Una aproximación a los significados que construyen los migrantes haitianos en torno al territorio en la ciudad de Valparaíso

An approach to the meanings built by Haitian migrants around the territory in the city of Valparaíso

 

Fecha recepción: marzo 2018 / fecha aceptación: junio 2018

 

Paula Cárdenas Guzmán1 y Carolina Bobadilla Valdebenito2

 

 

Resumen

El presente estudio busca indagar sobre las realidades migrantes haitianas, en su reciente establecimiento en la ciudad de Valparaíso; sus movimientos y trayectorias que surgen a partir del encuentro entre “lo haitiano” y “lo chileno”. Entendiendo que, en un contexto globalizado, las fronteras se difunden, y, con ello, las culturas no podrán ser encapsuladas a partir de límites geográficos establecidos, sino más bien, como nuevas expresiones e identidades que trascienden la materialidad del territorio.

 

Palabras claves: Migración, Cultura, Interculturalidad, Territorio, Haití.

 

 

Abstract

This work explores Haitian migrant realities, specifically about their recent establishment in the city of Valparaíso; their movements and trajectories which arise from the encounter between “the Haitian reality” and “the Chilean reality”. Understanding that, immerse on a globalized context, borders are disseminated, and, along with that, cultures cannot be encapsulated from established geographical limits, but rather, as new expressions and identities which transcend the materiality of the territory.

 

Keywords: Migration, Culture, Intercultarility, Territory, Haiti.

 

Introducción

Los límites geográficos pretenden favorecer la organización y ordenamiento del mundo, desde los grupos humanos hasta sus prácticas cotidianas. A partir de esta segmentación, la distinción de nosotros-ellos, adentro-afuera, resultaría facilitadora para definir y analizar procesos sociales. No obstante, este modo estático y binario de comprender la realidad, no tiene cabida en un contexto social globalizado, al invisibilizar los procesos que surgen a partir del encuentro entre culturas.

Es por ello que una nueva comprensión de las culturas, estaría basada en una lectura desterritorializada y transnacional (Garcés, 2006), que entiende que las identidades culturales cruzan fronteras geográficas y políticas, para expresarse en múltiples espacios sociales, con continuidades y transformaciones que se particularizan en cada uno de éstos nuevos contextos. Esto mismo, no indica que los componentes territoriales dejan de importar, sino más bien, nos plantea la posibilidad de una apertura a la fórmula tradicional que asimila un territorio a solo una cultura.

El migrante es quien cumple un rol esencial en este proceso de reconfiguración cultural, ya que al ser producto y re-productor cultural, mediante su movimiento corporal, transporta sus particularidades a otro territorio, favoreciendo procesos de hibridación y transformación cultural.

Allí es, entonces, donde reside la importancia de la dimensión territorial abordada en la presente investigación, al ser considerada como aquella que visibiliza y materializa las nuevas expresiones interculturales que conlleva el fenómeno migratorio. Así, las investigadoras se aproximan a la cotidianeidad de los sujetos migrantes, entendiendo que en espacios como el trabajo, la escuela, la calle y los espacios públicos, es donde se expresa el encuentro entre culturas y, por tanto, donde se construyen y de-construyen significados respecto de sí y del otro.

 

Una lectura intercultural del fenómeno migratorio

La cultura, tradicionalmente, se comprende como algo compartido, común a quienes residen en un mismo territorio y que los diferencia de los demás, pero en la actualidad cabe la reflexión ¿qué tan diferenciados estamos de los demás?

Para García Canclini (2004), estaríamos siempre en relación con otras culturas, a pesar de las fronteras geográficas y políticas, a través de los medios de comunicación, tecnología, gastronomía, modos de vestir, entre otros. Este pensamiento desterritorializado parece más acorde a la lectura del fenómeno migratorio, ya que el migrante vendría a tensionar la supuesta homogeneidad cultural, aportando riqueza y diversidad a la “cultura tradicional”.

El sujeto migrante se moviliza, llevando consigo una carga de significados desde el lugar de origen, que se expresan, transforman y/o resguardan en el territorio. Y si bien el sujeto orienta su actuar a través de un imprinting cultual (Morín, 1992) propio de sus orígenes, también se ve influenciado por sus experiencias individuales desarrolladas en el nuevo territorio. A partir de este encuentro intercultural en el nuevo territorio, es que irán configurando los modos en que hacen uso del mismo, y con ello, creando y re-creando los significados que le atribuyen.

Ahora bien, se requiere tener un entendimiento común respecto del marco teórico que sustenta la investigación, que se construye, en este caso, a partir de tres grandes contenedores, a saber, culturas, migración y territorio.

Respecto de las culturas, se requiere una visión que reúna aquello particular como “lo hibridado”. Geertz entiende la cultura como “sistemas en interacción de signos interpretables” (Geertz, 1973, p.27), indicando que el hombre -en su sentido genérico- es producto cultural, y por ende previo a él, existirían esquemas históricamente creados que ordenan y sustentan la acción humana, compartidos dentro de una misma cultura. Por tanto, propone un estudio interpretativo de los sujetos, apelando a aquello que les hace diferenciables de otros sistemas culturales. Esta conceptualización permite reconocer aquello particular de lo “haitiano” frente a la cultura “chilena”, valorando lo que los mismos sujetos dicen e interpretan sobre su cultura y de su experiencia en el nuevo país. García Canclini, por su parte, aporta una comprensión de los procesos de hibridación cultural, entendiéndolo como una “confrontación y el entrelazamiento, a lo que sucede cuando los grupos entran en relaciones e intercambios” (García Canclini, 2004, p.15). En estos encuentros, se producen negociaciones, conflictos e intercambios recíprocos, afectando los modos de vida de los grupos culturales. Queda señalar, que estos procesos no se dan de forma armónica ni simétrica, ya que, quienes detentan el poder pretenderían hegemonizar la reproducción de pautas para mantener un orden, generándose mecanismos de resistencia y/o asimilación entre los distintos grupos. Esto es claramente visible en el fenómeno migratorio actual, donde los “recién llegados” deberán adoptar aquello que la sociedad de “acogida” determina.

En síntesis, respecto de lo que se considerará por cultura, en el marco de estudio de la migración haitiana, Geertz permite una comprensión del sujeto a partir de su propio entramado de significados, considerando su marco vivencial e histórico, y así contribuir a una interpretación más profunda de cómo ellos significan y se mueven en la ciudad de Valparaíso. Y por su parte, García Canclini, llama a recordar la alteridad cultural en que se enmarca el estudio y los conflictos que se viven la experiencia migratoria, profundizando los procesos de adaptación y transformación en el contexto chileno. En suma, las culturas se nutren de aquello propio, como aquello que es puesto en relación.

Al referirse al concepto de migración, se requiere considerar la complejidad que surge al intentar definir un fenómeno que presenta en sí mismo ambigüedad. Esto lo evidencia Lacomba (2001), para quien, el “ser migrante” sería una condición que, en sí misma, indica una doble cara, ya que es emigrante para la sociedad de origen y, al mismo tiempo, inmigrante en la que entra. A su vez, Todorov, muestra que esta relación de alteridad está puesta en un criterio puramente relativo, ya que “sé es extranjero solamente a los ojos de los autóctonos, ésa no es una cualidad intrínseca; decir de alguna persona que ella es extranjera, es, evidentemente, decir muy poco de ella” (Todorov, 1988, p.5). Es más, continuando con la relatividad del concepto, la condición del migrante dependerá de la unidad temporal desde la cual se ponga como punto de inicio, es decir, si se estudia el fenómeno migratorio solo desde las últimas décadas, se invisibilizará los procesos de movilidad humana de épocas anteriores, poniendo en tensión a aquello que se conoce como “nativo”, haciendo un llamado a preguntarse si esto es tan propio y original, como tiende a considerarse socialmente.

Por otra parte, desde un nivel más general y filosófico, la figura del “extranjero” propuesta por Simmel, también da luces respecto de la condición migrante, al evidenciar las relaciones de inclusión y exclusión dentro de la sociedad.

El extranjero, entonces, sería un extraño en el lugar de llegada, en la medida que tiene un pasado histórico y una biografía desconocida, y que al quedarse en el territorio, podrá significar que la continuidad de su biografía será compartida con los demás miembros del grupo (Simmel, 2012, p.183). En este sentido, el extraño comienza a formar parte del grupo, aunque no en igualdad de condición que los demás miembros, por tanto, existiría una situación de ambivalencia: no habla de una total exclusión, el extranjero podría estarlo bajo un aspecto, pero no bajo todos. Del mismo modo, él podría ser parte de un grupo y al mismo tiempo, no sentirse parte completamente. Así también, el ser extranjero o “extraño”, estaría caracterizado principalmente por un sentido de transitoriedad, es decir, es quien no tiene completamente asegurada ni la partida ni la permanencia en el lugar, lo cual aumenta la incertidumbre en el desarrollo identitario tanto del sujeto como del grupo dentro del territorio.

Esta perspectiva, en el estudio migratorio de la comunidad haitiana, permite reconocer la alteridad y la forma en que ésta se presenta a los sujetos, es decir, el ordenamiento que deberán tomar dentro de la sociedad y qué tan incluidos se encontrarán dentro de ella, entendiendo que los procesos de inclusión se dan en grados distintos y varían según las situaciones. Así, los haitianos podrán dar muestras diferenciadas de la experiencia de exclusión en Chile, evidenciándose en prácticas más o menos implícitas, pero de exclusión igual.

Ahora bien, ya se refirió en un primer momento los aspectos complejos y ambiguos del concepto, a través de considerar aquello transitorio y relativo, así como los movimientos de exclusión e inclusión presentes en la experiencia migratoria. No obstante, también se requiere de una definición que permita aunar elementos característicos respecto de lo que se entenderá por el fenómeno migratorio. Es así, que se recurre a la definición de migración propuesta por Lacomba, que la entiende como “... el tránsito de un espacio social, económico, político y/o cultural a otro, con el fin de desarrollar un determinado proyecto y tratar de responder a unas determinadas expectativas personales o de grupo” (Lacomba, 2001), de esta manera, hablaría de expectativas que movilizan a los sujetos y/o grupos a trasladarse de un territorio a otro, incorporando también, lo social, cultural y económico presente en éste, así como las relaciones e interacciones que surgen entre el grupo migrante con la sociedad receptora.

Entonces, Lacomba (2001) habla de una concepción dinámica y multifactorial de la migración, desvinculándose de las ideas clásicas enfocadas sólo en los factores económicos que mueven a las personas. El proyecto migratorio, se gestaría en el momento en el que se da la conjunción de condiciones y estímulos necesarios: sentimiento de insatisfacción o precariedad (objetiva o no) y expectativas de cambio y ascenso social, antecedentes migratorios en la familia, círculo de amigos o del vecindario, presión social y posesión de los recursos mínimos necesarios para emigrar, entre otros elementos. Es por lo mismo que el “conocimiento de las sociedades desde las que se emigra resulta tanto o más necesario que el de aquellas a las que se inmigra, ya que nos permite disponer de una visión global de las migraciones” (Lacomba, 2001). Desde esta perspectiva trasnacional, la trayectoria en el país de origen deberá recuperarse, para entender de mejor manera la etapa emigratoria.

Por último, el territorio es donde se concretiza y materializa el encuentro con otro, lo cual se ve permeado a partir de lógicas culturales y experiencias individuales que demarcan las formas de significar y hacer uso de este. Cabe destacar, entonces, que el territorio no es una materialidad neutra, sino que se encuentra cargada de significados sometidos a procesos de transformación y/o resistencia a partir de la interacción de distintos grupos, y que si bien hay ciertos significados comunes a un territorio, no todos los sujetos lo comprenden de igual modo.

En este sentido, Marc Augé toma relevancia con su definición de lugar antropológico y de su contrario, los no lugares. El lugar es aquel que resulta identificatorio, relacional e histórico (Augé, 2002, p.58). Identificatorio refiere a que éste está cargado de sentido para los sujetos, mientras que lo relacional alude a las posiciones y relaciones existentes entre los individuos y grupos. Por último, los lugares serían históricos debido a la trayectoria temporal y significativa de la permanencia de un grupo cultural en dicho lugar. Por otro lado, “un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar” (Augé, 2002, p.83). Este representaría la urgencia del momento, el anonimato de las relaciones y el tránsito, para quién haga uso de este de forma provisional. Es importante señalar que un territorio no sería por definición un lugar o no lugar, sino más bien, puede ser ambos al mismo tiempo, debido a la superposición de significados que los diferentes grupos sociales y culturales construyen en torno a él.

Kevin Lynch (2008), a su vez, profundiza en el concepto de “legibilidad” del paisaje urbano, el cual refiere a la facilidad con que pueden reconocerse y organizarse sus partes en una pauta coherente, actuando como un marco de referencia y como un organizador de actividades, creencias y conocimientos de los sujetos, que sería la base para el desarrollo individual, confiriendo al poseedor de esta imagen una sensación de seguridad y de “hogar”. Asimismo, esta representación o imagen de la ciudad tendría una función de materia prima para los símbolos y recuerdos colectivos de un grupo.

Por tanto, la identidad de un lugar tiene relación con “el grado en que una persona puede reconocer o recordar un sitio como algo distinto a otros lugares en cuanto tiene un carácter propio, vivido, excepcional o al menos particular” (Lynch, 1985, p.100). En otras palabras, el “estar aquí”, es el soporte al soy, donde la identidad del sujeto está asociada a acontecimientos o hechos en un territorio, donde se forma lo propio y/o nuestro. Es así como el espacio físico y la memoria tienen coherencia y son mutuamente asociados por sus habitantes.

Alain Tarrius continúa con la idea de que el territorio es una expresión del vínculo social y la marcación espacial de una conciencia histórica de ‘estar juntos’. Así también es el lugar donde se evidencian las negociaciones de la población que le habita, con las que se rodea (Tarrius, 2000, p.54). En todos estos aspectos es posible reconocer el encuadre de alteridad e interculturalidad que define y hace comprensible el territorio.

Entonces, el territorio será comprendido desde Tarrius como un

“Espacio-tiempo de los consumos repetitivos, a menudo cotidianos, de los lugares y de la reactivación de los vínculos de identidad, una dimensión constituida por las secuencias temporales como caminos usados para realizar actividades, señalando proximidades sociales y espaciales fundadoras de la cohesión del grupo y de las vecindades” (Tarrius, 2000, p.43).

Por tanto, estaría en juego una tríada constituida por la materialidad, temporalidad y lo identitario, la cual se construiría en la base de la diferenciación de otro y de la identificación con un nosotros. Respecto de la temporalidad, este estudio está enmarcado en la vida cotidiana de los sujetos, revelándose aquellas experiencias diarias que surgen de la vinculación de los haitianos en sus recorridos e itinerarios regulares, en los trayectos al trabajo, en las compras al mercado, etc. Además, se debe hacer un punto de inflexión respecto de la definición del autor, en el sentido que, el territorio, si bien señala proximidad, identidad y cohesión, a su vez actúa como visibilizador de lo diferente, en la medida que existe una exposición a un otro.

Por último, desde la comprensión del territorio como un espacio cultural, en el cual se desarrollan las dinámicas particulares de un barrio, los habitantes van configurando las formas de transitar y recorrer por aquellos lugares más frecuentes. Margarit (2017), da cuenta de tres categorías en que tanto los migrantes, como la sociedad de acogida donde se relacionan, presentan diferentes grados de proximidad. Estas categorías se definen en primer lugar, como zonas de paso, donde no existiría más vinculación que las relaciones comerciales, de compra y venta, sin desarrollarse un mayor conocimiento entre los sujetos. En segundo lugar, las zonas de encuentro, que se entienden como “aquellas en las que predominan las interacciones que buscan establecer, a través de contactos interpersonales, un grado de cercanía” (Margarit, 2017, p.6), y así, mediante diálogos cotidianos, se reconocen procesos de identificación comunes, como el compartir la nacionalidad, ser vecinos, reglas de convivencia similares, entre otros. Y por último, las zonas de frontera, que son evidentes delimitaciones que diferencian y distancian grupos, asociando a alguno de ellos con una “mala reputación de esos espacios, condicionando los accesos, y el establecimiento de interacciones con aquellos que sí frecuentan estos comercios” (Margarit, 2017, pp.6-7).

En síntesis, los significados de los territorios se construirían no sólo desde su materialidad, sino por las sensaciones -visuales, aromáticas, textura territorial, entre otros-, recuerdos de experiencias y símbolos compartidos que orientarán los modos en que se usa y se transita por el territorio. Sumado a los sentidos de identidad, entonces, también habrían espacios que no reportan pertenencia, sino serían un medio de tránsito, y aún más, habrían de considerarse en el análisis aquellos sectores que podrán aparecer como peligrosos o indeseables a los sujetos, de manera que más que ser o no significativos, serían motivo de evasión. Serán éstas categorías las que permiten una amplitud al analizar los múltiples modos de entender el territorio desde los migrantes.

Así, las conceptualizaciones de cultura, migración y territorio antes expuestas, son coherentes a una lectura compleja de la migración, revelando los componentes cualitativos, subjetivos y culturales que los haitianos reconocen de la experiencia migratoria.

 

Metodología de investigación: ¿Cómo generar una lectura intercultural?

La investigación utiliza a una metodología cualitativa, con un método de aproximación etnográfico de carácter multisituado (Marcus, 2001; Perret 2011), el cual busca redefinir la noción de “sitio” al considerar la movilidad y el tránsito de lugares múltiples; entendiendo que un sujeto complejo va conduciéndose y relacionándose de diferentes modos en cada contexto territorial. Por tanto, las investigadoras, para realizar la observación acorde a la dinamicidad temporal y territorial, requirieron también moverse en el acompañamiento cotidiano de los sujetos.

El proceso investigativo se llevó a cabo desde abril a noviembre del 2017, trabajando cooperativamente con la Casa de Acogida al Migrante, ubicada en la Parroquia del Inmaculado Corazón de María, Valparaíso. A través de esta institución, el equipo de investigación pudo acceder a los sujetos con quienes se trabajaría, además de apoyar en talleres de español a haitianos, realizados en el mismo espacio.

Las unidades de muestra responden a un estudio no probabilístico, por tanto, entre sus planteamientos no pretende su generalización, sino considerar que cada sujeto, al ser representante de su cultura, permitirá profundizar respecto de los elementos de la misma (Cea, 2001). Por ello se trabajó con cuatro sujetos de nacionalidad haitiana, y entre los criterios homogéneos de selección, se buscó que residieran en la ciudad de Valparaíso y poseyeran un nivel de conocimiento del español avanzado3, de manera de no necesitar un traductor que pudiese dar una interpretación ajena a lo que los sujetos dijesen. Entre los criterios heterogéneos, se consideró variabilidad en la edad, situación laboral y sexo, sin embargo, respecto de este último punto, no se pudo acceder al discurso de mujeres, ya que la casa de acogida solo recibe hombres.

Las técnicas utilizadas según la propuesta metodológica señalada, consistieron en entrevistas semi estructuradas, observación participante y acompañamiento en trayectorias cotidianas. Esta última relacionada a la etnografía multisituada, la cual refiere a la movilización que se realiza con el sujeto en actividades cotidianas, que aparecen relevantes para los mismos, como fue el trayecto de la casa al trabajo, iglesia, mercado, entre otros. Finalmente, todos los datos que se obtienen son analizados mediante la técnica de análisis interpretativo cualitativo.

La sistematización de la información se llevó a cabo a través de documentación fotográfica, notas de campo y mapas de trayectorias que permitieron esquematizar los lugares y zonas más frecuentados por los sujetos, tal como se ejemplifica la Figura 1.

Figura 1: Mapa recorrido trayectoria cotidiana sujeto “R”, centro de la ciudad de Valparaíso

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Fuente: Google Maps. Elaboración propia

Ya declarado el cómo se lleva a cabo la investigación, se procederá a exponer los principales resultados y reflexiones que surgen durante el proceso.

 

HALLAZGOS

El viaje migratorio: el encuentro entre culturas.

El siguiente apartado se divide en tres momentos, que se reconocen como claves en el proceso migratorio. Cabe destacar, que esta separación es meramente utilizada con fines de ordenar la información para el lector, es decir, no deben comprenderse de forma lineal, sino más bien, de forma relacionada y compleja.

 

Primer momento: Salida de Haití y llegada al territorio

Desde un intento de recuperar lo que el sujeto trae desde el país que deja, se da el hecho que inevitablemente recordarán aquellos lazos y vínculos que fueron importantes para ellos y que todavía marcan su experiencia en el nuevo territorio. De esta forma, los sujetos reconocen lo familiar y comunitario en la gestación de sus proyectos migratorios, por tanto, éste se encuentra tejido socialmente, en una red de relaciones basada en el parentesco, la amistad y la nacionalidad común, lo que les motiva –ya sea por necesidad o por una búsqueda de mejores proyecciones- a viajar. Estos tipos de relaciones están, frecuentemente, activas en el país de origen, mientras que otras se encontraban en estado latente, pero son exacerbadas cuando se inicia el proceso migratorio, por la necesidad de tener un punto de referencia al llegar al nuevo país (Lacomba, 2001). Para los haitianos consultados, la mayoría de estos contactos en el territorio son amistades y familiares, quienes les orientan en las acciones a realizar en Haití, y una vez en Chile, les reciben y presentan trabajos, lugares de residencias y los conocimientos fundamentales para moverse en el país. No obstante, si bien estos contactos son fundamentales en los primeros meses de llegada, luego, los sujetos van generando sus propias redes, independizándose gradualmente de quienes son, principalmente, conocidos y no familia próxima. En el caso de estos últimos, prevalecen los lazos de cooperación, principalmente en la convivencia domiciliaria, en los encuentros recreacionales y en la participación en las iglesias.

A pesar de la diversidad de motivos para emigrar, estos presentan un carácter común de mejorar la calidad de vida, propia y familiar. A su vez, resulta interesante que la mayoría de los entrevistados no conoce Chile – ya sea la ubicación geográfica como las características culturales- hasta el momento que llegan al país. No obstante, las primeras asociaciones que los sujetos hacen del país, se remiten a una mayor seguridad y desarrollo que en Haití, y por tanto, la idea de que existirían mayores posibilidades de tener trabajo y acceder a la educación, considerando incluso que Chile aparecería como menos racista, en comparación con otros países, como República Dominicana.

“Porque yo estaba viviendo en la República Dominicana, es un país muy malo, no le gustan los negros, es un país con mucho racistas” (Sujeto E, 38 años)

Y es con este escaso conocimiento previo, muchas veces adquirido por los contactos en el país de destino, que los sujetos haitianos emprenden viaje hacia Chile, donde en muchos casos, el choque cultural dificulta esta “meta migratoria” (DEM, 2016), ya sea en la comprensión idiomática, precariedad laboral, barreras impuestas por el racismo y xenofobia, entre otros (Margarit y Bijit, 2014).

Es así que el migrante, al enfrentarse a procesos de segregación y exclusión en el nuevo territorio -ya sea simbólica o territorial- busca en su cultura y connacionales el resguardo necesario para suplir sus necesidades. Asimismo, esta red se extiende a modo de una comunidad trasnacional (Garcés, 2006), donde quienes quedaron en el país de origen, siguen formando parte del proceso de incorporación del migrante en el territorio, a través del envío de apoyo material y emocional, transcendiendo la distancia geográfica.

“Mientras comemos en su casa, “D” nos habla sobre la vida en Haití, donde refirió a la relación común con los padres, señalando que a pesar de “tener 40 años, te castigan igual”, el padre y la madre siempre tendrá autoridad. (…) Por ello, nos cuenta que aún acá en Chile, cuando tienen conflictos entre los hermanos y primos, les comentan a sus padres por WhatsApp, y ellos les dicen que es lo correcto que debe hacerse y le llaman la atención a quién está equivocado, el cual deberá obedecer lo que sus padres digan”. (Registro de observación sujeto D, 02/10/17)

La familia, entonces, sería considerada uno de los pilares fundamentales en el desenvolvimiento cotidiano de los sujetos en Chile, haciéndose presente en el territorio, ya no de un modo físico, sino simbólicamente, formando parte de las decisiones laborales, de vivienda y educación. Es más, a través de las redes sociales como WhatsApp, los padres –desde Haití- siguen aconsejando, apoyando y reprendiendo el accionar de sus hijos en Chile, mediando en los conflictos que surgen en lo cotidiano. Se habla entonces, de una superposición simbólica de la presencia familiar en el territorio, una suerte de experiencia de transnacionalidad (Garcés, 2006), que supera los límites geográficos.

Aun así, la nostalgia acompaña a los sujetos cotidianamente, y si bien, como se mencionaba, mantienen el constante contacto con sus familiares en Haití, el sentimiento de extrañar y querer regresar, se encuentra siempre presente.

“- Tu hermano, siempre está alegre…  

Siempre, sí… No puedo, no puedo entender eso 

-¿No lo entiendes?  

No puedo, él tiene fuerza. Sí... cuando tiene oxígeno (debido a una operación), siempre ríe, saca las foto, ¿cómo puedo explicar?, tiene un tubo y saca video, y mandar… no puedo explicar… 

-Pero qué bueno que tenga esa actitud, que él esté tranquilo  

Yo no tengo esa fuerza, no puedo… Es por eso que no quería viajar, dejar la familia”   (Sujeto J, 23 años).

 

A pesar de estas tensiones internas, los sujetos se insertan en el campo laboral –ya sea, formal o informalmente-, hacen uso intensivo de espacios de aprendizaje de español, asisten a lugares de encuentro religioso, momentos recreativos con compañeros de trabajo, entre otros. Siendo estas instancias de encuentro entre chilenos y haitianos las que abren paso a procesos de interculturalidad.

No obstante, se hace patente en el territorio de Valparaíso la distinción vivida por los sujetos extranjeros, especialmente cuando se está en esta etapa inicial del proyecto migratorio, puesto que el sujeto migrante podrá comenzar a formar parte de un grupo social –en el trabajo, iglesias, etc., pero no será en igualdad de condiciones que los demás miembros. Por ello, el migrante se encontrará en una situación de ambivalencia (Simmel, 2012). Esto se evidenció en que los sujetos no se reconocen como chilenos, pero sí se visualizan durante un tiempo relativamente prolongado en el territorio, incorporándose laboral, educacional y familiarmente, y siempre manteniendo aquello que les distingue como haitianos.

Aun así, las primeras experiencias de intercambio social y establecimiento en el territorio, junto con aquellas motivaciones que llevaron a iniciar el viaje migratorio, contribuyen a la construcción de ciertas proyecciones en Chile –respondiendo principalmente a un ámbito económico y educacional-, las cuales, si bien no contemplan un plazo de tiempo concreto, sí reflejan un grado de ansias y expectativas de quedarse hasta cumplir con sus propósitos, que, según relatan, no sería posible realizar en su país. Sin embargo, la mayoría de los entrevistados, señala que la permanencia definitiva en el país de acogida, no es una opción, y planifican regresar a Haití en un tiempo aún no definido.

A modo de síntesis, se entiende que el proceso de salida del país de origen estaba orientado por expectativas influenciadas por externos, no obstante, y a medida que trascurre el tiempo en el país de acogida, estas expectativas van asemejándose más a una realidad compleja y difícil en muchos sentidos, pero que son tolerables a los fines que persiguen. Esto se comprende desde el marco comparativo de las experiencias previas de los sujetos, donde el racismo y las situaciones de pobreza e inseguridad en Haití, reafirman sus planes en Chile. Así se evidencia una resignación a las condiciones laborales precarias en el país, apreciándose en frases como ‘trabajar es trabajar’ (Sujeto J, 23 años), reconociendo que no se le atribuye mayor importancia a aquello, mientras que les acerque a sus metas personales.

Rojas, Amode y Vásquez (2015) se refieren a esta resignación a través de dos explicaciones, una primera que se sustenta en el contexto del país de origen, donde el racismo está fuertemente presente y se ha experimentado en “carne propia”, aumentando así el umbral de tolerancia (o de resignación), por sobre el de aquellos que nunca han experimentado vivencias de racismo. Mientras que una segunda explicación, señala que la priorización de sus proyectos o metas migratorias, lleva a una suerte de “estoicismo”, donde el racismo y los conflictos son ocultados por no ser funcionales al cumplimiento de sus propósitos, ya que su expectativa principal es la inserción económica.

“-¿Algo que te haya pasado por ser extranjero?, como dices tú…

No, pero algunos son racistes. ¿Racistas? (…) Algunos casos que te digo pero no todos.

-¿Y cómo en qué cosas tienes cuidado?

¡Oh, no! (ríe) No tengo miedo por eso, no hay problema por eso… No es el bien, no es buena cosa, pero no hay problema.” (Sujeto J, 23 años)

En síntesis, en los primeros momentos en el territorio, se produce un quiebre entre el ideal de la meta migratoria y una realidad más compleja y hostil, pero que no obstante, permite que surja una capacidad creativa y resiliente frente a la adversidad.

 

Segundo Momento: Primeras trayectorias en el territorio

Se refiere a los recorridos, tránsitos y vinculaciones iniciales en el territorio de la sociedad de acogida, ya sea mediante lo que ellos dicen, como de aquello observado respecto de su desplazamiento en la ciudad.

De este modo, fue posible reconocer la travesía migrante desde un suelo social conocido a uno nuevo, al cual el sujeto se aproxima identificando las posibilidades y limitaciones presentes, lo que se hace posible mediante las interacciones y trabajo en red que va construyendo (Margarit, 2008), ya sea con los habitantes, como también con instituciones de la sociedad receptora -vecinos del sector, compañeros y jefatura del trabajo, profesionales de distintas disciplinas, la casa de acogida del Departamento de Movilidad Humana, entre otros-, que aportan al proceso de incorporación y reconocimiento de este nuevo espacio material y simbólico. Cabe destacar que estos encuentros sociales serán examinados –no siempre de forma consciente- a la luz de las propias valoraciones y códigos culturales de los sujetos. Así fue posible reconocer cómo la forma de construir significados en torno a un territorio se encontraba permeada tanto por la experiencia en el país de origen, como de migraciones previas. Así se pudieron reconocer zonas de uso comercial repetitivo, zonas de encuentro o espacios donde los sujetos establecían relaciones de cercanía, y por último, lugares que se evitan o rechazan, debido a que son considerados peligrosos o indeseados.

A través de la etnografía multisituada, se da cuenta de que la vinculación de los sujetos con el territorio cotidiano, reconocido como público - calles de la ciudad de Valparaíso-, es utilizado principalmente con fines pragmáticos, es decir, como lugar de tránsito para comunicar dos extremos (Giannini, 2004), más que por motivos recreativos o relacionales. Lo anterior se explica por la comodidad y seguridad que lo “conocido” genera en el sujeto, frente a lo imprevisto y “peligroso” que puede conllevar salir de los márgenes propiamente establecidos. Pero, al mismo tiempo, se reconoce una incipiente apertura de los migrantes a reconocer al otro “chileno”, al sentirse más a gusto con los porteños, que consideran como “buena onda” –comparativamente con ciudades como Santiago y República Dominicana, principalmente-, y por tanto, una disposición a conocer y recorrer la nueva ciudad que le acoge.

“me gustó mucho Valparaíso, es el primer lugar que yo decía que sí ahora que yo puedo vivir en Chile (...) porque la gente en la calle, yo la veo como buena onda, como yo salude a uno... muy diferente donde yo vivía en Santiago”  (Sujeto D, 26 años)

No obstante, el tránsito por estas calles se concretiza con resguardo frente a la amenazas de peligro - por delincuencia o actitudes racistas- y preferentemente acompañados. Cabe señalar que los entrevistados reconocen el peligro y el racismo sin haber tenido experiencias concretas en primera persona, sino por comentarios de terceros. Es entonces que, reconocen la existencia de peligro en la ciudad, pero sin saber en qué lugares específicos. De este modo, se resguardarían de recorrer las calles en horarios nocturnos, es decir, la evitación de algunas zonas de la ciudad de Valparaíso, no tiene tanta relación con el territorio por sí mismo, sino más bien, con el momento del día en la cual se accede.

-¿Y no hay algún lugar que no te guste pasar, o que te hayan dicho que es peligroso?  

Sí (…) pero no sabía cómo se llama ese lugar…Porque a mí no me gusta… no camina de noche porque yo encuentro muchos compañeros de trabajo chileno y chilena metidos acá en Valparaíso en mucho lugar que está muy peligroso.  

¿Ellos te dijeron?  

Sí.  

 -¿Pero no recuerdas que lugar? No sabes cómo se llama…  

No.” (Sujeto E, 38 años) 

“Señala que sabe que muy tarde no es seguro andar por lugares solitarios. Lo más tarde que ha caminado en Valparaíso son los días sábados, hasta las 20:00 o 21:00 de la noche, posterior a la reunión en la Iglesia Ministerio de Fe, que como se ha mostrado en los mapas, queda cercano a su trabajo y a 10 minutos caminando de su residencia”. (Registro de observación sujeto J, 02/10/17)

En síntesis, la mayoría de las calles de Valparaíso podrán ser identificadas como no lugares (Augé, 2002) a juicio de los haitianos consultados, teniendo en consideración que esto puede tener grados de diferenciación de un sujeto a otro. Es posible establecer que no existiría, aún, un sentido de apropiación e identidad con el territorio, sino más bien, se reconocen como ajenos a él, y se utilizaría sólo para dar respuesta a sus necesidades primarias (movilización, consumo de bienes o servicios, entre otros) o de “turismo”.

En consecuencia, la mayor parte de la cotidianeidad de los sujetos se lleva a cabo en lugares privados, donde se encuentran con sujetos de otras nacionalidades, o bien se da en términos de una aglomeración compensatoria de haitianos (Garcés, 2011), donde los sujetos se congregan para la cooperación, en una situación de vulnerabilidad social, y al mismo tiempo, para producir y reproducir redes migratorias y particularidades culturales.

Así, podemos identificar distintos espacios de encuentro cultural: partidos de fútbol en empresas e iglesias, talleres de español y reuniones religiosas4. Es en ellos que existe una oportunidad de intercambio, y si bien el aprendizaje y asimilación se da principalmente por parte de los haitianos –que deben adaptarse a la cultura hegemónica-, los chilenos que participan en estos espacios demuestran un interés de incorporar a los migrantes y, de igual forma, transformar ciertas prácticas con el fin de generar un dialogo y entendimiento común. Es por esto que la investigación se refiere a procesos de aproximación a la interculturalidad, más que considerarla como algo alcanzado, ya que, como ha sido posible evidenciar, la sociedad chilena aún se encuentra en deuda, respecto de estos procesos recíprocos de transformación.

En segundo lugar, las viviendas colectivas e instituciones religiosas brindan una oportunidad de encuentro exclusivas entre haitianos, de lo cual no se puede inferir dogmáticamente si se construye de forma intencionada o bien responde a las condiciones precarizadas derivadas de su calidad de migrante haitiano en Chile. Por tanto, en términos de Augé (2002) los lugares antropológicos serían espacios privados, mientras que los espacios públicos, generalmente, se asociarían a no lugares, algo que “no es de ellos”.

“-Y ¿ellos por aquí tienen lugares para divertirse o son como más de juntarse en la casa?

En sus casas.

-Tú dirías que, en general, ¿los haitianos prefieren estar más en casas que salir a pasear, ir a plazas...?

Eh sí, porque uno que iba en otro lado que no es tuyo debe ser cuidado...” (Sujeto D, 26 años)

Resulta fundamental comprender que estos significados otorgados presentan ciertas variaciones de acuerdo al marco vivencial particular de cada sujeto. Por ejemplo, la “discoteca” resultó ser un lugar de encuentro entre haitianos y chilenos, pero a su vez, es considerada una zona frontera (Margarit, 2008) –o de evitación- para otros, quienes las refieren como un lugar peligroso por el expendio de bebidas alcohólicas y consumo de drogas. Simultáneamente, la parroquia del Inmaculado Corazón de María se construye como una zona de encuentro para algunos, por ejemplo, quienes residen, realizan trámites o son voluntarios en ese lugar y, al mismo tiempo, se construye como zona frontera, siendo descartado por algunos, de forma rotunda, el residir en la parroquia, debido a las situaciones de hacinamiento que se viven allí5.

-¿Y cómo es en parroquia?, ¿igual se tiene que pagar en la parroquia?  

No sé, porque yo nunca dura un día allá en la parroca.  

-¿Nunca pensaste en algún momento quedarte allá?  

No me gusta…. porque hay mucha gente, no me gusta donde hay mucha gente…porque no me gusta. Me gusta arrendar mi propia pieza, mi casa, para quedarme tranquilo” (Sujeto E, 38 años) 

En cuanto a la residencia de los sujetos, es posible apreciar, que tanto en la casa de acogida, como en las viviendas particulares, se observa una aglomeración compensatoria de haitianos (Garcés, 2011), y como se refirió anteriormente, no es posible establecer si esto se da de forma intencionada, o bien responde a una situación de precariedad económica y dificultad de acceder a arriendos. Sin embargo, en este momento la agrupación de connacionales resulta fundamental para la inserción de los sujetos, principalmente por su aporte en las redes, tanto laborales como institucionales, además de la orientación que éstos puedan brindar para movilizarse en el territorio. Por otro lado, la comodidad idiomática que brinda el encuentro entre haitianos es destacada por ellos mismos, ya que pueden comunicarse con fluidez.

No obstante, queda pendiente profundizar -al sobrepasar los alcances y objetivos de la presente investigación- lo relacionado a los “espacios privados”, donde la persona disponga de un lugar para el encuentro consigo mismo, que desde la propuesta de Humberto Giannini (2004) sería el domicilio, pero que en las condiciones de precariedad experimentadas por los migrantes haitianos, aparece sólo como un espacio compartido (y no propio e individual), y que en muchos casos, no está compuesto siquiera por el círculo cercano y afectivo del sujeto, sino por connacionales desconocidos.

Le comentamos que nos juntaremos con “E”, quien “D” conoce y él nos comenta que vive en un edificio que es como una “comunidad haitiana”, y que no entiende porqué arriendan allí, ya que es caro- cuesta cerca de 70 mil pesos por persona, una pieza compartida para 3 personas, aproximadamente- y no están en muy buenas condiciones, en cambio, él arrienda una casa con su familia, lo cual es más privado y, a veces, hasta más económico. “D” considera que, otros haitianos, no buscan las mejores opciones para vivir. (Registro de observación sujeto D, 02/10/17)

A modo de reflexión, en este segundo momento es posible apreciar el cambio de territorio, pasando del país de origen, al de acogida; de lo conocido a lo nuevo, donde el sujeto, mediante su capacidad de crear y re-crearse, transforma un espacio de limitaciones y barreras, en uno de posibilidades, donde alcanzar la meta migratoria sea posible. Para lo anterior, las interacciones sociales resultan indispensables, pues abren paso a los procesos de interculturalidad.

 

Tercer momento: Apertura a relaciones interculturales en el territorio

Una vez que se han logrado establecer los primeros contactos cotidianos del migrante en el territorio, a través de los recorridos y trayectorias realizadas para familiarizarse con el entorno, y por sobre todo, con el fin de dar respuesta a las necesidades básicas de alimentación, servicios de salud y de información sobre vivienda y trabajo, -sustentado a través de las redes de contacto-, se da paso a un tercer momento, de integración con el territorio, en el cual el sujeto ya se ha instalado físicamente y por ende comienza a iniciar intercambios en la nueva ciudad.

Así, “el territorio nos da cuenta de los lazos y vínculos que ahí se crean, es decir, de los primeros arraigos y afectos con el territorio, o, todo lo contrario” (Margarit, 2008, p.127), y por esto es que la materialidad de los lugares narra y es el soporte de la interculturalidad, puesto que permite el encuentro de “lo chileno” y “lo haitiano”. En síntesis, los significados del territorio están completamente unidos y condicionados por las relaciones que se establecen cotidianamente con los otros habitantes que componen el espacio territorial.

Si bien el análisis de los elementos interculturales presentes en la realidad haitiana se basó principalmente en los contenedores propuestos por García Canclini (2004), a saber, préstamo recíproco, negociación y conflicto, siendo abordados separadamente, empero, desde una lectura más amplia y reflexiva, se hace necesario dar cuenta de las mixturas y sutilezas que hacen que estas relaciones estén vinculadas y presentes simultáneamente, de forma compleja, en las interacciones, donde además, podrán variar en cada sujeto y contexto en que éste se encuentre.

Es en esta situación que surgen tensiones reflejadas en las relaciones cara a cara con chilenos, pero aún más, desde aquellas ideas que se tienen de lo que significa ser chileno, más que de experiencias concretas. Ejemplos de ello, desde una concepción haitiana, son las expresiones de groserías, tatuajes y piercing, connotadas negativamente, así como el consumo de bebidas alcohólicas y drogas, que son atribuidas a la delincuencia y personas peligrosas, y que por tanto, rehúyen. Esto puede explicarse tanto por los modos culturales particulares de lo haitiano, así como por el fuerte arraigo de principios morales y religiosos -principalmente evangélicos o protestantes (Rojas, Amode y Vásquez, 2015)-, que les lleva a ejercitar valores de disciplina e integridad, importancia de la vida familiar y respeto a los padres, mientras que, a nivel de las prácticas cotidianas, se rechaza el uso de groserías y lenguaje “vulgar”, sumado a un esmero en el cuidado de la presentación personal.

Le preguntamos por algunas cualidades de la cultura chilena que no le gustaría adquirir, a lo que respondió que principalmente sería el consumo de alcohol y drogas, ya que considera que en Chile eso se da mucho, y que a su vez, hay muchos haitianos que adquieren esos vicios al llegar al país. Por otro lado, nos comenta que los piercings y los tatuajes tampoco le agradan, ya que en Haití son asociados a personas que comenten algún tipo de crimen o se vinculan a la venta y/o consumo de drogas, por lo tanto, sería una forma de identificarse con algún grupo de éstos. Nos menciona además que, si llegara a hacerse alguna de esas cosas, su madre se “las arrancaría”. (Registro observación sujeto R, 20/10/17) 

No obstante, a través de la profundización de las interacciones con chilenos, algunos de los haitianos entienden que el uso de lenguaje coloquial y los “garabatos”, dentro de Chile, son más bien una expresión cultural, más que una asociación con prácticas delictuales, y por tanto, van discerniendo e interpretando de acuerdo a los contextos relacionales en que se encuentren –amigos, desconocidos, compañeros de trabajo, entre otros-, generándose procesos de negociación y adaptación, llegando incluso, a hacer uso de algunos modismos chilenos, y, al mismo tiempo, mantener sus creencias y convicciones aprehendidas en el país de origen.

Asimismo, a través de la brecha idiomática español-kreyòl, también es posible apreciar las relaciones interculturales en sus matices, ya que reconocen la necesidad de aprender el español para desenvolverse en la ciudad, pero también está en sus prácticas el mantener y resguardar el uso de su idioma en espacios como reuniones de iglesia y en la intimidad del hogar. No obstante, se evidencian procesos de hibridación cultural cuando los sujetos imaginan a sus hijos como chilenos, y por tanto, su idioma principal sería el español.

“(…) Sí, como mi hijo o hija, va a ser una chilena o chileno creo que, lo más posible es que va hablar español y puede aprender nuestro idioma, pero no sé…”  («D», 26 años)

Otros ámbitos en que se observa la aproximación a la interculturalidad en el territorio son la vivienda y el trabajo. Respecto a la primera, ésta aparece como un espacio que permite la negociación, cooperación y encuentro, pero también los conflictos. Como ya se ha presentado, las residencias permiten la reunión entre haitianos, favoreciendo el sentido de pertenencia al país de origen y mantención de sus prácticas culturales, así como para satisfacer necesidades de información, trabajo, entre otros. No obstante, queda preguntarse ¿qué tan voluntaria es la decisión de vivir en lugares compartidos sólo con haitianos? o más bien, ¿se debe a las condiciones de precariedad?, que, dado por recursos económicos limitados, el desconocimiento del idioma y de la ciudad, junto a la negativa de ciertos propietarios de arriendar a migrantes, o ponerles exigencias más altas que al resto de la población6, les lleva a optar por espacios más o menos centrales, compartidos -llegando a niveles de hacinamiento crítico- y en condiciones materiales insuficientes, lo cual, naturalmente, lleva a conflictos entre los residentes, así como con los arrendatarios y vecinos del sector, generando procesos de estigmatización de lo que es ser migrante. Ejemplo de ello, es la vinculación que hace la población chilena sobre ‘lo migrante’ con la pobreza, insalubridad y criminalidad (Garcés, 2014), al “mal vivir”, vale decir, se caracterizarían por ser ruidosos y conflictivos (Margarit y Bijit, 2014). No obstante, esta alusión no se enmarca en las costumbres culturales del país de origen de los sujetos, sino a las condiciones de precariedad en que viven en el país, que, reiterando, muchas veces se distancian a lo que tenían en Haití (Rojas, Amode y Vásquez, 2015).

“(...) Hay otros que les cuesta porque va al lugar donde dice arriendo, los llaman, concuerdan, le dicen es tanto, y al momento de presentarse lo ven que son distintos y les dicen simplemente que no. Hasta para eso somos clasistas. Porque les dan la misma plata, las mismas garantías, pero no. Y por ejemplo, otros estaban listos, entusiasmados, tenían todo embalado, les habíamos conseguido todo porque les había salido un arriendo súper bueno, en una casa con tres habitaciones, baño, cocina, tenían que llevar la ropa de cama, estaba todo okey, nosotros conversamos, comprobamos, ya listo okey no hay ni un problema, y los chiquillos fueron a hacer el pago del arriendo con anticipo y las señora los vio y dijo “ah, son negros, no’’. Y no es problema de plata...” (Nahuelcura, entrevista encargado de la casa de acogida, 2017)

El ambiente laboral, por su parte, también genera una doble cara, entre la apertura y la dominación hacia el migrante. Los sujetos consultados, en su mayoría, trabajan en empresas dónde prima el trabajo físico, en sectores industriales más que en áreas de servicio, por ello, los mismos destacan la importancia del esfuerzo y la productividad de su desempeño, lo cual es valorado por sus empleadores, manifestándose en acciones como facilidades y acompañamiento en realización de trámites, así como en expresiones positivas respecto de la dedicación y rapidez de los trabajos realizados, en comparación con un trabajador promedio de nacionalidad chilena.

No obstante, si bien, se reconoce una búsqueda de incluir a haitianos en la dimensión laboral, esto generalmente responde a un fin productivo más que a un interés de aceptar y trabajar con la diversidad cultural, ya que se reconoce en el país, que la población haitiana, debido a su marcada ‘ética protestante’, es abnegada, responsable y trabajadora, y al necesitar urgentemente cualquier oportunidad laboral –ya sea, por la necesidad económica, como por los permisos de residencia-, producirá más que un chileno promedio, además de acceder a trabajos de alto rendimiento por un bajo ingreso (Rojas, Amode y Vásquez, 2015). Es por esto que se puede hablar de una inclusión ‘a medias’, ya que se siguen reproduciendo prácticas de discriminación y estigmatización, tal como lo presenta la lectura cultural propuesta por García Canclini (2004), donde los grupos no interactúan de modos armónicos, ni simétricos, sino que quienes detentan el poder-en este caso la cultura chilena-, pretenderían hegemonizar la reproducción de pautas para mantener un orden, generándose mecanismos de resistencia y/o asimilación entre los distintos grupos.

“- ¿Y por qué...? ¿Él quiso contratar a los haitianos porque le gusta cómo trabajan?

Sí, porque antes cuando llegó dos camiones como pasa cuatro o tres días, cuando llego nosotros solamente medio día para saca todo (…) el chileno… garabatos, caminando, chateando, hablando con el teléfono...los haitianos es muy trabajadores, porque en Haití no hay casi nada, no hay trabajo...» (Sujeto E, 38 años)

Este orden hegemónico es principalmente económico, tal como da cuenta la experiencia de los migrantes haitianos en Valparaíso, quienes son incorporados en los espacios laborales, pero siempre en un marco normativo y simbólico en que los sujetos, aun cuando tengan estudios superiores en Haití, deberán acceder a empleos de carácter precario y para los cuales están sobrecalificados, explicándose en las barreras legales para convalidar sus estudios, así como las representaciones comunes en la sociedad chilena respecto que los haitianos se desempeñan mejor en labores de rendimiento físico. Es así que, las situaciones de prejuicios de la población chilena hacia el migrante, visto como una amenaza o competencia en la búsqueda de ofertas laborales, principalmente, se refiere a una sección de la población más pobre, porque son estos trabajos precarios los que se ven en disputa.

Por otra parte, se hace patente en la experiencia de los sujetos consultados, que en su mayoría los procesos de “inclusión” en la sociedad de acogida, se da primordialmente a través de los espacios laborales –que, como se mencionaba, se debe a la valoración de su productividad- en desmedro de otras redes comunitarias y sociales, a las cuales se les dificulta el acceso, pues generalmente dichas instituciones –de salud, educación, etc.- no están preparadas para atenderles en materia cultural e idiomática. Asimismo, existiría una priorización por parte de los sujetos por alcanzar sus metas económicas frente a otras instancias de vincularse en el territorio.

Estos hallazgos son coherentes con diversos estudios, entre los cuales el Departamento de Extranjería y Migración (2016) señala que la inclusión haitiana se da casi exclusivamente a nivel económico, donde el proyecto migratorio haitiano se ajusta al imaginario neoliberal chileno, en que los sujetos aparecen como mano de obra altamente competente y estoica, frente a la población chilena.

En síntesis, desde un análisis respecto de cómo la sociedad chilena se posiciona frente a la llegada de la población migrante, se hace patente una lógica antropofágica (Bauman, 2004) que buscaría eliminar las diferencias, presionando al migrante a adoptar los códigos y costumbres chilenas, especialmente en lo que se refiere al plano económico e idiomático. No obstante, estas diferencias se harían más patentes y difíciles de erradicar cuando se consideran los rasgos fenotípicos –especialmente lo que refiere al color de piel- en los espacios públicos, viéndose plenamente expuestos ante la sociedad de acogida. Por ello, se vuelve más factible la estrategia de los “no lugares” (Augé, 2002), delimitando y restringiendo las posibilidades de los haitianos de hacer uso de los espacios físicos, y para ello, no se requieren normas explícitas, más bien, son los mismos sujetos que trazan sus propios límites, bajo el supuesto de que las calles y los lugares de Valparaíso “no les son propios”, por ello, deben volver sus particulares culturales en los espacios privados.

No obstante, se reconocen instancias donde se visualiza una mayor simetría en la incorporación de los migrantes a la sociedad. Es así como algunas empresas o instituciones a las que los sujetos se vincularon, buscan potenciar la cooperación por el bienestar de los trabajadores haitianos.

Así también, los espacios religiosos –iglesias de diferente denominación- favorecen la capacitación y potenciación de los migrantes haitianos, a través de cursos y talleres de español, trabajo en redes y suministro de información de empleos, viviendas, entre otros, así como la apertura e integración a la convivencia con chilenos en igualdad de términos. Sumado a esto, algunas de estas organizaciones, permiten la expresión de su cultura haitiana, como una forma de aceptación de la diversidad cultural.

Finalmente, es fundamental reconocer que no es sólo la cultura hegemónica que dificulta los procesos de interculturalidad, ya que los sujetos haitianos, de forma simultánea, realizan procesos de resistencia a la hibridación cultural en ciertos sentidos, como lo es por ejemplo, el resguardo del grupo familiar, donde buscan mantener sus valores para las futuras generaciones, frente a una sociedad que aparece como una amenaza a la importancia del respeto, obediencia y cercanía entre hijos y padres. Por esto, algunos sujetos buscarán dar continuidad a los modos de crianza haitianos en el país de acogida, mientras que otros, condicionaran la estadía en Chile para poder ejercer su paternidad en Haití, el cual reconocen como “su país” y donde se visualizan a futuro, personal y familiarmente, después de cumplir su meta migratoria en Chile.

 

Síntesis de los hallazgos: Significados en torno al territorio de la ciudad de Valparaíso

A partir del análisis realizado en los tres momentos del proceso de integración de la migración haitiana en la ciudad de Valparaíso, se reconoce la importancia de recuperar todo el contexto vivencial del sujeto, tanto de su vida en Haití, como de las migraciones anteriores y sus nuevas experiencias en Chile.

Esto se enmarca en los principios teóricos propuestos por Alfred Schütz (1993), por tanto, las investigadoras podrán leer y comprender las acciones de los sujetos, cargadas de significados y sentidos. Las vivencias son, entonces, interpretadas subjetivamente, puesto que el sujeto recurre a su bagaje de conocimientos, para asociar aquello que conoce frente a lo desconocido. Esta aproximación a los significados, resulta completamente coherente con la experiencia migratoria, ya que en la vida cotidiana se recupera el “aquí y ahora” del sujeto en el nuevo territorio, así como las tipificaciones sociales previas a él, enmarcadas en su país de origen.

Para poder realizar esta lectura, se vuelve sobre los tres ejes principales de la investigación, a saber, las experiencias de interculturalidad en Haití y Chile, los elementos territoriales presentes en las trayectorias cotidianas y las relaciones interculturales, los cuales permiten recuperar todos los aspectos necesarios –simbólicos y materiales- para comprender cómo los sujetos significan los territorios de la ciudad de Valparaíso.

A partir de todos aquellos datos, es posible esquematizar los hallazgos en tres grandes contenedores, los cuales consideran, a su vez, los significados que se recuperan de las prácticas cotidianas y discursivas de los sujetos.

 

Contradicciones en la experiencia migratoria

De modo transversal, durante proceso investigativo se observan tensiones y contradicciones que resultan inherentes al vivir en un país que “no es propio”, pero que a la vez, da posibilidades de hacer planes a futuro. La vivencia humana, en todos sus sentidos, significa una multiplicidad de emociones, recuerdos y creencias que se entrelazan cotidianamente y van configurando la forma de relacionarse con otros y moverse en los territorios. No obstante, estos modos, al encontrarse en un nuevo espacio, diferente, impactan en el sujeto, llevándole a tomar decisiones respecto a las propias ideas y a situarlas en el nuevo contexto, lo cual es un proceso continuo, complejo y muchas veces lleno de disonancias.

Una de estas tensiones latentes en la experiencia migratoria, se relaciona con el sentimiento de nostalgia por Haití y la familia, que como se ha mencionado, acompaña el día a día de los sujetos, para quienes todavía es una carga emocional potente estar separados de su familia, primeramente, y luego, de su terruño –sus comidas, paisajes, rutinas diarias, entre otros-. No obstante, reconocen que Valparaíso es el primer lugar extranjero en que se sienten más a gusto para vivir y por ello tienen algunas metas a cumplir dentro del territorio, como por ejemplo, imaginar a sus hijos y familias establecidos, aun cuando esté, invariablemente, el deseo de volver a Haití.

Un segundo significado deriva de la tensión entre considerar Chile como un fin en sí mismo, o bien, sólo como un lugar de tránsito para lograr una meta económica y/o educacional, para volver a su país o a otro que entregue mejores oportunidades a futuro –como Estados Unidos, Canadá, entre otros-. Esta dicotomía no siempre se resuelve en la experiencia migratoria, sino más bien se vive como una continua disyuntiva, conviviendo al mismo tiempo en la cotidianeidad.

Es este movimiento de permanencia y transitoriedad en el territorio, lo que genera en los sujetos una suerte de indecisión y ambigüedad, que da paso a un tercer significado: la superposición de los territorios del país de origen y el de acogida, es decir, la presencia simultánea de aquellos significados que los sujetos traen desde Haití, con las nuevas experiencias en Chile, pero que en términos concretos generan un tercer espacio, “entre aquí y allá” (Stefoni y Bonhomme, 2014), en el cual no se sentirían parte del nuevo territorio y al mismo tiempo, la distancia con su país generaría un proceso de distinción y separación de sus connacionales residentes en Haití. El sentido de transitoriedad, entonces, es un condicionante para no generar mayores arraigos en el territorio, pero no obstante, habrían espacios, tiempos y oportunidades para avanzar en una mejor y mayor apropiación de la ciudad de Valparaíso por parte de la comunidad haitiana.

En síntesis, estas contradicciones dan evidencia de la ambigüedad que acompaña todo el proceso de movilidad, que va desde el sentirse acogidos y a gusto en Valparaíso, en ciertos momentos y contextos, hasta, al mismo tiempo, sentirse diferentes y extranjeros en el sentido simmeliano.

 

Trayectorias cotidianas

La calle es el soporte de la imagen mental del territorio (Lynch, 2008) que va construyendo el migrante desde la interculturalidad. Cabe destacar que los elementos que surgen de las sensaciones y experiencias en las calles de la ciudad de Valparaíso, siempre son comprendidos desde una óptica comparativa, tal como plantea Schütz, con el acervo de conocimiento previo. Por ejemplo, se reconoce una baja experiencia de racismo, ya que en República Dominicana –experiencia migratoria previa- se hace más patente el rechazo a las personas negras, aun así, ellos dan por hecho que en Chile también hay racismo, pero de manera más sutil.

Por ello, en los significados que aparecen en las trayectorias cotidianas en la ciudad de Valparaíso, también aparece el temor y la inseguridad, pero es menor que en Santiago –asociado a las drogas y delincuencia- y menor que en Haití, dónde existirían menos organismos que resguarden la seguridad de sus habitantes. No obstante, la apreciación de peligro o incomodidad en Valparaíso se sustenta principalmente en el hecho de ser extranjeros, de estar en un lugar que “no es propio”, así como en lo escuchado de experiencias de conflictos sucedidas a terceros, o, simplemente, por consejos que han recibido de tener precaución en ciertos lugares u horarios. Al no ser experiencias vividas en primera persona, no pueden determinar claramente cuáles serían los lugares peligrosos, por ello, los límites temporales -evitar transitar por horarios nocturnos- son la estrategia utilizada para sentirse seguros.

Estos significados van construyéndose cotidianamente, a medida que se relacionan más con el territorio, donde a través de las acciones de buscar, recorrer y apropiar (Margarit, 2008), se desplazan generando mapas mentales de relaciones, intereses y recuerdos, y traduciéndose en preferencias por ciertos lugares y la evasión de otros.

Así, se hace evidente en los recorridos de los sujetos el uso repetitivo de las mismas calles y el carácter principalmente estratégico e instrumental de éstas, para satisfacer las necesidades cotidianas de trabajo y consumo. No obstante, observándolo desde la lógica de Giannini (2004), la unión de la rutina con la ruta, es decir, de lo temporal con lo material, se observa que los sujetos se sienten más seguros y confiados respecto de algo conocido, frente a la inseguridad que les genera lo extraño. Este temor a lo ajeno se refuerza con la sensación de sentirse observados en los trayectos, que, aun cuando no es connotado como negativo, si marca una diferenciación y señalamiento hacia los sujetos respecto de la sociedad de acogida.

“(…) cuando yo camino en la calle, como soy un poco tímido, hay gente que me mira y… no es algo malo, pero... Eh, no sé...”. (Sujeto D, 26 años)

En síntesis, aun cuando no exista una normativa explícita que excluye a los sujetos de las calles y lugares públicos, sí existiría una autoregulación de los sujetos en el tránsito por el territorio, dada su condición de extranjeros.

“-¿Y por qué acá en Chile no sientes que caminas libre?

-Porque soy extranjero.

-¿Pero tú te sientes extranjero o es porque notas que las otras personas...?

-No, pero yo… no puedo hacer. Tengo mis límites en mi mente” (Sujeto J, 23 años)

 

Espacios públicos y espacios privados

Sumado al análisis de las trayectorias y recorridos de los sujetos, también resulta interesante profundizar sobre la vinculación que tienen los mismos a los lugares públicos en la ciudad, así como los significados respecto de los espacios privados a los que tienen acceso en su cotidianeidad.

En primer lugar, respecto de los significados de los espacios públicos, los sujetos hacen uso de plazas –Victoria, O’Higgins, Parque Italia- y otros espacios, pero siempre en un sentido de tránsito, o bien en ciertos casos desde un consumo recreacional, pero no como algo “propio” ni del cual se sientan identificados. Por ello, los lugares públicos serían usados a modo de “visita”, debido a su condición de extranjeros.

De esta manera, los sentidos de pertenencia son, todavía, muy incipientes, dado el corto tiempo que llevan instalados en la ciudad de Valparaíso. Aún no existirían algunos de los grandes ejes que les permitirían sentirse más arraigados, como el tener hijos y familia en el país, un trabajo estable y apropiado y, por último, redes sociales y comunitarias potentes (Stefoni y Bonhomme, 2014).

Sin embargo, los lugares cerrados o privados toman relevancia en la configuración identitaria de la migración haitiana en el territorio, donde las viviendas colectivas y las iglesias toman un rol importante en el desarrollo de sus prácticas culturales, momentos de encuentro y creación de lazos, no sólo con haitianos, sino también con chilenos, generándose procesos de apropiación de dichos lugares.

No obstante, se vuelve a la lectura de las investigadoras sobre las escasas instancias que tienen los haitianos para la individualidad en las viviendas colectivas, tanto en lo material –pertenencias y espacios exclusivos (dormitorio, baños, cocina)- como en las instancias de reflexión y “encuentro con uno mismo” (Giannini, 2004), pero debe señalarse que esta interpretación se basa en una lectura que tiene un sustento cultural chileno, por ello, queda abierto a lo que los mismos sujetos piensan. Aun así, se reconoce el interés de buscar lugares con menores niveles de hacinamiento, dentro de las posibilidades económicas que se tienen.

 

Reflexiones sobre el proceso investigativo

Expresados ya los principales hallazgos, queda compartir aquellas tensiones, dificultades y aciertos metodológicos, disciplinarios y reflexivos durante el proceso investigativo realizado.

Primeramente, el método con aproximación etnográfica multisituada fue un soporte fundamental y coherente a los fines del estudio, ya que permitió descubrir con mayor profundidad la cotidianeidad del sujeto, no sólo desde lo concreto –o más bien desde las acciones rutinarias- sino también, desde los modos en que el sujeto se movía en los diferentes espacios, adaptándose, rechazando o construyéndose en las situaciones que vive en cada sitio.

El “estar ahí”, por su parte, en un primer momento, durante el trabajo de campo previo en el taller de español a haitianos, favoreció el conocimiento mutuo con los sujetos con quienes se trabajaría, y mediante ello, construir y fortalecer grados de confianza, que posteriormente facilitaron el acceso a su discurso y al acompañamiento en sus trayectorias cotidianas, disminuyendo lo invasivo que puede resultar la observación participante de las acciones rutinarias de los sujetos.

Por último, queda señalar un componente metodológico y ético, presente en la pregunta ¿cómo generar una lectura intercultural?, considerando que las investigadoras son parte de la cultura hegemónica. Para esto, es necesario acceder al discurso y cotidianeidad de los sujetos en el país de acogida, pero más aún, conocer sus experiencias en el país de origen a fin de aproximarnos a su bagaje cultural. Además, tener acceso a la historia de Haití, nos invita a comprender los procesos políticos y sociales por los que ha atravesado, pudiendo dimensionar el marco histórico que ha influenciado en la producción del sujeto social haitiano. De esta forma, comprendiendo los marcos de referencia en que los sujetos construyen y re-construyen sus significados, se hace posible realizar un análisis intercultural, no centrándose así, en las lógicas de las investigadoras.

Finalizando, queda reiterar el aporte que puede hacer la presente investigación a la disciplina del Trabajo Social, al poner en la palestra estudios culturalistas, los cuales potencian las expresiones de las diversidades en la sociedad, las voces de una comunidad particular que, si bien, lleva relativamente poco tiempo en el territorio, va aumentando considerablemente y demanda la apertura de instituciones en diferentes ámbitos: educación, salud, vivienda, entre otros. Ahora bien, se requiere de la población chilena avanzar hacia la interculturalidad, pero ¿está preparado el Trabajo Social, y las ciencias sociales en general, para trabajar con y para los migrantes, abrazando las diferencias culturales y propiciando el diálogo entre los diferentes grupos? Para ello, un primer paso sería levantar conocimientos al respecto e interiorizarse de la vida de los migrantes en el territorio, para de este modo, visibilizar el desafío como sociedad, de aproximarse a una relación intercultural con los distintos grupos migrantes que transitan o asientan raíces en el país, buscando equilibrar la balanza de la negociación, generando aperturas a conocer y adquirir nuevos elementos de otras culturas, más que someterlas a procesos homogeneizadores que limitan el enriquecimiento cultural. Este es un trabajo que debe realizarse tanto a nivel profesional, como también desde la política, la cual requiere modificaciones que finalicen con la comprensión del fenómeno migratorio a partir de una lectura criminalizadora y amenazante, enfatizando y demarcando los límites geográficos de la diferencia, fomentando un nacionalismo que excluye y margina a quienes provienen de otros países. De este modo, la invitación es a generar procesos regulatorios que promuevan el bienestar e inserción de quienes emprenden rumbo migratorio a Chile, actualizando la política al contexto de globalización, dinamismo e hibridación social que ya es manifiesto en nuestro país.

 

 

Referencias Bibliográficas

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    1 Trabajadora Social Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Licenciada en Trabajo Social Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Av. Brasil 2959, Valparaíso, Chile. CP: 2340000. Email: paulaandrea.cg29@gmail.com
    2 Trabajadora Social Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Licenciada en Trabajo Social Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Av. Brasil 2959, Valparaíso, Chile. CP: 2340000. Email: carolinabobadilla@hotmail.cl
    3 Los niveles de conocimiento de español corresponden a: Básico, Intermedio y Avanzado, lo cual ha sido previamente categorizado a través de entrevistas y pruebas de diagnóstico realizado por los encargados del Taller de Español de la casa de acogida del migrante.
    4 Se identifican cuatro entidades religiosas a la que los sujetos se vinculan: Iglesia Adventista de los Santos de los Últimos Días de Valparaíso; Parroquia del Inmaculado Corazón de María; Iglesia evangélica Ministerio de Fe; Iglesia evangélica en la Puntilla, Valparaíso. De las cuales, las tres últimas realizan talleres de español y otras actividades recreacionales y sociales destinadas a la población haitiana.
    5 Si bien, “E” igualmente comparte su habitación con otras dos personas (su hermano y un primo), en la parroquia viven hasta 6 o 7 personas por habitación.
    6 En la mayoría de los casos les piden requisitos abusivos para demostrar solvencia económica, como por ejemplo garantías bancarias por más de seis meses, pagos por adelantado hasta de un año, etc. (Margarit y Bijit, 2014)