mecanismo social. En este contexto, el machismo opera mediante el poder y la imposición del varón por su fuerza física y por su mayor libertad sexual en comparación con la mujer. Así, el matricentrismo —en nuestro caso, la matrisocialidad— y el machismo se intercondicionan, dado que algunas mujeres fomentan en sus hijos varones la imagen del “honor viril” y la construcción de un “verdadero macho”, aun siendo ellas mismas víctimas de la violencia ejercida desde relaciones de poder (Moreno, 2007).

Pese a la interrelación entre ambas estructuras, que pudo haber incidido en el rechazo y la falta de identificación con los espacios de diálogo sobre violencia por motivos de género, desde una mirada longitudinal, en los últimos años hemos evidenciado una reconfiguración de estos postulados. Esta transformación es producto, precisamente, del diálogo intercultural con los discursos que circulan en la sociedad argentina y que han incidido subjetivamente en las mujeres venezolanas. Esto se refleja en una mayor receptividad e interés hacia talleres sobre violencia y en un creciente reconocimiento de experiencias personales vinculadas a estos procesos.

A su vez, este cambio también se manifiesta en una variación del enfoque de los talleres, que incluyeron una mirada sobre la estructura matrisocial en Venezuela. Esta perspectiva permitió a muchas de nuestras interlocutoras identificar y reconocer cómo, bajo formas de organización familiar y social donde la mujer es central, operan diferentes formas de violencia previamente normalizadas. A partir de esto, han accedido a espacios de acompañamiento psicosocial con enfoque de género y a dispositivos de acceso a derechos.

Esta reconfiguración se expresa en testimonios que valoran el “cambio cultural”, el cual ha posibilitado reformular percepciones y opresiones traídas desde su país de origen. Por ejemplo, una participante comentó la transformación que experimentó desde que llegó a Argentina: “acá estoy disfrutando de la libertad que no tenía allá de moverme, de ir a hacer lo que quiero hacer”. A esto se suma el relato de otra participante, quien afirma: “Acá me atrevo a hacer cosas sola y las que deseo en el momento que deseo”. En la misma línea, otra expresó: “yo aquí soy todo lo que no fui en Venezuela porque allá era madre”.

De manera sintética, este diálogo sociocultural, derivado del proceso migratorio, tuvo dos tipos de repercusiones y cambios subjetivos y prácticos en nuestras interlocutoras respecto de la idea de “quién soy como persona y como mujer venezolana”. Algunas, al entrar en contacto con los nuevos discursos sociales atravesados por el feminismo y la lucha por los derechos sexuales y reproductivos en Argentina, experimentaron cambios más en sintonía con sus expectativas de vida. Estas reconfiguraciones identitarias pueden ser fundamentales en el proceso de integración social.

Otras participantes, sin embargo, se aferraron a la idea que tenían sobre ser una “mujer venezolana”. La migración forzada implica pérdidas materiales, económicas, de pertenencia, familiaridad y vínculos. En algunos casos, la construcción identitaria es lo único que no quedó atrás en el país de origen, y aferrarse a ese “quién soy” se convierte en un recurso de adaptación para transitar duelos asociados con otras pérdidas. Luego, puede surgir la posibilidad de atravesar un duelo por la transformación de la identidad: la pérdida de quién se creía ser. En este sentido, una participante reflexionó sobre los desafíos que suponen los cambios en sus creencias y en su percepción de sí misma al mencionar: “¿cuánto de la migración no se parece a una psicosis?”. En cualquier caso, es fundamental respetar el derecho a la identidad y el proceso subjetivo de cada mujer para afrontar los cambios. Por ello, es necesario abandonar la idea de una única manera “saludable” de enfrentar la migración y dejar de patologizar a quienes necesiten tiempo para encontrar la manera de hacer frente a las dificultades que les presenta el proceso.

“Ahora no tengo acceso al dinero”: Violencia económica en el marco de la migración venezolana

Tras analizar las narrativas sobre la estructura matrisocial en el contexto migratorio y los discursos sobre violencia por motivos de género en Venezuela y Argentina, en este apartado nos enfocamos en las manifestaciones de violencia económica y patrimonial. Aunque en los espacios abordados predominan discursos de independencia y empoderamiento de la mujer venezolana, también circulaban relatos de desigualdad en la distribución de recursos económicos. En sesiones dedicadas a los tipos de violencia por motivos de género, muchas participantes reconocieron por primera vez situaciones de violencia vinculadas al acceso restringido al dinero en relaciones de pareja o a desequilibrios en la distribución de labores e ingresos en negocios familiares:

Me acabo de dar cuenta que yo viví violencia y no lo sabía, toda mi vida fue así, lo peor es que cuando me quería ir de casa, me fui a donde mi mamá y ella me agarró la maleta y me la puso en la puerta y me dijo que tenía que volver con mi marido. (Zuleima)

Con mi marido, al migrar, acordamos… yo me encargaría de cuidar a mis hijos mientras él trabaja. Ahora no tengo acceso al dinero, él controla todos mis gastos y me pregunta el motivo de cada compra. (Rosmary)

Mi hermano mayor y yo tenemos un emprendimiento, yo le ayudo en hacer las cuentas, facturas, pagos de proveedor, él vende y trata con clientes. Yo creo que sería buena vendiendo y atendiendo al público, pero él me insiste que los hombres son más persuasivos en la venta entre hombres. Además, cuando cometo errores en las cotizaciones o en la facturación, suele gritarme que todo lo hago mal, que por bruta es mejor que no trabaje con venta, que así no puedo. (Damaris)

Ante el surgimiento de estos relatos, las psicólogas preguntaban qué emociones generaban esas situaciones. Muchas respondían con expresiones como “vergüenza”, “fracaso”, “aislamiento” o “incapacidad de contarle a amigas o familiares”. Incluso, una mujer comentó: “Creo que esta postura de superpoderosas nos deja muy solas y deprimidas”. Esto muestra cómo la estructura matrisocial, interrelacionada con lógicas patriarcales y discursos de fortaleza y autonomía, también puede operar como un sistema de disciplinamiento, control y aislamiento social, que reafirma mandatos individualistas, agravados por el contexto migratorio y las urgencias económicas.

La violencia económica y patrimonial también se manifiesta en el incumplimiento de la cuota alimentaria por parte de las exparejas. En varios relatos, esta falta de responsabilidad económica por parte de los varones no solo tenía implicancias materiales directas para las mujeres migrantes, sino que también era minimizada o deslegitimada por su entorno. En algunos casos, se reforzaba la idea de “seguir adelante” sin reclamar o, incluso, de normalizar la falta de corresponsabilidad económica masculina. Esto evidencia cómo la estructura matrisocial, presente más allá de las clases populares, influye mediante figuras familiares que promueven la autosuficiencia femenina, en un contexto en el que se valora “ser fuertes” y “no buscar ayuda”, aun cuando ello implique cargar en solitario con la economía familiar.

Es muy difícil, yo hace unos meses puse la denuncia, la verdad que no sé si es peor, siento que tengo al mundo en contra, todas en mi familia me decían que no perdiera mi tiempo, que ni valía la pena, que mejor concentrara ese tiempo es salir adelante por mí misma. (Geraldine)

Sí, te dicen te va a afectar psicológicamente, que no molestarlos a ellos es mejor, así desaparecen de tu vida. Te dicen no pierdas energía en eso, a mí mis amigas me decían que yo podía con eso y con más. (Astrid)

Otra manifestación de la desigualdad económica y patrimonial se observa en las dinámicas de envío de remesas hacia Venezuela. En este escenario, nuestras interlocutoras asumían mayoritariamente la responsabilidad de enviar recursos económicos en mayor medida que los varones de su entorno familiar, lo que generaba en ellas una sensación ambivalente de malestar, pero también de resignación y aceptación frente a esta desigualdad. Además, la principal destinataria de estas remesas solía ser la madre, lo que refleja una suerte de lealtades familiares sostenidas por la matrisocialidad (Ibarra, 2021):

Soy la única mujer entre mis hermanos, que somos tres, y yo soy la que siempre le envía dinero a mi mamá, aunque sé que ellos también podrían, pero ya me cansé de estar pidiéndoles dinero para su mamá. (Marianny)

Me convertí en mi papá porque mi papá cuando yo era pequeña, lo mismo. Te doy todo monetariamente pero distante emocionalmente. Soy lo mismo ahora, doy todo monetariamente. ‘¿Necesitas psicólogo?’, ‘te pago psicólogo’. Yo fui y la inscribí [a su madre en Venezuela] en pilates, la llevé a la peluquería, le hice cambio de look, le compré ropa. Le dije ‘te dejo todo este dinero, ve a pilates’. (Dayana)

A mí no me importa si somos las únicas que enviamos y si eso me deja más pobre. Yo no voy a dejar de hacerlo, eso es parte de ser mujer, ayudar a nuestras familias. (Angelina)

El mandato social impuesto por la estructura matrisocial ha llevado a muchas interlocutoras a una sobrecarga laboral para sostenerse y, en algunos casos, enviar remesas a Venezuela. Tal es el caso de una mujer que expresó: “Tengo tres trabajos para poder sostener a mi familiar”, mientras otra comentó: “La presión es la que juega en contra”, así como “tenemos que poder con todo”. Este incremento en la responsabilidad familiar provoca emociones vinculadas al agotamiento y la culpa por no poder dedicar tiempo de calidad a sus hijas e hijos, y una sensación de “asfixia” y frustración por no alcanzar sus propósitos personales.

Esta situación se acentúa en el contexto migratorio, especialmente en mujeres refugiadas, quienes se encuentran entre los grupos de mayor vulnerabilidad. Aunque diversos organismos nacionales e internacionales promueven el “empoderamiento” y la “autonomía económica” de estas mujeres (ACNUR y ONU Mujeres, 2024), cabe cuestionar si estas estrategias, de manera aislada, son suficientes para facilitar la integración socioeconómica y el bienestar psicosocial, dado que pueden profundizar las cargas y responsabilidades individuales de mujeres que ya atraviesan condiciones de precariedad.

Desde una perspectiva etnopsicológica, sostenemos que la violencia económica y patrimonial que enfrentan las mujeres venezolanas no se reduce a una brecha en el acceso financiero, sino que está atravesada por sentidos psicológicos y socioculturales que, articulados con el patriarcado, dificultan la construcción de un entorno seguro y equitativo. Esto también impacta en sus posibilidades de pensarse más allá de lo parental y desplegar deseos vinculados con sentirse-en-el-mundo, como expresó una interlocutora: “sean más flexibles con nosotras” y “no nos exijan tanto”.

Por ello, es fundamental politizar vivencias de violencia que suelen considerarse privadas o “psicológicas”, cuando tienen una raíz estructural y cultural. Que una mujer piense “así soy yo, aunque me haga más vulnerable” muestra cómo su identidad está ligada a exigencias sociales que la exponen a violencias. Es necesario visibilizar y conectar estos elementos, que conforman una red que habilita, sostiene e impulsa la violencia económica y patrimonial sobre las mujeres migrantes.

Conclusiones

A lo largo del artículo constatamos, desde una mirada transnacional e interdisciplinaria entre la psicología y la antropología, la presencia de indicadores de matrisocialidad en dinámicas familiares y sociales de la migración venezolana en Buenos Aires. Estos se expresaron en espacios psicosociales mediante discursos sobre fortaleza, autonomía y liderazgo femenino. Sin embargo, estas narrativas mostraban tensiones con los discursos feministas en el país de destino, al evidenciar cómo la matrisocialidad se entrelaza con lógicas patriarcales e invisibiliza violencias de género como la económica y patrimonial. A partir del reconocimiento de esta estructura y del diálogo intercultural, muchas interlocutoras comenzaron a identificar formas de violencia previamente no reconocidas.

Para ellas, la imagen de una mujer frágil y débil no las representaba y asociaban la violencia por motivos de género casi exclusivamente con la agresión física. Por ello, no percibían como violencia la sobrecarga de tareas, la expectativa de cuidado o la negación de autonomía. El abordaje de estas cuestiones nos permitió reconocer prácticas como la pérdida de autonomía financiera, la desestimación en negocios familiares, la responsabilidad individual en el sostén económico y las asimetrías en el envío de remesas como formas de violencia económica y patrimonial. Este análisis fue clave para entender cómo matrices psicológicas y socioculturales siguen operando en la migración y deben abordarse sin juicios morales, reconociendo la influencia de discursos del país de origen en la identidad y subjetividad de nuestras interlocutoras, y comprendiéndolas en sus propios términos.

En consecuencia, el diálogo intersubjetivo e intercultural favorece la reconfiguración de ciertas representaciones, estereotipos y mandatos de género que naturalizan la violencia por motivos de género, en particular la económica y patrimonial. Justamente, este encuentro llevó a muchas de nuestras interlocutoras a buscar espacios de apoyo emocional para la comunidad migrante, lo que invita a repensar, desde una mirada de intervención psicosocial, dispositivos, mecanismos y políticas que integren lo psicológico desde lo sociocultural y viceversa, superando las dicotomías entre lo subjetivo y lo social.

En esta línea, los relatos de las mujeres, atravesados por los cambios culturales del desplazamiento, permiten problematizar la separación entre “mundo interno” y “mundo externo”, propia del dualismo occidental (Taylor, 1996), que escinde lo personal de las estructuras sociales y dificulta la politización de aspectos que influyen en la salud mental y la prevención de las violencias de género. Ante dicha separación, es importante articular la psicología y la antropología para ampliar la perspectiva. Las violencias económicas y patrimoniales no deben abordarse como decisiones subjetivas, individuales, identitarias y autodeterminadas. Es necesario superar la idea de que lo psicológico pertenece al mundo “interno” y que lo social y político están desligados. Democratizar la salud mental implica politizarla, reconocer que lo comunitario nos coconstruye y generar responsabilidad social para crear entornos saludables.

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Notas

1 Doctora en Ciencias Sociales, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Argentina.
Afiliación: Instituto de Investigaciones Sociales de América Latina, FLACSO-CONICET, Argentina.
Correspondencia: Ayacucho 555, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Código postal: C1026AAC, Argentina.
Correo electrónico: mibarra@flacso.org.ar. ORCID: https://orcid.org/0009-0000-2077-8790

2 Magíster en Psiconeuroendocrinoinmunología, Universidad Favaloro, Argentina. Licenciada en Psicología, Universidad Bicentenaria de Aragua, Venezuela.
Afiliación: Investigadora independiente.
Correo electrónico: carlajpachecoavila@gmail.com. ORCID: https://orcid.org/0009-0004-9951-610X

3 Agradecemos a nuestras interlocutoras, que en diversos espacios accedieron a compartir sus experiencias y saberes; a las organizaciones de la sociedad civil venezolana en Argentina, por brindarnos su apoyo; al Dr. Fernando Fischman y a las Dras. María Lis Baiocchi y Martina Ferretto, por sus valiosas lecturas y aportes; y al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), cuyo financiamiento hizo posible la realización de esta investigación.

4 Cuando empleamos el término “familia venezolana” no pretendemos fijar una identidad uniforme ni postular rasgos inherentes a una supuesta esencia nacional. Por el contrario, nos referimos a configuraciones familiares que comparten ciertos patrones construidos histórica y socioculturalmente, y que aparecen de manera recurrente en los casos que conforman nuestra investigación. Estas regularidades no implican una norma cerrada, dado que las familias venezolanas son diversas en su interior. Asimismo, dicha diversidad puede mostrar continuidades, resistencias y variaciones en el contexto migratorio, donde las trayectorias, los vínculos transnacionales y las condiciones de recepción pueden producir nuevas formas de organización y de sentido en torno a la noción de familia y parentesco (Ibarra, 2021).

5 En este artículo, utilizamos la categoría mujer/madre reconociendo que, aunque en los discursos analizados ambas dimensiones aparecen entrelazadas, no asumimos que todas las mujeres deban ser madres ni que la maternidad defina su experiencia. Nos alejamos de enfoques biologicistas y esencialistas que vinculan maternidad y cuidado con lo femenino (Ávila, 2004), y nos centramos en cómo, dentro de la organización familiar venezolana, las mujeres ocupan un lugar central en términos psicológicos y sociales. Esta articulación responde a marcos culturales e históricos sobre los roles de género e incluye también a otras figuras femeninas que ejercen funciones de cuidado, como las abuelas y las hijas.

6 La violencia económica y patrimonial está enmarcada en la violencia de género tanto en Venezuela, mediante la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (Gaceta Oficial n.º 38.668), como en Argentina, mediante la Ley n.º 26.485.

7 Declaración sobre uso de herramientas de asistencia lingüística: Para la revisión gramatical y sintáctica del manuscrito se utilizó DeepL Write. Las autoras revisaron y aprobaron íntegramente la versión final.

8 Estos datos fueron recolectados en el marco de la tesis de maestría de Ibarra (2021) y de su tesis de doctorado (Ibarra, 2026).

9 Con el fin de proteger la identidad de las personas participantes y garantizar el anonimato de las personas entrevistadas, se utilizaron nombres ficticios para las personas, asociaciones, grupos, actividades e instituciones mencionadas en este artículo.

10 Empleamos el término “violencia por motivos de género” según la Ley n.º 26.485 de Argentina, que contempla expresiones sutiles, estructurales e interseccionales de la violencia. Aunque el análisis no se inscribe en el campo jurídico, reconocemos el valor de los marcos legales para ampliar y precisar las conceptualizaciones sobre las violencias de género.

11 Al retomar estos testimonios, no buscamos presentarlos como una representación objetiva de la realidad, sino mostrar cómo nuestras interlocutoras perciben, interpretan y significan ciertas situaciones.

12 Bachofen introdujo el matriarcalismo como un período prehistórico regido por el derecho materno y la transmisión matrilineal (Rossi, 2009). Sin embargo, Devereux sostiene que tal etapa nunca existió, como lo muestran estudios antropológicos e históricos (Devereux, 1989, como se cita en Hurtado, 1999b). Algunas lecturas también critican este “mito de la prehistoria matriarcal” por desviar y debilitar las bases teóricas de las luchas de género (Eller, 2000), mientras que otras destacan, en cambio, la existencia de una “prehistoria patriarcal”, con formas de patriarcado de “baja intensidad” y jerarquías de género que privilegiaban a los varones (Segato, 2016).