Cohabitación simbólica y fronteras de reconocimiento en un contexto sur-regional: Subjetividades migrantes en la ciudad de Osorno
Symbolic Cohabitation and Borders of Recognition in a Southern Regional Context: Migrant Subjectivities in the City of Osorno
Recepción: 29 de julio de 2025 / Aceptación: 19 de agosto de 2025
Vladimir Alejandro Pradines Chiguay1
DOI: https://doi.org/10.54255/lim.vol15.num30.3
Liminales. Escritos sobre psicología y sociedad.
Vol XV. N° 30. Agosto 2026. pp. 71-96.
Licencia CC BY 4.0.
Resumen
Este artículo analiza, desde un enfoque cualitativo teórico-interpretativo con anclaje etnográfico, cómo se configuran subjetividades migrantes en Osorno, ciudad intermedia del sur de Chile, en un contexto de jerarquías simbólicas y disputas por el reconocimiento. La propuesta combina revisión bibliográfica con registros etnográficos producidos entre 2020 y 2023, junto con diez entrevistas en profundidad a personas migrantes latinoamericanas; en el manuscrito se emplean extractos de cuatro entrevistas debido a su densidad descriptiva. En términos metodológicos, se utilizaron codificaciones temáticas que permitieron identificar tres mecanismos articulados de cohabitación simbólica: 1) clasificaciones y estigmas que racializan la presencia migrante y delimitan fronteras de legitimidad; 2) desacreditación de capitales y desajustes entre habitus y campo en los mercados locales de arriendo y trabajo, que reubican a los sujetos en posiciones subordinadas; y 3) reanclajes transnacionales de pertenencia, junto con estrategias de asentamiento, que reconfiguran el habitar. Se concluye que, en ciudades intermedias como Osorno, la identidad migrante se produce relacionalmente en la tensión entre imaginarios locales, mediaciones institucionales y prácticas cotidianas, mostrando que la convivencia se organiza como un régimen local de reconocimiento, más allá de una mera cohabitación espacial.
Palabras clave: cohabitación simbólica; reconocimiento; ciudades intermedias; migración internacional; Osorno; transnacionalismo
Abstract
This article analyzes, from a qualitative theoretical-interpretive approach with ethnographic grounding, how migrant subjectivities are configured in Osorno, an intermediate city in southern Chile, within a context of symbolic hierarchies and struggles for recognition. The study combines a literature review with ethnographic records produced between 2020 and 2023, together with ten in-depth interviews with Latin American migrants; the manuscript draws on excerpts from four interviews because of their descriptive density. Methodologically, thematic coding was used to identify three articulated mechanisms of symbolic cohabitation: 1) classifications and stigmas that racialize migrant presence and delineate borders of legitimacy; 2) the devaluation of capitals and habitus-field mismatches in local housing and labor markets, which relocate subjects into subordinated positions; and 3) transnational re-anchoring of belonging, together with settlement strategies, that reconfigure ways of dwelling. The article concludes that, in intermediate cities such as Osorno, migrant identity is relationally produced through the tension among local imaginaries, institutional mediations, and everyday practices, showing that convivencia is organized as a local regime of recognition beyond mere spatial cohabitation.
Keywords: symbolic cohabitation; recognition; intermediate cities; international migration; Osorno; transnationalism
Introducción
En las últimas décadas, los procesos migratorios en América Latina han experimentado transformaciones sustantivas tanto en su intensidad como en la configuración de sus flujos, ampliándose hacia nuevas geografías, actores y motivaciones (Cecchini y Martínez, 2023; Guizardi y Gonzálvez, 2019). En este escenario, Chile se ha consolidado como un polo de atracción para migraciones latinoamericanas y caribeñas, inicialmente concentradas en grandes centros urbanos como Santiago, Antofagasta, Arica e Iquique (Arriagada-Sickinger y Contreras-Gatica, 2023; Colmenares y Abarca, 2022; Gissi y Andrade, 2022). Sin embargo, los estudios migratorios muestran una expansión progresiva hacia el análisis de ciudades del sur de Chile —entre ellas Osorno, Puerto Montt y Castro—, proceso que reconfigura no solo los territorios de destino, sino también las experiencias de inserción, convivencia y pertenencia en escalas subnacionales (Pradines, 2019, 2025; Sánchez, 2024; Saldívar et al., 2024). En términos demográficos, el Censo de Población y Vivienda 2024 registró 1,608,650 personas nacidas fuera del país a nivel nacional (8.8% del total). En las regiones del sur, la Región de Los Lagos concentró 35,285 personas nacidas fuera del país (≈4.0% de su población), la Región de La Araucanía 21,077 (≈2.1%) y la Región de Los Ríos 7,508 (≈1.9%). En la comuna de Osorno, por su parte, se censaron 3,779 personas nacidas fuera del país (≈2.3% de la población comunal), lo que permite situar empíricamente el problema de la convivencia y la pertenencia migrante en escalas urbanas intermedias (INE, 2025a, 2025b, 2025c).
Esta redistribución territorial abre desafíos analíticos y políticos que no se agotan en la medición demográfica del fenómeno, sino que interrogan cómo se produce la convivencia social cuando la llegada migrante ocurre en contextos locales marcados por narrativas de homogeneidad, jerarquías morales y repertorios históricos de clasificación (Catalán Pesce, 2021; Senn, 2024). En este sentido, los estudios migratorios en Chile han crecido desde enfoques interdisciplinarios, abordando —entre otros— género e inserción laboral, racialización y producción de representaciones públicas, experiencias organizativas y resistencias frente a regímenes migratorios, dimensiones socioemocionales y de cuidado, y debates contemporáneos sobre transnacionalidad en el Cono Sur (Caro Molina y Cárdenas, 2021; Groos, 2023; Grau Rengifo et al., 2023; Guizardi et al., 2020; Ivanova et al., 2022; Saldívar et al., 2024). Aunque persiste un vacío relativo respecto de los mecanismos cotidianos mediante los cuales se constituyen identidades migrantes y fronteras de legitimidad en ciudades intermedias —especialmente en ámbitos como el arriendo y subarriendo, la inserción laboral, el trato institucional y el uso del espacio público—, donde la “integración” se define en circuitos concretos de acceso, reconocimiento y desigualdad (Canales Urriola y Azócar Weisser, 2022; Contreras et al., 2019).
Desde esta perspectiva, la migración transnacional requiere un marco analítico que sea capaz de dar cuenta de un proceso social denso y conflictivo de reubicación en jerarquías locales, en el que se disputan reconocimiento, legitimidad y pertenencia. En ciudades intermedias, estas tensiones se vuelven especialmente visibles porque la identidad migrante se configura en el cruce entre imaginarios locales, prácticas institucionales y experiencias situadas de estigmatización y desigualdad, afectando tanto las condiciones de habitar como las posibilidades de ser reconocido como un “otro legítimo” en la vida urbana (Soto-Alvarado et al., 2023).
Asimismo, la categoría de “migrante” opera como una marca social que, asociada a procesos de racialización y estratificación, sitúa a los sujetos en posiciones diferenciales dentro del espacio social. La figura del “extraño-extranjero-forastero” permite subrayar que el problema no es solo la llegada, sino el modo en que se administran fronteras de visibilidad, trato y legitimidad en la vida cotidiana: una tensión entre el acto de habitar, permanecer y circular, y las resistencias simbólicas e institucionales que enfrentan quienes son construidos como “otros” (Schütz, 2012).
En este marco, la investigación adoptó un enfoque teórico-interpretativo para analizar la identidad migrante como una construcción social situada, producida en la intersección entre estructuras simbólicas, dinámicas institucionales y experiencias subjetivas. Para ello, la investigación articula tres niveles analíticos complementarios: (1) las formas de clasificación social propuestas por Durkheim y Mauss (1996), útiles para comprender los esquemas simbólicos que ordenan pertenencias y exclusiones; (2) los aportes de Bourdieu sobre campo, habitus y capital, que permiten situar la experiencia migrante en un espacio de posiciones y desigualdades; y (3) la noción de campo social transnacional, que permite interpretar la simultaneidad territorial y simbólica de las trayectorias migrantes (Glick-Schiller, 1992; Levitt y Glick-Schiller, 2004).
En consecuencia, el artículo se pregunta: ¿cómo se configuran identidades migrantes en Osorno en el marco de jerarquías simbólicas y disputas por el reconocimiento, y qué mecanismos cotidianos organizan esa cohabitación en la ciudad? En correspondencia con ello, el objetivo es analizar la producción de identidades migrantes en la ciudad de Osorno, entendidas relacionalmente mediante clasificaciones sociales, posicionamientos diferenciales y formas de configurar el habitar. Estos mecanismos se desarrollan analíticamente en el apartado de resultados, articulando teoría social con material cualitativo situado.
Migraciones transnacionales hacia contextos sur-regionales
La expansión reciente de flujos migratorios hacia ciudades intermedias del sur de Chile ha transformado de manera sustantiva la composición demográfica, los imaginarios sociales y las dinámicas cotidianas en territorios tradicionalmente narrados como homogéneos. En el plano nacional, el Censo 2024 confirma la magnitud del cambio al registrar 1,608,650 personas nacidas fuera del país (8.8% de la población censada), lo que sitúa la migración como un componente estructural de la vida social contemporánea. En el sur, ciudades como Osorno, Puerto Montt o Castro —históricamente alejadas de los grandes circuitos migratorios— se consolidan como espacios de instalación para comunidades haitianas, colombianas y venezolanas, configurando nuevas geografías de movilidad y reordenando la convivencia en escalas urbanas intermedias (Ancalef et al., 2020; Hormero y Vargas, 2021; Pradines, 2023; Terrado, 2019). En el caso de Osorno, los datos tabulados del Censo 2024 reportan 3,779 personas extranjeras residentes en la comuna, cifra que representa un aumento de 122.7% respecto del Censo 2017 (1,697) y que ubica a Osorno como la segunda comuna de la Región de Los Lagos con mayor presencia de población extranjera (10.7% del total regional).
Osorno, en particular, constituye un nodo analítico relevante para observar estos procesos porque, en tanto ciudad intermedia, articula funciones de centralidad y provisión de servicios a escala subregional, mientras mantiene repertorios locales de pertenencia históricamente estabilizados que ordenan quiénes cuentan como “legítimos” en el territorio (Martínez-Rodríguez, 2024; Maturana et al., 2021). Su imagen pública —frecuentemente vinculada a un relato de “tradición” y blanqueamiento asociado a proyectos estatales de colonización y a jerarquías raciales de larga duración en el sur— se ve hoy interpelada por una transformación demográfica sostenida que desplaza marcos ordinarios de clasificación y reconocimiento (Nahuelpan, 2025; Senn, 2024; Urbina et al., 2022). En esta coyuntura, la instalación migrante no solo activa redes de apoyo y circuitos transnacionales, sino que introduce prácticas culturales, economías y consumos identitarios que reconfiguran formas de “hacer lugar” en la ciudad, tensionando jerarquías simbólicas y expectativas locales de respetabilidad (Saldívar, 2025). A nivel estadístico, los registros oficiales confirman la heterogeneización reciente: en la Región de Los Lagos se estiman 35,285 residentes extranjeros y extranjeras (4% de la población regional), y Osorno concentra 5,834 personas extranjeras (16.5% del total regional); además, entre quienes solicitan residencia temporal declarando residencia en Osorno, Haití aparece como país de mayor prevalencia (25.6%), seguido por Venezuela (23.0%) y Colombia (12.3%), aportando contexto para comprender por qué la convivencia se vuelve un campo de disputa por visibilidad, legitimidad y reconocimiento en la vida cotidiana (Servicio Nacional de Migraciones [SERMIG], 2025a, 2025b).
En este marco, la cohabitación no puede reducirse a la idea de “compartir” un territorio: implica una negociación constante de los términos de la presencia —quién puede habitar, bajo qué condiciones, con qué formas de trato y con qué grados de legitimidad—, en un contexto donde las ciudades intermedias y sus espacios públicos tienden a mostrar imágenes de fragmentación y déficits de dispositivos urbanos efectivos para la integración socioespacial, lo que obliga a las personas migrantes a desplegar estrategias situadas de inserción y relación con la ciudad (Canales Urriola y Azócar Weisser, 2022; Passi Livacic, 2023).
En este sentido, en ciudades intermedias, estas disputas se vuelven particularmente visibles porque los circuitos de vivienda (arriendo/subarriendo), trabajo y acceso a servicios operan como dispositivos de clasificación práctica, donde se actualizan fronteras simbólicas en clave territorial y se producen identidades migrantes como posiciones diferenciales en el espacio social (Colmenares y Abarca, 2022; Margarit Segura et al., 2022). Dicho de otro modo, la cohabitación simbólica remite a un régimen local de visibilidad y reconocimiento en el que se entrecruzan: (i) categorías socialmente disponibles para nombrar al “migrante” y jerarquizar cuerpos —frecuentemente atravesadas por experiencias de racismo y desigualdad interseccional— (Mercado-Órdenes y Figueiredo, 2023); (ii) condiciones estructurales que restringen el acceso residencial y precarizan trayectorias habitacionales (por ejemplo, en asentamientos informales o soluciones residenciales de alta vulnerabilidad) (Reyes et al., 2022); y (iii) estrategias de agencia territorial (apropiación espacial, sociabilidades barriales, redes y repertorios cotidianos) que reconfiguran pertenencias y sentidos del habitar, haciendo del barrio un espacio donde se tramitan tensiones, negociaciones y disputas por el uso del espacio (Pérez y Vicencio, 2023). Este triple movimiento permite entender por qué la ciudad intermedia no es un escenario “periférico”, sino un espacio activo de producción simbólica donde se disputan diferencia, reconocimiento y condiciones efectivas de habitabilidad.
Área de estudio
El artículo delimita el área de estudio al radio urbano de la comuna de Osorno, localizada en la Región de Los Lagos, entendida como ciudad intermedia en términos de escala, funciones de articulación territorial y centralidad provincial, condición ampliamente utilizada para analizar prácticas urbanas y experiencias situadas en contextos no metropolitanos (Martínez-Rodríguez, 2024). De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2024, la comuna de Osorno registra 166,455 habitantes y 3,779 personas nacidas fuera del país, equivalentes al 2.3% de la población comunal (Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, 2025). Esta magnitud resulta consistente con la tendencia de incremento observada en la última década: según la Minuta de población extranjera residente en Osorno (junio de 2025), el volumen de población extranjera censada pasó de 1,697 (Censo 2017) a 3,779 (Censo 2024), lo que representa un aumento del 122.7% (SERMIG, 2025a).
Para aproximar dinámicas de asentamiento reciente, es crucial precisar que estos registros se refieren a permisos solicitados/otorgados y no deben leerse como “cantidad de personas”, dado que una misma persona puede haber solicitado más de un permiso en el período (SERMIG, 2025a). Entre 2014 y 2024 se registraron 6,897 solicitudes de residencia temporal asociadas a personas que declararon residir en Osorno (SERMIG, 2025a). En cuanto a la composición por país de origen en dichas solicitudes de residencia temporal, Haití concentra el mayor porcentaje (25.6%), seguido por Venezuela (23.0%) y Colombia (12.3%), patrón coherente con la heterogeneización del asentamiento y con la centralidad que adquieren los circuitos locales de trabajo, vivienda y servicios como soportes materiales de la instalación (SERMIG, 2025a).
Metodología
Enfoque y diseño
Este artículo se inscribe en un enfoque cualitativo teórico-interpretativo con anclaje etnográfico (Hammersley y Atkinson, 2019), orientado a comprender cómo se producen identidades migrantes en una ciudad intermedia del sur de Chile. El propósito no es la generalización estadística, sino la producción de generalización analítica mediante la reconstrucción de mecanismos socio-simbólicos que estructuran la cohabitación cotidiana y las disputas por legitimidad y reconocimiento (Yin, 2018). En términos epistemológicos, se adopta una orientación hermenéutica que asume que los significados sociales se constituyen históricamente y se actualizan en prácticas e interacciones concretas; por ello, el análisis privilegia reconstruir marcos de sentido y fronteras de legitimidad en la vida urbana (Gadamer, 1999).
Corpus y producción de material
El análisis se sostiene en un conjunto de materiales cualitativos producidos entre 2020 y 2023, en el marco de una aproximación interpretativa situada en la vida urbana de Osorno. Este corpus se construyó a partir de dos fuentes que dialogan entre sí y permiten observar, desde registros diferentes, los mecanismos cotidianos mediante los cuales se organiza la cohabitación simbólica.
Por una parte, se trabajó con registros etnográficos elaborados mediante observación participante, recorridos urbanos y notas de campo. Estos registros recogen escenas y situaciones vinculadas a dimensiones especialmente sensibles para la experiencia migrante: trabajo, arriendo y circulación por el espacio público, incluyendo interacciones en dispositivos de atención y tramitación donde se actualizan prácticas de reconocimiento, deslegitimación o trato diferencial.
Por otra parte, se realizaron diez entrevistas en profundidad a personas migrantes residentes en la ciudad. En el manuscrito se incorporan extractos de cuatro informantes, seleccionados por su densidad descriptiva y por la pertinencia de sus relatos para ilustrar y tensionar los mecanismos analíticos discutidos. Las entrevistas restantes no se citan de forma directa, pero se emplearon como insumo para el contraste interno del material, la identificación de recurrencias, la búsqueda de variaciones y el ajuste progresivo de categorías interpretativas.
En todos los casos, los nombres que aparecen en el texto corresponden a seudónimos y los fragmentos citados fueron desidentificados para resguardar la confidencialidad de las personas entrevistadas y de situaciones potencialmente sensibles.
Estrategia de análisis
El análisis se desarrolló mediante codificación temática de los registros y entrevistas, complementada con memorandos analíticos para construir categorías interpretativas (Braun y Clarke, 2006). El trabajo se organizó en torno a tres mecanismos articulados de cohabitación simbólica: (1) clasificación/estigmatización y fronteras simbólicas de legitimidad; (2) desacreditación de capitales y desajuste de habitus en mercados locales (especialmente arriendo y trabajo); y (3) reanclajes transnacionales de pertenencia y estrategias de agencia situada (por ejemplo, redes, visibilidad modulada y resignificación territorial). Estos mecanismos guiaron la selección de escenas y fragmentos, la comparación interna y la redacción del apartado de resultados.
Consideraciones éticas y criterios de calidad
Se resguardó la confidencialidad mediante anonimización y eliminación de datos identificatorios de personas, lugares específicos y situaciones sensibles, utilizando seudónimos en los fragmentos citados. Esta investigación contó con consentimiento informado de las personas cuyas citas se incorporan en el artículo, de acuerdo con resguardos de confidencialidad y uso no identificatorio de la información. Cabe señalar que parte de las notas de campo utilizadas provienen del proceso de tesis de magíster titulada De amores y distancias: experiencias emocionales de comunidades colombianas y venezolanas en Osorno, Chile, investigación que siguió los lineamientos éticos del Comité Científico de la Universidad de Los Lagos, conforme a los formularios tipo y procedimientos institucionales establecidos.
Marco teórico: clasificaciones, jerarquías simbólicas y disputas de pertenencia transnacional
Analizar identidades migrantes en contextos sur-regionales de Chile exige una arquitectura teórica capaz de articular lo estructural con lo situacional, comprendiendo dispositivos de clasificación que jerarquizan cuerpos y trayectorias, los mecanismos mediante los cuales mercados locales e instituciones reconocen o desautorizan capitales y las formas en que los sujetos rearticulan pertenencias y recursos más allá de las fronteras estatales. En este trabajo, la identidad migrante no se asume como un atributo esencial o estable, sino como un efecto relacional de procesos de identificación, categorización y posicionamiento que se actualizan en interacciones, mediaciones institucionales y prácticas urbanas (Brubaker y Cooper, 2000). En esa misma línea, la cohabitación simbólica se propone como un concepto analítico para describir el régimen local de fronteras simbólicas —de visibilidad, trato y legitimidad— mediante el cual se negocia quién puede habitar, bajo qué condiciones y con qué reconocimiento (Lamont y Molnár, 2002). Sobre esta base, el marco teórico se organiza en tres ejes complementarios: (1) una crítica de los sistemas de clasificación y su papel en la producción del estigma; (2) una lectura relacional de la posición migrante desde campo, habitus y capital; y (3) una perspectiva transnacional sobre pertenencia múltiple, atravesada por dinámicas de control, fronterización y agencia situada. Esta articulación permite delimitar mecanismos interpretativos coherentes con el análisis empírico —arriendo, trabajo, trato institucional y uso del espacio público—, evitando explicaciones exclusivamente culturalistas o, en el extremo contrario, reducciones macroestructurales que opacan la dimensión cotidiana del reconocimiento.
Clasificación y estigmatización: la migración como frontera simbólica
Toda sociedad produce marcos clasificatorios que delimitan lo propio y lo ajeno, lo legítimo y lo desviado. En la tradición de Durkheim y Mauss (1996), estas taxonomías no operan solo como esquemas cognitivos, sino como órdenes morales que sostienen jerarquías, distribuyen pertenencias y estabilizan un “nosotros” social. En contextos migratorios, estos marcos no se activan únicamente como discurso: se actualizan como prácticas de frontera en la vida cotidiana (qué se tolera, qué se sospecha, qué se sanciona), especialmente cuando los cuerpos migrantes son racializados y leídos como “alteridad” disruptiva.
En esta línea, el estigma, desde la lógica de Goffman (2009), funciona como una marca socialmente producida que reduce al individuo a un atributo desacreditante y permite conceptualizar cómo la figura del migrante se vuelve un signo condensador de sospecha y déficit (déficit de lengua, legalidad, “cultura” o “civilidad”). Así, la clasificación opera como tecnología social: no solo nombra, sino que distribuye credibilidad, define umbrales de tolerancia y organiza condiciones diferenciales de trato. En consecuencia, el estigma no “describe” al migrante: lo produce como figura social, ordenando anticipadamente el campo de lo reconocible y lo legítimo.
Complementariamente, Bauman (2010) permite comprender el ordenamiento de estas clasificaciones bajo imaginarios modernos de orden y homogeneidad, donde ciertos grupos son producidos como “excedentes” o cuerpos fuera de lugar. En este sentido, en ciudades como Osorno, marcadas por repertorios de cohesión y narrativas históricas de pertenencia, la presencia de migrantes puede activar formas específicas de defensa simbólica: distancia social, sospecha y cierre moral hacia el “nosotros” (Bauman, 2003). Por ende, la importancia analítica de este eje permite comprender que la desigualdad no aparece solo como falta de recursos, sino como una economía moral del reconocimiento: los procesos de clasificación definen qué vidas serán inteligibles, audibles y creíbles, y cuáles quedarán sujetas a visibilidad estigmatizada o silenciamiento.
Habitar el campo: desigualdad estructural, habitus desplazado y capital desacreditado
Para comprender cómo estos marcos simbólicos se articulan con la estructura social, la teoría de Bourdieu ofrece un aparato relacional que permite evitar el lenguaje normativo de la “integración” como ajuste individual. La noción de campo (Bourdieu, 1998, 2002) describe un espacio de relaciones entre posiciones jerarquizadas, donde el acceso a recursos materiales y simbólicos se disputa según reglas históricamente constituidas. Desde aquí, la llegada migrante puede leerse como un ingreso a campos (laboral, habitacional, institucional) donde los criterios de legitimidad y valorización no son neutros: están distribuidos de manera desigual y tienden a favorecer capitales localmente reconocidos.
En esa dirección, el concepto de habitus (Bourdieu, 1991) permite comprender por qué la experiencia migrante no se reduce a “adaptación”: los sujetos actúan desde disposiciones incorporadas en trayectorias previas. Cuando esas disposiciones ingresan a un campo distinto al que las produjo, puede emerger una disonancia habitus–campo (Bourdieu, 1991, 1998): prácticas, estilos de comunicación, credenciales o modos de habitar que eran plenamente inteligibles en el origen devienen ambivalentes o deslegitimados en el destino. Este desajuste se intensifica cuando los capitales que el sujeto porta (cultural, social, simbólico) pierden convertibilidad en el nuevo campo, porque su valor depende de reglas locales de reconocimiento, jerarquías vigentes y mediaciones institucionales.
En Osorno, este reconocimiento social suele anclarse en repertorios de pertenencia territorial y en códigos tácitos de respetabilidad; este proceso se expresa con fuerza en circuitos concretos —empleo, arriendo y subarriendo, acceso a garantías y trato institucional— (Campos Medina y Facuse Muñoz, 2019; Contreras et al., 2019). En ese marco, el migrante puede habitar el campo desde posiciones “en el borde”: presencia tolerada, funcionalizada o sospechada, según cómo sus capitales sean leídos y traducidos (o no) por actores locales. La violencia simbólica, como dominación que opera invisibilizando sus fundamentos, se vuelve clave para entender por qué desigualdades materiales aparecen como “naturales” o “merecidas” y por qué ciertos sujetos son responsabilizados por obstáculos estructurales que, en rigor, derivan de lógicas de campo (Bourdieu, 1991).
Transnacionalización de la pertenencia: simultaneidades, fronteras porosas y agencia situada
Frente a las limitaciones del nacionalismo metodológico, el enfoque transnacional permite comprender que la vida migrante se despliega en un campo de simultaneidades: vínculos familiares, circulaciones económicas, prácticas culturales y repertorios afectivos que conectan origen y destino de manera no lineal (Levitt y Glick-Schiller, 2004). Estas territorialidades múltiples no son únicamente “contexto”: forman parte de la producción de subjetividad y de las formas concretas del habitar, en la medida en que sostienen redes, expectativas, comparaciones y recursos que inciden en la vida cotidiana local (Faist, 2000; Levitt, 1998).
Ahora bien, el transnacionalismo no ocurre en el vacío. Está atravesado por regímenes de control, jerarquías de movilidad y dispositivos de fronterización que organizan quiénes pueden circular, asentarse o permanecer, y bajo qué condiciones (Mezzadra y Neilson, 2013). En ese marco, la pertenencia transnacional se constituye también como terreno de disputa: se activa como recurso (redes, apoyo, circulación de ideas y prácticas), pero también como marca de alteridad, sospecha o “no-pertenencia” en la ciudad de llegada, especialmente cuando la legalidad/ilegalidad y la (de)portabilidad operan como condiciones estructurantes de la experiencia migrante (Boccagni, 2017; De Genova, 2002; Levitt, 1998).
Resultados
Subjetividad migrante y cohabitación simbólica
La experiencia migratoria no puede ser comprendida únicamente desde variables estructurales o macroeconómicas; exige una lectura que incorpore la dimensión subjetiva como un espacio en disputa, moldeado por relaciones de poder, afectos, exclusión y reconocimiento. En este marco, la subjetividad migrante se configura como una construcción relacional: se produce en la interacción cotidiana y en mediaciones institucionales que distribuyen credibilidad, legitimidad y valor social a las personas migrantes. En términos de Sayad, la condición migrante se constituye como una experiencia social atravesada por la sospecha y por formas específicas de descalificación, donde la pertenencia se vuelve problemática y el “lugar” del migrante queda estructuralmente tensionado (Sayad, 2010).
Desde esta perspectiva, el reconocimiento no opera como un gesto interpersonal aislado, sino como un régimen social que organiza quién puede ser visto como un “otro legítimo” en la vida urbana. En contextos migratorios, las condiciones de reconocimiento quedan atravesadas por sistemas de clasificación racial, cultural y política que producen jerarquías de visibilidad y formas ordinarias de exclusión, afectando la posibilidad de habitar, circular y participar en el espacio público (Bauman, 2016; Goffman, 2009). Esta dimensión aparece con fuerza en los relatos cuando se actualizan etiquetas públicas sobre “quiénes” ocupan ciertos espacios y con qué cargas morales, produciendo un régimen cotidiano de jerarquía.
Por otro lado, la cohabitación simbólica se vuelve el escenario donde estas tensiones se actualizan, no solo en términos espaciales, sino también afectivos y políticos. Cohabitar no es simplemente compartir territorio, sino negociar constantemente los límites de lo que se considera propio, legítimo o deseable en la vida urbana, particularmente en torno a usos del espacio público, formas de habitar y repertorios de convivencia cotidiana (Arriagada-Sickinger y Contreras-Gatica, 2023; Pérez y Vicencio, 2023; Ramírez, 2023).
Desde esta lógica, los migrantes llegan a campos sociales donde sus esquemas incorporados —prácticas, disposiciones y modos de ser— no necesariamente son legibles o valorados (Bourdieu, 2000). Esto produce una disonancia que afecta profundamente la vivencia del cuerpo, del tiempo y del vínculo social. En las entrevistas, esta disonancia se expresa como experiencia de ajuste frente a reglas tácitas de trato, expectativas y jerarquías que se vuelven más visibles en el trabajo, en la calle y en la interacción cotidiana: “Imagínate como todo ese estigma de ser colombiano en ese tiempo… en las pegas como que te decían cosas, pero la misma gente de acá me decía que no los pesque (risas)” (Samuel, migrante colombiano, entrevista en profundidad, 2023).
El fragmento muestra cómo el estigma no es un “atributo” individual, sino un efecto relacional que atraviesa la experiencia laboral y emocional, reubicando al sujeto en posiciones de menor legitimidad. A la vez, permite observar la ambivalencia del campo local: junto con la marca estigmatizante, también emergen apoyos situados que amortiguan o reorientan el impacto.
A pesar de ello, la subjetividad migrante no es pasiva. La agencia no desaparece bajo la exclusión, sino que se redefine: los sujetos migrantes desarrollan estrategias de visibilidad modulada, de silencios tácticos, de reinscripción cultural, o bien crean redes comunitarias que resisten el aislamiento. Estas formas de agencia situada no siempre se traducen en confrontación abierta, sino en modos creativos de habitar lo público, de ocupar lo simbólico y de desafiar, a veces desde los márgenes, los límites del reconocimiento social (Saldívar et al., 2022; Saldívar, 2025).
Este enfoque permite ver la cohabitación simbólica como un proceso conflictivo y denso, donde la producción de subjetividad está íntimamente vinculada al conflicto por el lugar, por el nombre y el reconocimiento. En ese sentido, el territorio —como se desarrolla en el apartado siguiente— no es un escenario vacío, sino un campo cargado de disputas donde se juega lo político, lo afectivo y lo identitario de la experiencia migrante.
Territorios simbólicos y experiencias migrantes en el sur de Chile
Osorno, territorio que ha sido tradicionalmente configurado por narrativas de pertenencia local y continuidad urbano-rural, históricamente ligadas a la cultura agropecuaria y a su área de influencia territorial, sostiene repertorios locales de arraigo y respetabilidad (Weibel-Fernández, 2021). La llegada de comunidades migrantes a estos espacios activa tensiones que exceden lo demográfico o lo urbanístico: se trata de un choque de imaginarios, donde se reconfiguran los límites de lo propio y lo ajeno, lo local y lo extranjero (Haesbaert, 2013; Nogué, 2007). Este choque se hace visible en relatos que describen cómo ciertos lugares (plazas, barrios, circuitos cotidianos) quedan codificados moralmente a partir de quiénes los habitan o transitan:
Recuerdo una vez que una señora me dijo ‘yo no quiero ir a la plaza de Osorno, porque está llena de negritos’… y claro todos conocen la plaza y había un montón de señoras diciendo ‘a no voy, está lleno de negritos’.
(Yuliana, entrevista en profundidad, 2021).
El fragmento evidencia cómo el territorio opera como frontera simbólica: no solo organiza desplazamientos y usos del espacio, sino que activa clasificaciones racializadas que delimitan quién pertenece y quién aparece como presencia ilegítima. La territorialidad, en este sentido, no se limita a lo físico ni a lo administrativo: se entrelaza con formas de apropiación simbólica que producen jerarquías de reconocimiento y exclusión (Haesbaert, 2013).
A su vez, el ingreso al espacio urbano no se da únicamente a través de políticas o empleos formales, sino también por medio de vínculos informales y redes de apoyo que permiten reconstruir trayectorias en condiciones de vulnerabilidad. En las entrevistas aparece con claridad el peso de las redes —frecuentemente mixtas, con fuerte presencia de apoyos chilenos— para acceder a alojamiento, primeros trabajos y estabilización material: “Llegué por redes de amistades chilenas… una de ellas me dio alojamiento, me ayudaron un poco en temas económicos… fue por redes de amistades chilenas” (Felipe, entrevista en profundidad, 2023).
Sin embargo, junto con estas mediaciones de apoyo, también se describen experiencias de distancia social y cierre comunitario en la escala barrial: el “vecindario” como espacio donde se expresa una sociabilidad restringida, que vuelve más difícil activar reciprocidades mínimas y produce una sensación persistente de ajenidad cotidiana: “Yo no conozco a nadie… si tuviera un vecino, uno le diría ‘déjame quedar aquí mientras llega’, pero uno nadie… y los vecinos no lo saludan a uno, pues te miran como feo” (Helena, entrevista en profundidad, 2023).
Tal como plantea Nogué (2007), el territorio funciona como un escenario simbólico en el que se escenifican conflictos identitarios y luchas por el reconocimiento. En ciudades como Osorno, la presencia migrante transforma recorridos, lenguajes, códigos culturales y modos de ocupar el espacio. No obstante, este proceso no ocurre sin resistencia: se activan mecanismos de defensa simbólica por parte de sectores que perciben amenazada su hegemonía cultural o su monopolio territorial, reponiendo fronteras prácticas de pertenencia.
Desde una perspectiva transnacional, los territorios no pueden entenderse ya como espacios cerrados, sino como espacios de circulación, conexión y simultaneidad, donde los sujetos migrantes tejen relaciones afectivas, económicas y políticas que desbordan la escala local. Osorno, en este sentido, se configura como un nodo dentro de una cartografía más amplia, una ciudad intermedia donde se condensan procesos globales de movilidad, desplazamiento y transformación identitaria (Haesbaert, 2020).
Así, emergen nuevas formas de ciudadanía cotidiana que desafían el monopolio simbólico de lo nacional y proponen otros modos de vivir juntos. No obstante, esta reconfiguración territorial convive con prácticas persistentes de racismo estructural, vigilancia urbana, precarización laboral y exclusión institucional (Cociña-Cholaky, 2022). La ciudad se convierte en un espacio ambivalente: a la vez, escenario de posibilidades y campo de contención. Esta ambivalencia territorial produce subjetividades migrantes marcadas por la inestabilidad simbólica: se es visible, pero no plenamente reconocido; se participa sin pertenecer del todo; se habita sin tener garantizado el derecho a permanecer.
En este marco, comprender la experiencia migrante en el sur de Chile implica reconocer que el territorio es también un dispositivo de poder que organiza jerarquías, distribuye legitimidades y modela identidades. En este sentido, la ciudad deja de ser un espacio neutro de cohabitación, ya que se transforma en un espacio donde emergen nuevas formas de exclusión, relaciones y tensiones sociales.
Conclusiones
La experiencia migrante en Osorno constituye un fenómeno analíticamente complejo, porque permite observar, a escala subnacional, cómo se producen fronteras de pertenencia allí donde la convivencia se organiza sobre repertorios locales relativamente estabilizados. A partir de una lectura teórico-interpretativa con anclaje cualitativo, este artículo examinó la construcción de identidades migrantes como un proceso relacional y situado, atravesado por jerarquías simbólicas, mediaciones institucionales y disputas cotidianas por el reconocimiento. En este marco, el aporte central no fue describir “rasgos” del migrante, sino reconstruir mecanismos mediante los cuales la ciudad clasifica, jerarquiza y habilita (o restringe) posiciones de legitimidad para distintos cuerpos y trayectorias.
En primer lugar, los resultados sostienen que la identidad migrante se configura mediante un régimen local de visibilidad y clasificación. En interacciones ordinarias (calle, vecindario, espacios públicos), la nacionalidad, el acento y, especialmente, la racialización operan como marcadores que ordenan la diferencia. Este mecanismo no solo produce estigma, sino que define umbrales prácticos de trato y reconocimiento: quién puede circular sin ser interpelado, qué presencias se vuelven “problemáticas” y qué cuerpos quedan asociados a sospecha o incomodidad pública. La identidad, en este sentido, aparece como una posición que se asigna socialmente y que exige respuestas situadas (modulación de visibilidad, cautelas en el espacio público, selección de circuitos urbanos).
En segundo lugar, se mostró que la cohabitación simbólica se materializa en dispositivos concretos —sobre todo en el mercado del arriendo y en el campo laboral—, donde se actualizan fronteras de legitimidad bajo criterios aparentemente técnicos (papeles, garantías, “confianza”). Allí, los sujetos experimentan desacreditación de capitales y desajustes entre disposiciones incorporadas y reglas tácitas del campo local. Más que una “falla de integración”, lo que se observa es la producción de posiciones subordinadas en circuitos que deciden el acceso a vivienda y trabajo, y que, por lo mismo, estructuran la forma concreta del habitar. Esta dimensión refuerza que la identidad migrante no es solo un asunto cultural: se define también por condiciones de acceso, reconocimiento y convertibilidad de recursos en la ciudad.
En tercer lugar, el artículo evidenció que estas fronteras no producen sujetos pasivos. Las entrevistas analizadas muestran agencia situada mediante redes, apoyos comunitarios, mediaciones religiosas y arreglos cotidianos que permiten sostener la instalación y reanclar pertenencias. La pertenencia transnacional aparece aquí menos como “doble residencia” y más como un recurso práctico para estabilizar trayectorias: circulación de información, soportes de cuidado, alojamiento inicial, acceso a oportunidades y recomposición biográfica. En ciudades intermedias, donde la infraestructura institucional puede ser más fragmentaria y los circuitos de reconocimiento más cerrados, estas redes adquieren un peso específico en la producción del habitar y en la posibilidad de permanecer.
En conjunto, estos tres mecanismos —(i) clasificación/estigma, (ii) desacreditación de capitales y desajuste habitus-campo, y (iii) agencia y reanclajes— permiten afirmar que la cohabitación simbólica no es coexistencia espacial, sino un proceso de negociación conflictiva en el que se dirime quién cuenta como parte del “nosotros” urbano. Bajo esta lente, la ciudad intermedia no funciona como escenario periférico de procesos metropolitanos, sino como un espacio activo de producción simbólica y territorial donde se condensan tensiones contemporáneas de ciudadanía, diferencia y reconocimiento.
Finalmente, hablar de subjetividades migrantes en tensión implica reconocer que la identidad migrante se produce en el cruce de tres fuerzas simultáneas: la clasificación que delimita la legitimidad del “otro”, la estructura que desacredita capitales y restringe el acceso material al habitar, y la agencia que reancla pertenencias y reconfigura prácticas territoriales. La noción de cohabitación simbólica permite nombrar precisamente esa tensión: un régimen cotidiano donde se disputa el derecho a estar, a permanecer y a ser reconocido en la ciudad intermedia como espacio socialmente vivido y políticamente organizado.
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Notas
1 Trabajador social. Magíster en Ciencias Humanas, mención Historia, Universidad de Los Lagos. Doctor (c) en Ciencias Sociales en Estudios Territoriales.
Afiliación: Universidad de Los Lagos, Osorno, Chile.
Correspondencia: Av. Fuchslocher 1305, Osorno, Chile. Código postal: 5290000, Chile.
Correo electrónico: vladimir.pradines@ulagos.cl. ORCID: https://orcid.org/0000-0001-7959-9869